Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 70 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo IX

 

Para cumplir con el gesto ritual, Octavio empuña el venablo sagrado del templo de Belona y, en el Campo de Marte, lo lanza en dirección este. Con el pretexto del ataque a Egipto, desencadena un nuevo episodio de la guerra civil, iniciada dieciocho años antes cuando César cruzó el Rubicón. Mientras concentra a su ejército en Brindisi, al sur de la península, Cleopatra y Antonio, en Grecia, con setenta y cinco mil legionarios, veinticinco mil ayudantes y quince mil jinetes, establecen su campamento sobre el promontorio de Actium.

Desde allí pueden contemplar su enorme flota anclada en el golfo de Ambracia: quinientas naves de guerra y trescientos barcos de transporte, eso sin contar la escuadra de sesenta naves bajo las órdenes directas de Cleopatra.

Octavio cruza el mar y, a su vez, desembarca en Grecia al mando de ochenta mil infantes y doce mil jinetes. Toma posiciones en Actium, frente al campamento de Antonio, donde espera a sus cuatrocientas naves mandadas por Agripa, el mejor almirante de la Antigüedad.

Durante el invierno, los enemigos se observan mientras elaboran sus planes de batalla.

El nerviosismo cunde en el campamento de Antonio; se han infiltrado numerosos espías que trabajan para destruir la cohesión del mando, atizar las tensiones, socavar la moral de las tropas, comprar a los jefes vacilantes, convencer a los oficiales romanos para que cambien de bando y dislocar la unidad de los monarcas. Las consecuencias no se hacen esperar.

Muy pronto, Cleopatra y Marco Antonio ya no saben quién los traiciona. Algunos generales exigen la marcha de la reina. Indignada por tan infamante proposición, les recuerda que ella ha sufragado el ejército y traído su flota.

La conducta de Antonio, abrumado por opiniones contradictorias e incapaz de atenerse a una decisión, justifica las primeras defecciones.

A estas pérdidas se suma, al final del invierno, una epidemia de malaria que provoca una hecatombe entre los remeros y los marinos. Al tanto de un desastre que priva a Antonio de un tercio de sus barcos, Agripa apresta su flota para el combate. Antonio se sume en la desesperación hasta que Cleopatra le inspira un notable ardid de guerra.

Mientras Agripa maniobra, los soldados de Antonio recortan siluetas de madera, las clavan sobre la cubierta de sus barcos, tocan las trompetas y, con un puñado de soldados, organizan un enorme revuelo.

Engañado por tanta efervescencia, confundiendo a los figurines con hombres, Agripa renuncia al ataque. Pero se apodera de todas las islas, encerrando a la flota de Cleopatra y Antonio en el golfo de Ambracia y dificultando su aprovisionamiento, que llegaba por mar.

Para acentuar aún más el abatimiento, cada nuevo día trae su ración de malos presagios. En Grecia y en Italia, las estatuas de Antonio son aniquiladas, fulminadas, derribadas por seísmos. Y una pareja de alciones, tan apreciados por Cleopatra, que anidaba sobre su nave insignia, es expulsada por otra que, llegada desde mar abierto, ocupa su lugar con sus crías.