Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XV
Cleopatra, que ha librado a Alejandría de los mercenarios y evitado la guerra con Siria, se decide a eliminar a Rabirio. El banquero al que su padre nombró Intendente, desde la muerte de su real cómplice y aprovechándose de su cargo, se resarce a manos llenas a costa del país.
Después de provocar ella misma el tumulto que expulsa a Rabirio, la joven reina se imagina que Egipto nunca volverá a oír una palabra sobre la deuda contraída por Auletes.
Cleopatra desconoce la codicia de los romanos.
Pronto le llega la noticia de que Julio César ha comprado las deudas de Rabirio. Ahora se verá enfrentada, no ya a un turbio banquero, sino al genio de César, al hombre más poderoso y más temible de su tiempo; su inteligencia, sabiduría, conocimientos, ausencia de escrúpulos y codicia lo convierten en el más peligroso de los depredadores. César querrá recuperar hasta la última moneda. Nunca será saciado. Vaciará los tesoros de Egipto para sus placeres, y para depositar al pie del templo de Júpiter Capitolino cofres de joyas, perlas y piedras preciosas.
En sus pesadillas, Cleopatra ve al Imperator planear sobre Egipto como una descomunal ave de presa con su pico ensangrentando.
A sus consejeros, que tratan en vano de tranquilizarla con el argumento de que César está muy lejos, ella les replica:
—César nunca está lejos cuando prepara una conquista.
Entonces concibe un plan para retrasar el pago de la exorbitante deuda contraída por su padre, gravada además con los intereses que siguen corriendo desde hace años. Aun sabiendo que no resuelve el problema de forma definitiva, pero decidida a retrasar el vencimiento todo lo posible, Cleopatra devalúa la moneda.
Sin embargo, nada sosiega el odio de Arsínoe, que primero busca sublevar a las familias nobles contra su hermana y luego intenta agitar al pueblo. Ante sus repetidos fracasos, asedia a su hermano, que no tiene ninguna prisa por librarse de Cleopatra. Le demuestra que es un rey de pacotilla, que la reina siempre lo mantendrá apartado para ser ella la primera.
Le murmura que, a fuerza de atiborrarse de dulces en lugar de ejercer sus prerrogativas reales, se pondrá tan gordo como un eunuco y será incapaz de asegurar su descendencia, pues Cleopatra nunca se convertirá en la madre de un hijo suyo. Y añade mimosa que ella, Arsínoe, lo ama con todo su corazón y que será una esposa dulce y sacrificada si acaba con el obstáculo que impide la realización de tan gran felicidad.
Después de haber avivado la ambición de su hermano, la princesa contempla la desaparición de Cleopatra como si se tratara de un juego. Al menos al principio. Luego, poco a poco, el plan de un asesinato va tomando forma y, muy pronto, Arsínoe y Tolomeo se encuentran preparando la desaparición de su hermana. No dejan ningún detalle al azar y no informan de su plan más que a unos pocos cómplices de toda confianza.
Pero la cancillería de Cleopatra recibe una carta de un sacerdote circunscrito de Dendera. Este uábu, que nunca ha abandonado el recinto del templo, ha visto en sueños el teatro de Alejandría salpicado con la sangre de la reina. Su visión fue tan precisa que, inmediatamente, escribió a palacio. Por lo general, el secretario particular de la reina archiva este tipo de cartas. Esta vez, la inquietud que le provoca al escriba es tan fuerte que le presenta el texto a Cleopatra.
La descripción de un lugar y de unas personas que el recluso no conoce convencen a la reina de que no se trata del delirio de un iluminado. Sin embargo, Cleopatra no puede tomar en cuenta semejantes advertencias o su vida se paralizaría. A pesar de las súplicas de sus íntimos, se niega a modificar su programa. Como estaba previsto, asistirá a la representación de Las fenicias de Eurípides.
No obstante, a medida que se acerca la fecha prevista, las señales se multiplican.
Un adivino de Alejandría que consulta las entrañas de los animales encuentra los mismos signos anunciadores de muerte que el sacerdote de Dendera. Otro descubre a un ave sin hígado. Una oveja da a luz a un cordero con dos cabezas. Unos babuinos sagrados atacan al sacerdote que les da de comer.
Por último, la víspera del espectáculo, un oficial de Tolomeo que está enamorado de Carmiana, le indica que si la conspiración fracasa en el teatro, la ejecución se llevará a cabo en palacio.
Esta vez, Cleopatra convoca a sus oficiales. Demasiado tarde. Amenofis Apolodoro, hijo de Peteharsemtheo, llega jadeante para informarle que Aquilas acaba de asumir el mando de la guardia. Los asesinos pueden penetrar hasta los mismos aposentos de la reina.