Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XVI
Carmiana, llegué a decirle que se deslizaba en una cama que aún conservaba el calor de César, cuando mis sábanas estaban heladas desde hacía mucho tiempo…
Una lágrima asoma en el rabillo del ojo.
Carmiana sigue cepillando la oscura cabellera.
La lágrima resbala.
—Afortunadamente —exclama Cleopatra aplastando la lágrima contra su mejilla—, todavía no estoy maquillada… ¿He envejecido mucho?
Carmiana sonríe.
¿Envejecer Cleopatra? Por algo Egipto es el país donde los cuerpos se conservan durante millones de años, una ciencia que, faltaría más, ¡también aprovechan los vivos! Una parte de los secretos ardió en la Biblioteca. Con los que se salvaron, la juventud de Cleopatra y su belleza, que reflejan las del mundo divino, están aseguradas hasta el fin de sus días.
—Llevaré conmigo a nuestro hijos —dice—, ¡el Sol y la Luna! ¡Me estás haciendo daño, Carmiana!
Las manos de Carmiana son demasiado suaves y sus gestos demasiado delicados como para hacerle daño a su diosa.
—Carmiana, se dice que está loco por Antonia, la hija de Octavia… ¡Pero qué mal me estás peinando hoy!
Aparta a la criada y, con la cabeza entre sus brazos, estalla en lágrimas murmurando:
—Veré de nuevo sus gruesas rodillas.
En el fondo, Antonio nunca ha creído que descendía de Hércules. Convence a los imbéciles, y eso es todo lo que necesitan; pero él necesita algo más, pues, cuatro años antes, sorprendió a Cleopatra celebrando el culto. Desde ese día, quiere casarse con ella y convertirse, a su lado, en un dios. Por no haber tenido el valor de hablarle del tema, se refugió en la mediocridad romana.
Aquel día la estaba buscando en palacio, y sus pasos lo condujeron hasta el templo.
Estaba junto al altar.
Y él, disimulado detrás de una enorme columna de vivos colores, subyugado por el recogimiento del lugar, embriagado por los perfumes que se elevaban de los pebeteros, se sintió conturbado. Aquel ceremonial interminable, pensado para conmover a los hombres, le llegó al corazón. Ya no veía a Cleopatra, la mujer y la reina, sino a una inaccesible divinidad encarnada para ir al encuentro de los mortales. Durante un instante, se había imaginado que comprendía los misterios de la resurrección del cuerpo descuartizado de Osiris, del peso de las almas, del Juicio y de la Vida en el Reino de los Muertos.
Ese mismo día decidió abandonar Egipto, poner fin al sacrilegio que cometía al poseer a una diosa. Así fue como terminó arrastrando su inconsolable desesperación hasta un aborrecido matrimonio.