Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 52 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo IX

 

 

Diez millones de sestercios —anuncia Cleopatra, con sus ojos traviesos fijos en los de Antonio.

Este responde, ingenuamente, que es imposible despilfarrar diez millones de sestercios en un banquete; diez millones es lo que costaría un palacio…

—Shhhh —le responde la reina, posando un dedo sobre sus labios y sonriendo tras el anillo—, ya sabemos que no se puede gastar ese cantidad en una sola comida. ¡Por eso lo haré!

¿No lo entiende? ¡Ni falta que hace!

Que elija un árbitro a su gusto.

¿Tan segura está de sí misma?

Lo mira desdeñosa. Es de corta estatura mientras que él es un gigante. ¿Entonces por qué siente que lo examinan por encima del hombro?

—Planco —dice él.

—¿Qué me quieres decir?

—El árbitro.

—¡De acuerdo, general! ¡Adviértele que vas a perder! Y ríe mostrando sus dientes, pequeños, relucientes, bien alineados, más resplandecientes que las perlas de su collar.

Diez millones de sestercios en una cena, es imposible. —Voy a ganar — asegura Cleopatra.

Y él, de pronto, se inquieta.

—Y si pierdo, ¿cuál es el envite?

La reina se burla abiertamente.

Ahora es ella la que da vueltas a su alrededor, igual que una mariposa con sus alas irisadas, que él desearía atrapar; pero rasgaría la impalpable telilla con sus manos de atleta acostumbrado a los juegos del gimnasio y de la palestra. Ella se inmoviliza, repliega sus alas de ave del paraíso de plumaje amarillo y rojo, de pavo real con ocelos de mil colores y sus párpados pintados de verde bajan sobre el insolente resplandor de sus ojos negros.

—Antonio no pierde nada —promete—, ¡nunca! Cleopatra es la única que se arriesga.

Llegado el día fijado para la apuesta, Antonio calcula de un vistazo el derroche en tapices, alfombras, vajillas y manjares. Sin el menor recato, sopesa una taza de obsidiana con incrustaciones de esmeraldas retenidas por hilos de oro; Hator aparece representada con una cabeza de vaca cuyos cuernos sostienen el disco solar. Es el fasto habitual de la mesa real. Deja la taza y lleva a sus labios una copa de plata cargada de esmeraldas.

Después de beber, estima el precio de los esclavos que atienden a los comensales, el de las bailarinas, músicos, acróbatas y malabaristas que se suceden. Entonces afirma, sin apartar sus ojos de Cleopatra, que a pesar del lujo y los refinamientos aplastantes, el gasto ni siquiera se acerca a los diez millones.

Cleopatra saborea el diminuto muslo de un tordo relleno con un higo, muslo que han retirado de una codorniz extraída de una faisana servida con todas sus plumas. Su boca, cuando muerde, sus labios, cuando rozan una copa, son una invitación al beso. Pero ella, fingiendo ignorar la turbación de Antonio, admite que, de momento, tiene razón; para luego anunciarle, feliz, que ella ganará.

—¡No te creo! —dice Antonio.

Y el palurdo pide las cuentas.

Cleopatra echa hacia atrás su garganta. Su cuello se redondea, se cubre de nácar, de rubio, de rosa, hasta el punto que las perlas que caen en cascada palidecen comparadas con su tez. En el nacimiento del cuello, una vena turquesa palpita bajo la piel con una inefable suavidad. La contemplación de esta vena, igual que antes con su boca, exalta de nuevo a Antonio. Descubre que esta criatura, aunque no sabe si es mujer, hechicera o diosa, nunca ha estado tan hermosa, tan cercana, tan inaccesible como en aquel momento en que se ve sacudida por una risa silenciosa.

Viste a la usanza egipcia.

Su vestido de lino inmaculado, plisado y transparente, inspirado en un modelo de Nefertiti, es una incitación a la voluptuosidad. Pero la reina es de hielo. Su pecho está oculto bajo una trama de perlas sujetas por una sardónice oval tallada en cuatro capas, que representa a Alejandro llevando sobre su cabeza una diadema con el cuerno de carnero de Zeus Amón.

En su cintura lleva prendido un ramillete de lotos azules mezclados con mandrágoras, la flor del amor eterno en la vida del más allá, alusión esta que ningún romano puede captar. Y una enorme peluca, rematada con la corona baja y la serpiente de Egipto, hacen que su rostro parezca conmovedor y frágil.

Con la cabeza nublada por los vapores de la embriaguez, Antonio se acerca a ella y tiende su mano para tocarla. Sin dejar de sonreír y con la mirada insinuante, Cleopatra le pide que tenga un poco de paciencia; ordena retirar los manjares. Unas jóvenes ejecutan danzas jónicas y esclavos asiáticos queman perfumes mientras otros presentan a los invitados aguamaniles con pétalos flotando.

Luego, los criados se retiran y la música deja de sonar. Las conversaciones también se interrumpen. El silencio reina.

Entonces, un etíope cruza la sala y viene a caer de rodillas ante Cleopatra. Una adolescente le entrega al etíope una bandeja con una copa. Un extraño brebaje gorgotea, un vinagre con deliciosos aromas que suavizan su acidez.

Ha llegado el momento.

Cleopatra aparta su peluca dejando a la vista sus lóbulos, donde brillan dos perlas únicas que ha heredado de sus antepasados, cada una del tamaño de un huevo de codorniz. Desprende la derecha y la arroja dentro de la copa, que toma por la base para hacerla girar. Luego, prontamente, se bebe diez millones de sestercios de un trago.

Planeo le implora que no haga lo mismo con la otra. —¿A qué sabía la perla? —pregunta Antonio con voz ahogada y algo silbante.

—Tenía el sabor de las lágrimas —responde ella.