Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 28 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo VI

 

Cuando las intrigas de Arsínoe, las conspiraciones de los eunucos y la indiferencia de Cleopatra ante la solución del conflicto parecen condenar las negociaciones al fracaso, el Decimotercero, bruscamente, se declara favorable a la reconciliación. El inesperado acuerdo de la pareja real, bajo la égida del gran César, va a celebrarse con un suntuoso festín digno de los que ofrecía Auletes.

Mientras el Imperator se regocija de tan feliz desenlace, Cleopatra le envía a Amenofis Apolodoro, hijo de Peteharsemtheo, para informarle que los dos serán asesinados durante el banquete.

César está convencido de que ningún monarca en su sano juicio se atrevería a llevar a cabo un plan criminal que, inmediatamente, desencadenaría las represalias más espantosas. Tolomeo ya asesinó a Pompeyo, pero se trataba de un vencido, de un fugitivo, de un hombre acorralado que desembarcó sin escolta en una playa desierta. César no está solo. Siete mil legionarios están sobre las armas y la flota de Cleopatra refuerza a la suya.

No obstante, se pone una cota de malla bajo su inmaculada toga orlada de púrpura, desliza un puñal en su cintura y lo disimula entre los pliegues franjeados de oro; luego dobla la guardia, anunciándoles a sus hombres que responderán con sus cabezas por la vida de la reina.

César aún no conoce el lujo de los palacios de Alejandría. Piensa que ya nada puede deslumbrarlo en esta capital de mármol donde las calles son tan hermosas como los palacios romanos y donde los palacios tienen el esplendor de los templos.

Sin embargo, en cuanto traspasa el gigantesco pilón que señala la entrada a los salones de recepción, comprende que aún no ha visto nada, y debe recurrir a toda su experiencia para no permitir que se trasluzca su admiración, mientras que a su séquito le faltan palabras para manifestar su entusiasmo. Un maestro de ceremonias vestido a la usanza egipcia, precede a los romanos a través de las galerías con los techos cubiertos de oro, con las puertas de ébano y marfil, las columnas de ágata, de pórfido, de ónice, de mármol. A su paso, una multitud de esclavos de todos los colores se inclina hasta tocar el suelo.

César avanza bordeando esta cerca viviente hasta el salón de muros recubiertos con carey de tortugas indias coloreado a mano, donde Cleopatra y Tolomeo lo esperan. Deslumbrado por el centelleo de las pedrerías incrustadas en las paredes y en los triclinios, vacila un instante. Luego se acerca, aunque solo tiene ojos para la reina.

Sobre el cuerpo de Cleopatra reposan los fabulosos tesoros del mar Rojo, esmeraldas y diamantes de las minas de Berenice, corales y perlas enormes. El peso de su tocado la agobia. La blancura de sus pechos restalla al trasluz de un transparente velo de Sidón. Sus ojos están maquillados y sus cabellos perfumados con nardos y cinamono. Cubierta de joyas, es más hermosa que cualquier efigie contemplada por César, y jamás ninguna mujer le ha parecido más deseable, pues en ninguna mirada del mundo ha leído esa turbadora mezcla de esperanza y de aceptación de la muerte.

Tras la diosa que se ofrece para que la adoren, descubre a la niña heroica; tras la reina que lo odia, a la criatura rebosante de impulsos. El contraste es más embriagador que el mejor de los vinos, más exaltante que cargar contra el enemigo a la cabeza de sus hombres cuando, gracias a él, cambia la suerte de una batalla.

Cleopatra le tienta más que todo lo que ha podido conocer, que, por otra parte, se borra en ese instante. Se sorprendería si alguien le recordase hasta qué punto amó a Servilia (a quien regaló una perla que creía la más grande del mundo hasta que calibró el tamaño de las que Cleopatra llevaba de pendientes), si le hablasen de las reinas que metió en su cama, y de Mitrídates, que lo metió en la suya.

En cuanto ocupa su lugar al lado de Cleopatra, sabe que inventará cualquier cosa para no separarse de ella. Le dirá a Roma que unos terribles vientos etesios le impiden volver, que su ejército se ha rebelado, que Alejandría se ha sublevado.

Lo único que podría arrancarlo de su lado sería una buena guerra, si es que la muerte les concede un poco de tiempo, pues alrededor de las mesas dispuestas para el banquete, el crimen se respira a pleno pulmón. Cada copa que se alza puede estar envenenada, cada bocado contiene tal vez una droga mortal. Es probable que los asesinos estén entre los invitados, y Cleopatra se ha engalanado como una soberana a la que van a llevar a su tumba.