Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo V
A la mañana siguiente, al alba, los eunucos despiertan al Decimotercero. Desde su ventana puede ver, en el Gran Puerto, anclados frente al palacio de Loquias, a los setenta y dos barcos de guerra de su hermana junto a los cincuenta trirremes de César.
Furioso, Tolomeo se precipita escaleras abajo. Grita, gesticula, se abre paso, entra en el palacio de Loquias y, sin hacerse anunciar, irrumpe en los aposentos privados del Imperator.
Allí encuentra a su hermana, que lo espera tocada con la doblé corona roja y blanca de los antiguos faraones, símbolo de la unión indefectible del Alto y del Bajo Egipto; mientras, él lleva puesta una diadema griega de factura reciente. Presa de la ira y el despecho, se la arranca, la tira, grita traición y proclama que se vengará.
¿De dónde sacó Cleopatra la osadía suficiente para ir al encuentro de César? ¿Qué clase de genio le inspiró el ardid que le permitió infiltrarse a través del ejército que le cerraba el paso? ¿Cómo pudo sortear la vigilancia de los centinelas apostados por mar y tierra? Incluso escondida en una alfombra no es concebible.
El Decimotercero aún no ha comprendido cómo su hermana burló a sus asesinos cuando el suceso ya corre de boca en boca, y, desde Alejandría, se propaga por el mundo antiguo. Todos ríen a costa de Tolomeo, y todos admiran a Cleopatra, pues ha demostrado, como en una fábula, que el más fuerte no es siempre el más astuto.
Igual que no escondía su desprecio por el asesino de Pompeyo, César tampoco disimula los sentimientos que le inspira la joven reina. Para obligar a Tolomeo a reconciliarse con ella, lee el testamento de Auletes frente a una multitud. Alejandría aclama a Cleopatra.
Pero Arsínoe aún espera ocupar el trono de su hermana. Le susurra a Tolomeo que la derrota de Cleopatra ha invalidado el testamento y le incita a rechazar la mediación de César.
Estas maniobras llegan a oídos de Cleopatra, que no se inmuta. Si Tolomeo se enfrenta a César, estallará la guerra con Roma y los dos hombres que más odia pelearán entre ellos. Al final del conflicto, uno de los dos combatientes habrá aniquilado al otro, y ella tendrá que vencer a un solo enemigo. Una sonrisa baila en sus labios mientras, en sus ojos entornados, hay un destello de crueldad.
Incluso para un alejandrino acostumbrado a los meandros de la política, las negociaciones que se desarrollan en el palacio de Loquias entre los dos soberanos que se profesan un odio mortal, sus consejeros que libran una batalla sin piedad por el poder, y el romano atrapado en aquel enjambre de avispas, la situación parece inextricable.
Repetidas veces al cabo del día, los acuerdos que parecían cerrados deben discutirse de nuevo. La guerra de nervios viene acompasada por un incesante baile de mensajeros que corren de un palacio a otro. Todos intrigan, espían, conspiran. Hasta la última ayudante de cámara se cree depositaria de los mayores secretos de estado.
Para garantizar su seguridad, Cleopatra solo confía en su guardia personal y en dos hombres que ella misma ha elegido. Uno es el lancero Amenofis Apolodoro, que estaba dispuesto a dejarse despedazar por la multitud para salvarla a ella de ese destino y que, después, la condujo hasta César; el otro es Peteharpócrates, el asesino enviado por su hermano que, desde que ella le perdonó la vida, siempre se ofrece como voluntario para las misiones más peligrosas.
Entre la servidumbre de palacio, muchos de los cuales la traicionan, le otorga su confianza a dos mujeres que la amarán hasta la muerte. Carmiana es de origen grecoegipcio y su padre era un escriba real; la joven le recita poemas mientras le cepilla el pelo. La otra mujer, Iris, una «piel quemada», le profesa a Cleopatra una adoración silenciosa. Iris se crio en la corte; cuando su padre quiso casarla en su país con un príncipe etíope, le suplicó a Cleopatra que la retuviera a su lado.
Durante este periodo de tortuosas negociaciones, Cleopatra, para no ser asesinada, permanece encerrada con ellas.
Cuando el Decimotercero se aventura a abandonar su palacio, lo hace escoltado por su guardia y flanqueado por Arsínoe y los eunucos.
En cuanto a César, que aún no ha recibido los refuerzos que ha reclamado, está impaciente por solucionar la cuestión política antes de ocuparse del cobro de las deudas de Rabirio. Entre tanto, mantiene a sus tropas en estado de alerta.