Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 64 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo III

 

El hombre que Cleopatra lleva hasta Alejandría está al borde de la muerte, y aunque a base de cuidados el cuerpo sana al fin, la otra herida no se cierra. Antonio se muestra inconsolable y no logra olvidar la hecatombe. Sus soldados muertos lo atormentan durante el sueño. Vive rodeado de fantasmas. Unas sombras le piden cuentas. Perseguido por su ejército destruido, cae en una desesperación de la que el amor de Cleopatra no consigue arrancarlo.

Desde que vio a aquel gigante abatido sobre la playa, en medio de cuerpos tan agotados por el sufrimiento que parecían cadáveres, la reina, convencida de que César era el único que podía realizar el sueño de Alejandro, renuncia a las conquistas.

Le demuestra a Antonio que las divinidades acaban de lanzarles una terrible advertencia. Le dice que la inexplicable derrota es el signo de una desaprobación, una llamada al orden sin paliativos que les concede el tiempo de recuperarse y de comprender que la vida es el único bien en este mundo. Deben admitir que Egipto es una potencia formidable que puede prescindir de Asia.

Antonio la escucha sin hablar.

Para intentar convencerlo, Cleopatra también le explica que Alejandro se apoderó de tierras vírgenes donde fundó numerosas ciudades. Estas ciudades ahora están pobladas y oponen resistencia. Hoy, ni siquiera Alejandro podría conquistarlas.

Antonio no atiende a razones. En Antioquía le prometió a Cleopatra el imperio de Alejandro. Quiere cumplir su promesa, sobre todo ahora que un enemigo de ayer, el rey de los medos, subyugado por la forma en que el triunviro fue capaz de escapar a la muerte, ofrece la inesperada alianza de su ejército, que vuelve contra los partos.

Cuando se creía vencido, Antonio descubre que Cleopatra le ha dicho la verdad: su derrota no es más que un fracaso a medias.

Apenas lo ha comprendido y ya surge un nuevo peligro.

En Roma, Octavio ha acabado con la mayoría de los obstáculos que se interponían en su camino. El joven tímido ha ganado tanta confianza en sí mismo que se ha deshecho del insignificante Lépido y, ahora que los territorios africanos están bajo su dominio, se desliza hacia Egipto igual que una pitón.

Convencida de que el mundo no es lo bastante grande para albergar a dos hijos de César, Cleopatra intenta persuadir a Antonio, que insiste en tratar a Octavio como a un enemigo despreciable.

—Octavio nos odia —afirma Cleopatra—. A. mí porque soy una reina. A ti porque eres mejor que él.

—Te equivocas. ¡A mí me odia porque te poseo! Piensa que eres parte de la herencia de César y que le correspondes por derecho.

—Tendría que habérmelo dicho —contesta riendo—, tal vez lo hubiese pensado mejor.

Él la abraza.

—Eres el sueño inaccesible de todos los hombres —le dice escrutando su rostro para conocer el fondo de su alma—. También lo eres para mí, que te poseo, aún más que para cualquier otro.