Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 38 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo XVI

 

 

Cada día que pasa, se internan más y más en las tierras del Alto Egipto.

El cielo es de un azul intenso. El Nilo se extiende como un charco de oro puro.

En Dendera, una vez terminadas las ceremonias oficiales en presencia del alto clero y del pueblo entusiasta, Cleopatra vuelve con César a las terrazas del templo en mitad de la noche. Le señala la pared donde está representada con su padre en el momento de la fundación del templo, luego se detiene ante otra, virgen de cualquier inscripción:

—Aquí será descrito el nacimiento divino de nuestro hijo —dice con su voz aterciopelada—. Serás la encarnación del dios, y tu hijo, el legítimo heredero de Egipto…

César toca el vientre aún plano. Cleopatra retiene su mano y murmura con dulzura:

—Sé que es un varón.

En la mirada del Imperator, la esperanza, que ya es desmesurada, crece aún más.

Pero, desde un tiempo atrás, el ejército murmura; al llegar a Asuán, cuando César pretende franquear la primera catarata y proseguir la navegación, los soldados protestan.

Galos y germanos, muy numerosos en el destacamento, penan con el tórrido calor, los mosquitos y la disentería. También se quejan porque mientras en Alejandría las chicas los perseguían por sus ojos azules y su pelo rubio, allí las mujeres se escabullen y los niños los llaman demonios y les muestran sus traseros.

Los soldados que se aventuraron en las aldeas nunca volvieron. En el desierto tan cercano, donde los bandidos campan a sus anchas y donde se refugian los saqueadores de tumbas, proliferan los escorpiones y las serpientes, cuyas picaduras son mortales. A veces, durante la noche, los centinelas avistan extrañas formas bajo la luna.

César oye a sus hombres y los tranquiliza.

Les explica que la reina Cleopatra, encarnación de las divinidades tutelares de Egipto, viaja con ellos, y que, bajo su protección, no hay nada que temer. Si aceptan seguir, entrarán en el país de la legendaria reina de Saba; de allí traerán cargamentos de oro, de piedras preciosas, de «dientes» de elefante. Ni siquiera los más veteranos pueden imaginar los tesoros que van a descubrir.

No hay promesa capaz de convencer a los legionarios. Para franquear las cataratas tendrían que transportar cuatrocientos barcos a sus espaldas.

Y ya que hay una diosa con ellos, le dirigen una plegaria que puede atender: quieren volver.