Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 37 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo XV

 

Ya hace varios días que la flotilla remonta el río que, a ciertas horas, parece estancarse en medio de una cinta verdosa desenrollada en pleno desierto.

Al amanecer, el Nilo recuerda a un hilo de ámbar fundido. Rojo limón, ladrillo, sangre reseca durante el día, reverdece cuando las riberas se estrechan. Durante la noche, cuando el sol está a punto de ocultarse tras las palmeras o de abatirse más allá de los acantilados rocosos, el río adquiere el tono púrpura del manto de César, luego, justo en el instante en que el disco se hunde en el horizonte, se cubre con un suave color de capullo de rosa que, lentamente, se vuelve cremoso antes de oscurecerse.

Las escalas se suceden, las fiestas, los ritos.

En Tebas, en Menfis, «la ciudad de las cien puertas», son conducidos en suntuosas ceremonias a lo largo de los dromos, esas avenidas donde centenares de esfinges con cabeza de carnero montan guardia. Sacerdotes con el cráneo afeitado, vestidos con faldellines y pieles de animales, los escoltan por el dédalo de Karnak a través de las salas de columnas, se detienen ante las paredes cubiertas de jeroglíficos, o ante gigantescas estatuas, y reanudan la marcha hacia el lago sagrado donde Cleopatra navega sola sobre la barca de los dioses.

Tan pronto como el ritual que oficia con fervor se lo permite, Cleopatra, gran sacerdotisa del culto, le explica a César la significación de los monumentos que tanto admira y el sentido de las ceremonias a las que asiste. Gracias a ella, se introduce más y más en aquel universo de magia, de augurios, de ritos extraños y de insondables misterios.

Tras aquellas largas visitas, que se les hacen cortas, siguen remontando el río hacia Dendera y Filae.

Acodados sobre el empalletado, ven desfilar la ribera. Los campesinos aran los campos. Las mujeres se juntan alrededor de los pozos con sus ánforas y sus cántaros. Ven pasar asnos, corderos, camellos, bueyes de largos cuernos, vacas sagradas con pezuñas doradas escoltadas por jóvenes sacerdotisas. Los críos chapotean en el lodo de los canales. Los pescadores atrapan percas de carne rosada. Diminutas embarcaciones se separan de la orilla y siguen a la flota real en medio de grandes exclamaciones.

El sol nace y el sol se pone.

El río se vuelve más recóndito. La cinta de verdor que ciñe las riberas se estrecha. La distancia entre los acantilados de roca y de arena se acorta.

César, que en Tebas creyó penetrar en el corazón del misterio divino, se da cuenta que aún le falta todo por descubrir sobre esta tierra única de la que Cleopatra posee las claves. Ahora mira a la reina de un modo diferente. Para él no es solo una maravillosa amante a la que ha iniciado en el amor, la reina incomparable que lleva en su seno a su hijo, sino también, como gran sacerdotisa de un culto inmemorial, es el umbral que hay que cruzar para llegar hasta los dioses.

Comparado con este descubrimiento, el resto del mundo le parece miserable y las noticias de Roma, donde aquel viaje ha suscitado virulentos comentarios, apenas si le interesan.

En el Nilo, los días y las noches se confunden.

Los amantes legendarios comparten una copa de vino bajo un palio de oro.