Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XVII
Si esa noche muere asesinada, ella, que no cree en el panteón griego, comparecerá ante el temible tribunal de Osiris, el Señor del Reino de los Muertos, y su alma se convertirá en una estrella del firmamento. Pero si la inmensidad del desierto la protege, si el amanecer del día siguiente la encuentra aún con vida —lo que espera con todo el ardor de su esforzado temperamento—, tendrá que aprender a domeñar los movimientos impetuosos que le inspiran su juventud y la vastedad de un poder que, hasta esa misma mañana, no tenía límites.
Anteponer su país a sus pasiones, ¿no fue eso lo que decidió el día de su coronación? Ella, que viene de una familia donde los soberanos se hacen llamar: Filadelfo, Filopátor, Filométor, «el que ama a su hermano o a su hermana, a su padre o a su madre», aunque hayan asesinado a sus familiares más cercanos; como Tolomeo VIII, quien, después de haber ordenado el desmembramiento de su hijo, lo hizo divinizar con el nombre de Teo Neo Filopátor, «el nuevo dios que ama a su padre», signo, tal vez, de un desesperado anhelo de perdón.
A sus veinte años, Cleopatra ha visto cambiar el mundo y crecer los peligros que amenazan a Egipto.
Desde el bárbaro Occidente, los romanos se abalanzan sobre las civilizaciones milenarias para sojuzgarlas. Ningún reino escapa al intolerable arbitrio de aquella República.
El otro peligro, llegado de Oriente, es la temible caballería de los partos, que cada vez llevan sus incursiones más y más lejos.
Bajo la evocación de estas amenazas, la reina fugitiva escribe tres palabras en la arena, y las escribe en las once lenguas que domina: con los jeroglíficos de los textos sagrados; en demótico, la lengua popular egipcia; en coiné, el griego que se habla en toda la cuenca mediterránea; en griego clásico; en arameo; en hebreo; en árabe; en etíope; en parto; en la escritura de los trogloditas, un pueblo que vive a orillas del mar Rojo; incluso las escribe en el odiado latín.
Estas tres palabras, «Egipto, Cleopatra, Eternidad», la guiarán como si fuesen estrellas en el firmamento.
A lo lejos, en las dunas, las hienas y los chacales le aúllan a la luna que acaba de elevarse.
Las ramas de las palmeras se estremecen.
La reina ha colocado centinelas alrededor del campamento. En la magia de la noche, habla sola, primero en un murmullo, luego dejando oír las palabras:
—Antes de la mía, treinta familias reales se han sucedido en Egipto. Y al final de esta larga cadena de soberanos, yo, Cleopatra Séptima, acepto el reto que me lanzan desde la profundidad de sus tumbas y desde lo alto del cielo donde sus almas dibujan un misterioso mapa en medio de las estrellas. Si sobrevivo a mi huida, realizaré el sueño de Alejandro, uniré Oriente y Occidente. ¡Reinaré sobre el mundo y ese será mi legado para los hijos que traiga al mundo!
Pone la mano sobre los jeroglíficos que forman la palabra «eternidad», aferra este puñado de arena y lo arroja hacia las estrellas diciendo:
—¡Que los dioses sean testigos de mi solemne promesa!