Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XV
Cuando Cleopatra y Antonio miran hacia la otra orilla, aun separados por toda la extensión del Mediterráneo, ambos alcanzan el paroxismo de la pasión.
Unidos y desgarrados, su mal de amores se convierte en un tormento insoportable. Cumplir con los deberes de su rango les supone un gran esfuerzo: impartir justicia, organizar la buena marcha de una administración aplastante, recaudar y repartir los impuestos.
Las peticiones que sus súbditos le presentan resbalan de las manos de Cleopatra y sus ministros las recogen. No escucha a los sacerdotes quejarse de la violación del derecho de asilo en los templos, ni a los alcaldes exigir medidas urgentes contra los saqueadores de tumbas, ni a los embalsamadores implorar el permiso de agrupar a las momias en unos apartamentos a pesar de las reiteradas protestas de la población griega, que considera impuros a los cadáveres.
—Divina majestad, augusta reina, hija del Sol, Ojo de Ra, diosa del alba, ¡una momia no es un cadáver!
Antonio no logra concentrar su atención en las disputas de los caravaneros, de los tratantes de camellos, de los proveedores del ejército.
—Señor, este chalán nos ha timado. ¡Ha maquillado a los caballos! La tormenta de ayer disolvió la pintura, estaban cubiertos, ¡son unos pencos que solo sirven para el matadero!
Distraído entre tantos requerimientos bien fundados, Antonio corre hacia la playa para esperar a la reina.
Una mañana, a la hora en que el sol se eleva en Antioquía, la verdad golpea a Cleopatra en pleno corazón.
Ensimismada en un duelo que quiso infinito, ha odiado a Marco Antonio por no ser César.
—Hice algo peor, Carmiana, constantemente lo desprecié.
Sin embargo, en Roma, aquel día de los idus de marzo por siempre funesto, él arriesgó su vida en medio de los asesinos, llevó el cuerpo hasta la hoguera, pronunció la arenga fúnebre y obligó al Senado a votar los honores divinos para César.
Lo hizo por ella.
Se lo confesó tiempo atrás. Ella no lo creyó.
Al igual que César, Antonio ha peleado en todos los frentes; sus hombres lo adoran porque, lo mismo que César, comparte el peligro a su lado.
Ella nunca le ha reconocido sus hazañas guerreras. Cuando intentó seducirla con otros argumentos, se mofó de él.
El viaje hasta Tarso no era sino un sentido llamamiento dirigido a ella. Se hacía iniciar en unos misterios que ella consideró supercherías. ¡Pero no se burlaba cruelmente de César cuando pretendía ser un descendiente de Venus!
En Tarso no fue al encuentro de Antonio para reconocer su grandeza, sino para abrumarlo con los refinamientos de una civilización incomparable. Sin permitir que el desánimo lo venciera, él no renunció a probarle que la merecía, y se mostró como un verdadero Hércules, comiendo, bebiendo, amando con una desmesura consagrada a probarle que era, si no un dios menor, sí al menos de la misma talla que uno de esos héroes que recorrían Grecia en los tiempos en que los hombres inventaron el Olimpo.
Cómo se engañó a sí misma para escapar a la humillación de aprender que una nueva llama podía suceder a un amor considerado único, de una vez y para siempre, a los veinte años, y que habiendo llevado en su seno al hijo de César podía darle hijos a Marco Antonio.