Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 36 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo XIV

 

Al llegar la noche, cabalgan por la arena de la meseta de Giza dejando tras ellos un rastro de nubes de polvo, y hacen encabritarse a sus monturas al pie de las paredes vertiginosas que relucen como espejos de plata minuciosamente bruñidos. El secreto de los constructores de las pirámides se perdió mucho tiempo atrás; su misterio los sobrecoge. Creen ver unos espíritus que salen volando, unas sombras que surgen, los fantasmas de las reinas y de los faraones difuntos. A un costado, la enorme esfinge los acecha con su hocico reluciente bajo la luna, que aún no ha llegado a lo más alto del horizonte.

Cleopatra murmura:

—Al volver, ordenaré levantar mi morada de los Milenios. La eternidad está aquí —concluye, señalando con la mano la más alta de las pirámides—, en la tumba de los reyes.

Cuando se aleja al galope, la arena que se eleva a su paso recuerda a un remolino de estrellas.

En Sakkara, visitan el recinto del toro sagrado de Menfis y la necrópolis de Apis.

César, que en Cocodrilópolis sonrió ante el espectáculo organizado por los sacerdotes para los viajeros romanos, ansiosos de presenciar una comida de los saurios; César, que no demostró gran interés ante las tumbas de los ibis, de los babuinos y de los gatos, se detiene ante las momias de los toros. Atónito por la realidad de un mundo ajeno al suyo, una realidad tan diferente que llega a ser cruel, intolerable, vuelve precipitadamente al barco, donde los días y las noches se desgranan al ritmo de los remeros.

Los habitantes de las riberas se apiñan a orillas del río para ver pasar a la reina mientras agitan palmas y otras ramas. Al acercarse a las ciudades, las danzarinas sagradas escoltan el lento avance de la flota real bailando a lo largo de las riberas al compás de los instrumentos tradicionales, sistros, liras, arpas y crótalos, mientras los cantantes interpretan viejas canciones.

Cada vez que el Thalamegos atraca, Cleopatra es rodeada por sacerdotes que portan incensarios humeantes, conducida hacia los lagos sagrados como una diosa viviente y escoltada hasta el santuario donde César no puede acompañarla. Cuando sale de allí, más misteriosa que nunca, iluminada por un fervor que le hace sentirse celoso, ella resplandece como el astro del día.

En una noche sin luna, la flotilla real atraviesa Akenatón, la ciudad construida por Nefertiti y Akenatón y que, poco después, fue arrasada por Haremheb.

Sin haberlo convenido previamente, Cleopatra y César se encuentran en el puente y se acercan uno al otro sin hablar. El ruido de los remos al hundirse en el agua los rodea. Ningún pájaro nocturno se deja oír y el barco se desliza en silencio por entre las ruinas de la capital destruida.

—Un sol expulsó a otro —murmura Cleopatra en respuesta a una pregunta que César no ha formulado con palabras—. Atón resplandeció durante su reinado. Pero Amón salió vencedor y los antiguos dioses recuperaron sus prerrogativas. Fue aquí, en este lugar arrasado, donde Egipto conoció la experiencia de un dios único.

Cuando al cabo de un buen rato vuelven sus miradas, las ruinas ya no se pueden ver. Pero la montaña desgarrada donde Nefertiti veía salir el sol aparece tenuemente iluminada.