Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 12 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo XI

 

Durante los cuatro años de corregencia con su hija, Tolomeo, poco a poco, descarga en ella las responsabilidades del poder para así dedicarse a su pasión por la música y a su inmoderado gusto por los banquetes.

Su decadencia, si bien ya se había iniciado en Roma, se acelera después del viaje a Dendera. Auletes se debilita y engorda. Se le llamaba «el tocador de flauta»; ahora se le podría llamar «el abotargado», como a Tolomeo VIII. Se vuelve supersticioso como una vieja, pero afirma no serlo más que cualquier patricio romano. Rodeado por tantos hechiceros como médicos, se convierte en el actor principal de una farsa grandilocuente y fúnebre destinada a engañar a la muerte.

Arsínoe, que exhibe su dolor sin recato, acusa a su hermana mayor de mostrarse indiferente.

—Aún no ha llegado al Reino de los Muertos —observa Cleopatra fríamente— ¿No temes que tus demostraciones puedan precipitar su fin?

Para terminar de acentuar el mórbido ambiente de palacio, los sacerdotes astrónomos de Dendera anuncian que van a producirse, con pocos meses de intervalo, dos fenómenos celestes sumamente singulares. Un eclipse de Luna durante el cual la diosa de plata se disimulará entre el Pez y el Carnero, y un eclipse de Sol que, en Alejandría, será total.

Tolomeo lo interpreta como si acabasen de dictar su sentencia de muerte. ¿Cómo podría soportar él, que es el hijo del Sol, la desaparición del globo en pleno día? El presagio es tan funesto que se prepara a morir y redacta su testamento.

El eclipse de Luna se produjo el 25 de septiembre del año 52 antes de nuestra era. A nadie le causó ningún tormento, pues la mayoría de la gente dormía. Cleopatra lo observó acompañada por sus sacerdotes astrónomos.

Pero en aquella mañana de phaménoth, esperan el eclipse de Sol.

En Alejandría, el mes de marzo, a pesar de su límpido cielo sin una nube, es glacial. La cruda claridad del invierno se refleja en el azul intenso del Mediterráneo. Luego, insensiblemente, la luz se oscurece, se vuelve violeta, extraña, no se parece en nada a los colores del alba o del ocaso.

Como mordido por una medialuna que crece en su faz, el dios Ra merma de tamaño y va a desaparecer.

Por más que la población había sido informada por un ejército de sacerdotes y funcionarios civiles, se inquieta, abandona sus tareas y se apiña en los alrededores de palacio. Esta vez no quieren expulsar a su monarca, sino buscar refugio al lado del garante del orden cósmico.

Días atrás, las explicaciones resultaban claras y fáciles de entender. Ahora, el fenómeno es terrorífico.

Los sacerdotes afirmaron que el astro de la luz volvería: ¿qué saben ellos? Los dioses obran a su antojo y Egipto ya estuvo a punto de perecer durante las tinieblas enviadas por Moisés, cientos de años atrás. Nadie lo ha olvidado.

La muchedumbre crece, tan desdichada como los animales, que tampoco entienden lo que sucede.

Cleopatra, con un lebrel echado a sus pies, observa el fenómeno acompañada por el astrónomo Padiharsomtus, que planea pintar un zodiaco en Denderal. En ese instante, sintiendo llegar su última hora, su padre la llama a su presencia.