Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XVIII
Al día siguiente, cuando sus allegados le aconsejan que solicite el apoyo del gobernador romano de Siria, en los ojos de Cleopatra brilla el reflejo de la determinación. Les contesta que recuperará su trono, y lo hará sola; que marchará hacia Ascalón y allí reunirá un ejército, que reclutará mercenarios en el mercado del cabo de Tenaro, en el Peloponeso: hoplitas griegos, libios, sirios, arameos, judíos, cretenses, beocios, macedonios, cireneos, cualquier soldado capaz de portar un arma.
Tengo veinte años y todo el oro del que puede disponer un soberano… ¡Pensad que el reclutamiento ya ha empezado!
Amenofis Apolodoro se apoya sobre su pica, encarnado de felicidad al oír tales propósitos en los labios de una reina por la que quisiera dar varias vidas.
¡A Ascalón! —grita blandiendo su lanza.
Ascalón recibe a Cleopatra como a una soberana legítima que combate por una causa justa. Incluso acuña monedas con su efigie. Mientras la reina en el exilio organiza su ejército, Aquilas multiplica las ejecuciones en el ejército de Tolomeo. Así espera poner coto a la epidemia de deserciones que se desató en cuanto los soldados supieron que su reina estaba viva, y no muerta, como aseguraba Arsínoe.
Durante la primera representación de Las fenicias, Arsínoe, sentada al lado del joven rey, ocupa el trono de oro de Cleopatra; lleva un tocado de lotos azules trenzados alrededor de un velo de lino blanco que evoca una diadema real.
Al escuchar estos versos:
Si se trata de violar la justicia, que sea para reinar; En cualquier otra circunstancia, cultiva la piedad,
se inclina hacia su hermano y besa su mano con ternura, lo que provoca una ovación de la multitud.
—¿Pero quiénes son los alejandrinos? —se pregunta Cleopatra cuando le relatan la anécdota—. ¿Quién, semejante muchedumbre, versátil e inestable, que me aclamaba en los días de mi reinado y que, hoy, glorifica a una hermana que me roba mi trono?
Por aquellos días, una vez más, el centro de la vida política de la cuenca mediterránea se desplaza de Oriente hacia Roma, donde la guerra civil está a punto de estallar. El gran Pompeyo y Julio César han roto su alianza y los ojos del mundo están pendientes del enfrentamiento que se prepara entre los dos gigantes.
Pompeyo anuncia que tratará como enemigos a los que abandonen la causa de la República, es decir, la suya; y César, fiel a su política de clemencia, promete que considerará como partidarios a todos los que no se sumen a su enemigo. La medida de gracia no incluye a Cleopatra, que le envió naves y oro a Pompeyo. En estas circunstancias, sin esperar el desenlace de la guerra romana, la reina acelera los preparativos militares: una y otra vez pasa revista a sus tropas, espolea a oficiales y soldados, inspecciona armas, material y animales, y se apresta a recuperar su trono.
Entre tanto, en Farsalia, Grecia, Julio César aplasta al ejército de Pompeyo, que se da a la fuga y navega rumbo a Alejandría, donde espera encontrar refugio.
Convencida de que su hermano le negará el amparo a su aliado vencido, Cleopatra marcha hacia su capital para poder recibir al fugitivo.