Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 35 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo XIII

 

La primera vez que la vio, salía de una alfombra; la primera vez que la tomó, él olía al agua del puerto. El día que se reúnen en el pontón real para embarcarse en el Thalamegos, el fabuloso palacio flotante, es, de nuevo, una primera vez.

Ella se ha engalanado con un atuendo de lino plisado, y luce la doble corona con el ureus, la serpiente de oro, brillando sobre su frente. El carmín enrojece sus labios.

Tocado con una corona de laurel, recién afeitado, depilado, perfumado, César viste una túnica de finísimo lino. El manto púrpura flota sobre sus hombros. El fuego que devoraba los ojos de Alejandro también arde en los suyos.

Ella comparte su juventud con él.

Avanzan uno hacia el otro, ambos rodeados por sus séquitos.

Cleopatra sonríe con esa enigmática sonrisa tras la que oculta sus pensamientos al tiempo que ofrece su amor. Impedirá que alcance las fuentes del Nilo. Se niega a violar el santuario del amo de la crecida que fecunda el país. Pero convencerá al Imperator de que solo los dioses pueden reinar sobre los hombres.

Si no se ha casado con él no es, como lo creerán las almas simples, porque ya está casado con una de esas fastidiosas matronas que pululan en Roma, matrimonio que no tiene ninguna validez en Egipto, sino porque una diosa comete un sacrilegio uniéndose con un simple mortal.

Con este viaje hasta el corazón del país, Cleopatra quiere señalar que atrae hacia el universo de los dioses al Imperator, al padre del hijo que espera. Al regreso de aquel viaje de iniciación destinado a convertir a la pareja en el símbolo de la unión entre Oriente y Occidente, César será un dios viviente y reinará con ella sobre el mundo.

Se encuentran en medio del pontón y recorren juntos la pasarela.

Guirnaldas de flores rodean los mástiles.

Los remeros son negros de poderosos músculos y llevan los brazos ceñidos con anchos brazaletes de plata.

Detrás de unos tapices henchidos por el viento, unos músicos interpretan dulces melodías.

En los mapas, el Delta recuerda al armazón de un abanico completamente desplegado en el que el Nilo sería el mango. Recorrido por innumerables canales, punteado por bosquecillos de palmeras, sembrado de vergeles, de viñedos y de huertos, es un espejo líquido donde se miran pollinos inmemoriales y camellos.

Cuando el sol se inclina hacia el horizonte y desaparece tras un bosque de sicomoros, Cleopatra toma su arpa y canta la llamada de la diosa a Osiris:

He abierto el relicario de oro.

Lo he buscado para gritar hacia él.

Me respondió y, por su voz, vi.

He abierto el relicario de oro.

¡Ah, permanece abierto y no cerrado con llave! ¡Ah, responde! ¡No permanezcas en silencio!

—¡Por Amón, a ti me acerco! —replica César.

No sabe que emplea las mismas palabras con las que, en el poema, Osiris responde a la diosa.