Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XVIII
Mientras la inefable alianza de Oriente y Occidente, de la razón y el amor, de la pasión y la fuerza, está consumándose, el odio toma su revancha sobre el amor y sobre los dioses.
César tiene enemigos y Cleopatra ha irritado a Cicerón, el pico de oro, forjador de frases asesinas. El orador afirma que ha sido desconsiderada y descubre, demasiado tarde, que todos se burlan de él. Celoso de una mujer que se expresa mejor que él, Cicerón convoca a los descontentos y a los amargados.
Calpurnia, la infeliz esposa del Imperator tan locamente prendado de su reina, despertaría algo de piedad si los romanos no hicieran tan poco caso de las mujeres, incluso de las que son públicamente engañadas. De modo que no es ella la que interviene, sino un joven de aspecto insignificante, Octavio, el sobrino que César ha adoptado antes de saber que era capaz de engendrar un hijo.
Octavio, un alfeñique taimado, enfermizo, cobarde, alarmado por la existencia de Tolomeo César, ese hijo de César que un día podría ponerlo en serios apuros, ataca. Viciosamente insinúa que Cleopatra se mostró más que afectuosa con el hijo del gran Cneo Pompeyo cuando fue a Alejandría para hablar en defensa de su padre, y que el hijo no es de César. Nadie presta fe a semejante ignominia, pero los romanos son tan aficionados a los chismes de alcoba que, en lugar de silenciarlos, los propalan para desmentirlos, y así los difunden.
Todos los sacrificados en el altar del amor recobran la esperanza y se lanzan al asalto.
Con los labios resecos, las matronas fustigan el lujo que rodea a la reina, susurran que utiliza una vajilla de oro cubierta de piedras preciosas, lo que no deja de ser cierto. No pueden imaginar cómo es Alejandría, las proporciones de su arquitectura, la maravilla del Faro, tan parecido a una concha de nácar erigido delante de la ciudad, la riqueza de los materiales que decoran los palacios de Cleopatra, donde el oro y las piedras preciosas están profusamente repartidos, el esplendor de un universo en el que cada objeto es una obra de arte. Instintivamente odian una belleza que no son capaces de concebir, y quisieran destruirla.
De este modo, poco a poco la envidia gana terreno, igual que los piojos en la cabeza de los inquilinos de las casas de vecindad. Ha tardado en aparecer, pero crece deprisa contra «la egipcia» que ha hechizado a César. Porque, desde luego, ¡está embrujado! Cleopatra ha cambiado a su Imperator. Quiere reinar con ella, y, en cuanto todos los reconozcan, correrán a instalarse en Alejandría llevándose los tesoros de Roma.
Frente a este odio, tan poderoso como el amor que lo ha precedido, Marco Antonio se declara el paladín de Cleopatra y empuja a César hacia la cima; César, que se hace aclamar sobre su caballo blanco, vestido con la clámide púrpura y altos coturnos rojos, los signos distintivos de los reyes.
Marco Antonio, consciente de que hay que actuar sin pérdida de tiempo, públicamente le pone la corona sobre la cabeza, y no una sino tres veces. Es un gesto de una audacia que raya en la locura, y para comprender lo que sucede entonces, hay que admitir lo increíble: César, cuyo valor nunca se ha puesto en duda, que no teme a ningún enemigo, César está aterrorizado por el poder real, aunque lo ansía más que nada en el mundo.
Sin embargo, el pueblo duda.
Una parte de los asistentes está de acuerdo; la otra, incitada por los enemigos de César, protesta. Pero el pueblo hará lo que le digan, no está muy seguro de preferir la República a César.
Quiere dárselo todo a César —y darse a César.
Y el Imperator, que ya tiende sus manos hacia la corona, y sabe que debe tomarla, y quiere tomarla, paralizado de espanto cree que cometerá un crimen tomándola; y piensa en Rómulo, el primer rey de Roma, asesinado sin ninguna duda —aunque dice la leyenda que desapareció arrebatado por una tormenta.
Entonces rechaza la diadema y ordena llevarla al templo de Júpiter.
Acaba de armar el brazo de Bruto, y el de Octavio, ha firmado su sentencia de muerte, la de Cleopatra y la de su hijo.