Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XI
Aún no hay vencedores ni vencidos cuando Cleopatra logra liberar al Antonia. Entonces se levanta un viento favorable que sopla desde Italia. Es una señal de los dioses. La reina ordena izar las velas y, a la cabeza de sus sesenta barcos intactos, escapa al bloqueo.
Al ver pasar a la escuadra egipcia, Antonio pierde la razón. No es la primera vez que lo abandona todo para seguir a la reina, como si solo ella existiera en el mundo, como si no pudiera respirar sin ella.
En plena batalla, ordena detener los combates y, sin asegurarse de que sus órdenes se han cumplido, abandona su barco y salta sobre una embarcación más pequeña y veloz.
A su espalda, sus enormes navíos no pueden zafarse del acoso que sufren. Algunos están en llamas; otros, partidos en dos, se hunden. Gritos y alaridos. La madera cruje. Los ingenios lanzados por las catapultas desatan incendios por doquier. Filas completas de remos vuelan en pedazos, se abren las carenas y los hombres desaparecen bajo el agua. Velas en llamas se abaten sobre los combatientes. Vergas y mástiles partidos atestan las cubiertas.
Se lucha con garfios, hachas, picas.
La pez humeante carboniza las carnes.
Soldados y marinos corren entre las llamas y el humo, se arrojan al agua por decenas y el peso de sus corazas los arrastra hacia el fondo.
El mar está mancillado.
Antonio atraviesa ofuscado esta espuma ensangrentada de la que se elevan antorchas negras y apestosas, de la que ascienden olores de sangre y fuego.
Un barco le cierra el paso.
Loco de rabia y humillación, Antonio grita:
—¿Quién osa perseguir a Antonio?
—Yo, el hijo de un proscrito que tú decapitaste, ¡yo te persigo! Y si no logro impedir tu huida, los dioses infernales se encargarán por mí.
Cleopatra, al ser informada de lo que ocurre y negándose a creerlo, corre hacia la popa del Antonia.
En la parte delantera del barco que se acerca a toda velocidad, con sus cinco filas de remos hundiéndose en el agua con la cadencia infernal del abordaje, un gigante embozado en un manto púrpura tiene la mirada fija en ella.
La reina permite que suba a bordo, pero se niega a hablar con él. Ya sabe lo que le diría para justificarse.
Han escapado al bloqueo, son libres, el tesoro está a salvo y, también, un centenar de navíos. Pero él abandonó el combate sin estar seguro de la victoria.
Durante los tres días en que Cleopatra se niega a recibirlo, a pesar del deseo que siente de tenerlo a su lado, Antonio permanece postrado en cubierta con la cabeza entre las manos.
Cleopatra ha comprendido lo que él aún se niega a admitir. El viento de la Historia, que César hubiese podido hacer virar, sopla a favor de Octavio. Sola, Cleopatra podría salvarse y sobrevivir. Roma aceptaría su abdicación y su hijo sería rey. Pero Marco Antonio no se separará de ella. La arrastra hacia la muerte y ella necesitará tener valor por los dos.
Entonces, la reina, que desde la muerte de César nunca dejó de esperar que la rodeasen los brazos de otro padre amante, renuncia a este sueño y decide que, en su última etapa, seguirá luchando por Egipto y protegerá a su anciano niño de cincuenta y dos años. Se reúne con él en cubierta y posa sus manos sobre los hombros hundidos cubiertos con un manto hecho jirones.
El amor los arroja de nuevo al uno en brazos del otro.
Juntos trazan planes para el futuro.
Ella sabe que ya nada les espera.