Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XIV
La noticia de que César y sus legiones han cruzado el Rubicón perturba a Cleopatra; mientras, Tolomeo se limita a encoger sus rollizos hombros.
Que cruce todos los riachuelos que le venga en gana —declara el Decimotercero al tiempo que sus dedos cubiertos de sortijas se dirigen hacia una bandeja de dulces.
¡Que haya franqueado el Rubicón concierne a toda la tierra! —protesta la reina—. Es una declaración de guerra al Senado y a Pompeyo, que es nuestro protector. Con cincuenta años, César se comporta como un joven oficial impaciente por alcanzar la gloria. Ya no tiene edad para correr semejantes riesgos… ¿Es que pretende apoderarse de Roma y, si le opone resistencia, arrasarla?
—El anciano parece vigoroso —farfulla el Decimotercero, manoseando su peto con los dedos pegajosos—. ¡Se diría que el viento cambia de dirección! ¿No deberíamos aliamos con ese viejo tan fogoso?
—¿Acaso César le está pagando a tus consejeros para que defiendas ese plan, o bien se te ha ocurrido a ti solo la idea de traicionar a Pompeyo?
¿Qué? —dice con la boca llena.
Sin el gran Pompeyo, Egipto sería una provincia romana. Su hijo ha venido para implorar nuestra ayuda. Le he enviado hombres y oro.
Sin contar las cincuenta galeras —masculla Tolomeo—. La alianza con Roma nos sale cara.
Cleopatra hace a un lado la bandeja en la que su hermano no deja de picar.
Hasta ahora —dice—, no es Pompeyo sino César el que nos ha arruinado. Si le doy las naves a los romanos, es para ayudarlos a que se maten entre ellos. ¡Es la mejor idea que he tenido nunca!
Para poder hablar, el Decimotercero expulsa el producto de una laboriosa masticación que no consigue tragar. Una saliva viscosa resbala por su barbilla:
Deberíamos tomar partido por César.
Eso quiere decir que has cambiado de campo. ¡Te lo advierto, Egipto no tiene tanta prisa como tú!
¿Tal vez pretendes decirme que Egipto eres tú?
¡Por supuesto que soy yo! —replica Cleopatra.
Y es verdad, Egipto es ella.
El rencor sofoca a Tolomeo:
—¡Yo soy griego! Odio a los egipcios que permiten a las mujeres gozar de los mismos derechos que los hombres. En la sociedad helénica no existe nada tan ultrajante. Si yo reinase al otro lado del mar, te postrarías ante mí en vez de que tu nombre preceda al mío en todos los actos oficiales.
Ella sonríe. Su hermano no confiesa el verdadero motivo de su cólera, pero tampoco se atreve ni a rozar los dedos de Cleopatra. En cuanto a la posibilidad de ascender hasta el lecho de esta criatura modelada por la mano de los dioses, nunca tendría el valor de mencionarlo. Para vengarse, no le permite a su hermana y esposa que mire a otro; así, ella permanece sola, como una vestal o una Divina Adoratriz de Amón, consagrada a la virginidad.