Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XII
En una isla griega donde hacen escala les revelan que su flota combatió hasta el anochecer, que Agripa quemó los barcos que no pudieron escapar y que el ejército de tierra, antes de rendirse, esperó el regreso de su comandante durante tres días.
Antonio decide desembarcar en Cirenaica para tomar el mando de las cuatro legiones que dejó allí.
Desde su barco, que prosigue su singladura, Cleopatra observa la silueta en el muelle que, poco a poco, se va haciendo más pequeña. Sabe que Antonio esperará en vano a un ejército fantasma.
Cuando él descubre que ya no le queda ni solo un hombre, que todas sus legiones se han unido a Octavio, el mundo se abre a sus pies. Intenta poner fin a sus días para que Cleopatra pueda seguir reinando sin él. Es tan fuerte que varios de sus amigos tienen que unirse para luchar contra él y arrebatarle su espada. Después, le falta valor para intentarlo de nuevo. Hundido por haber malogrado también su muerte, se arrastra como puede hasta Alejandría.
Se imagina que encontrará a una Cleopatra abrumada por su destino, pero se entera de que su pueblo la recibió como triunfadora; la gente estaba loca de alegría al verla regresar a la cabeza de su escuadra. Los barcos que sufrieron desperfectos durante la batalla ya están en carena donde los carpinteros de la marina los reparan; y la reina se dispone a defender su capital contra Octavio, que se dirige hacia Siria.
Antonio observa taciturno los preparativos.
Cleopatra le brinda toda su ternura. Pero ya no le quedan fuerzas para insuflarle su valor y ánimo. Incluso teme que pueda hundirse con él. Y, en esos momentos, necesita toda su energía para Egipto y para sus hijos — también para el de Antonio y Fulvia, pues Antilo está en palacio, educándose junto a los suyos.
En estas circunstancias, no se opone a que Antonio, que bebe más que nunca y se deshace en imprecaciones sobre la perfidia de Octavio y la ingratitud de su ejército, se mande construir una pequeña casa en el malecón. La llama «el Timoneo» en recuerdo del misántropo de Atenas, Timón. Allí pasa sus días, copiando y volviendo a copiar las máximas de los filósofos.
Una vez más, Cleopatra está sola, pero al menos no debe soportar la agobiante compañía de un desesperado. Y la reina recobra las ganas de luchar.
Como el tiempo apremia, pues Octavio ya se dispone a marchar sobre Egipto, decide que ha llegado el momento de investir a Antilo con la toga viril y de inscribir al adolescente Cesarión como ciudadano de Alejandría. En caso de que ella desaparezca, ambos serán considerados mayores de edad. Las ceremonias dan lugar a grandes festejos, los últimos tal vez, pero Cleopatra no quiere defraudar a los dos jóvenes.
Cesarión ya ha sido reconocido por Roma como el heredero legítimo del trono de Egipto. Al convertirlo en adulto, Cleopatra quiere significar que puede reinar solo, en su propio nombre, sin que le impongan ningún regente. Son unas disposiciones muy juiciosas. ¿De qué servirán frente al ejército de Octavio, al que nada ni nadie podrá resistirse?
Consciente de la fragilidad del entramado que erige ante un enemigo implacable, Cleopatra toma una intrépida decisión que podía haber salvado todo su legado si el viento de la Historia no le hubiese sido tan contrario. Decide partir, empezar todo de nuevo en otra parte.
Siguiendo el ejemplo de Tutmosis III, abuelo de Akenatón, que transportó su flota desde Fenicia hasta el Éufrates, ordena desplazar un centenar de barcos del Mediterráneo hasta el mar Rojo, y planea, para organizar la supervivencia de Egipto y de su dinastía, «llevarse su oro, su plata y sus tesoros e irse con sus hijos para instalarse más allá del océano, lejos del Mediterráneo, y así escapar al peligro de esta guerra y a la servidumbre».