Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 4 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo III

 

Respetuoso con las costumbres inmemoriales de Egipto, el padre de Cleopatra, Tolomeo XII, apodado Auletes, «el tocador de flauta», se casó en su juventud con su propia hermana, Cleopatra Trifene, «la egoísta». Con ella tuvo a su único vástago legítimo, Berenice, hermana mayor de Cleopatra. Poco después de este nacimiento, se separó de la reina. Su segunda hija nació de una favorita.

Cuando oye hablar de las excepcionales cualidades de Cleopatra, Tolomeo manifiesta a duras penas su interés. ¿Podría ser diferente de los otros idiotas de la familia? Lo es.

Le gusta, le divierte. De vez en cuando la llama a su presencia, cuando no se siente demasiado abotargado, pues a menudo asiste a banquetes y come y bebe más de la cuenta. En aquel rostro adiposo, la nariz aguileña con las aletas respingonas, nariz que Cleopatra ha heredado, pierde su nobleza, las mejillas se desploman, el cuello se hincha. El vientre se redondea.

Y los años, que también empiezan a pesarle.

Tolomeo XII ya no es ningún muchacho. Le cansa la efervescente vitalidad que emana de su hija. Además, para qué preocuparse por ella si no está destinada al trono. Algo que deplora sinceramente, pues Berenice no posee las cualidades necesarias para darle un nuevo impulso a la dinastía. En su hija mayor no encuentra el fuego devorador y la espera apasionada que iluminan a Cleopatra. Y aún menos en la tercera, Arsínoe, que, a pesar de su juventud, ya ha dado muestras de su maldad.

En cuanto a los varones, nacidos después de las hijas, sus grandes ojos oscuros solo reflejan un vacío insondable.

Contrariado por los repetidos errores de la naturaleza, dividido entre el placer de contemplar cómo florecen los dones de Cleopatra y la decepción de que sea una mujer, Tolomeo se refugia en la música. Está organizando un concurso de flauta en el que espera medirse con los mejores intérpretes y ganarlo.