Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XI
Desde ese instante, Cleopatra marcha con Antonio hacia el abismo y la muerte.
Desde lo más profundo de su amor tenebroso y violento, apasionado y desgarrado, pero siempre renovado hasta la apoteosis de su doble suicidio, su vida no es más que una persecución de ese vértigo oscuro que han abierto en ellos, donde buscan sumirse y del que esperan salir.
Lo demás solo son anécdotas y peripecias.
Cleopatra abandona el universo divino hacia el que guiaba a César y se hunde con Antonio en un deleite que hace que Roma se estremezca de celos, de envidia, de gazmoña hipocresía y, por último, de odio. En el rostro de Octavio, los granos se hinchan; Octavio, el único vicioso auténtico de esta historia pues saborea las descripciones de la corte egipcia, de sus festines, de sus desenfrenos y de sus impudicias.
Como si las de Roma tuvieran algo que envidiarle, excepto que Roma apesta al garo que se come en las posadas del Trastevere, mientras Alejandría es una joya de pórfido y mármol.
Los celos amargan a Octavio cuando piensa en una «vida inimitable» que no conocerá, en una exaltación que siempre ignorará, y en una reina que nunca tendrá nada que compartir con él.
Desde el momento que ocupó la cama del romano, Cleopatra ya no puede separarse de él. Caza, nada y cabalga con Antonio. Pescan con caña al borde del río, navegan por los canales en barcas doradas, canta para él y le recita poemas.
Amplificado por la virtud romana que se siente ultrajada, el escándalo de sus extravagancias retumba en el mundo; extravagancias que, bien miradas, no son ni tan escandalosas ni tan extravagantes si se las considera como pasatiempos reales en una época en que llevar una corona, excepto en Roma, no era un crimen que se castigara con la muerte.
Las anécdotas más disparatadas corren sobre ellos, que no las desmienten, al tiempo que Octavio favorece su difusión.
Un joven médico invitado a palacio, Filotas de Anfisa, cuenta que, para doce invitados, las cocinas reales preparaban ocho jabalíes, y que siempre hay banquetes a punto esperando el capricho de Antonio, que nunca cena a una hora fija.
Este relato, convenientemente adornado, se propaga, e indigna. Nadie tiene el buen sentido de advertir que tal derroche, que sería desenfrenado en el caso de un particular, resulta del todo insignificante para la reina más rica de su tiempo.
Y sin embargo, Cleopatra, cuyo poder nunca ha sido mayor, se sabe vulnerable desde que renunció a su sueño de unir Oriente y Occidente y se contenta con Egipto y con Antonio.
Pero esa esperanza que ha resuelto descartar, muy a su pesar aparece de nuevo cuando contempla a su hijo.
A medida que crece, Tolomeo César se parece cada vez más a su padre. Algunas noches, mientras duerme, Cleopatra, igual que cuando era pequeño, viene a mirar ese rostro que le recuerda tanto a otro.
A la luz del Faro, la frente alta, el arco de las cejas delineado con un solo trazo, la nariz aguileña que domina sobre una boca imperiosa y noble, poseen la enérgica finura de los de su padre.
Cleopatra contempla cómo duerme su hijo. Él suspira, se despierta, clava en su madre los ojos penetrantes de César y, como siempre ante aquella mirada donde arde el genio, Cleopatra se estremece. Mientras acaricia la tupida cabellera de Tolomeo César, se acuerda de la primera vez que, al tocar con su mano los rizos de Marco Antonio, se rio sorprendida, pues estaba acostumbrada a un cráneo despoblado.
Como si adivinase los pensamientos de su madre, Cesarión pregunta con voz soñolienta si Antonio sustituye a César.
Cleopatra se incorpora de golpe y el niño cree ver un incendio en su mirada.
Bruscamente severa y con voz glacial, le responde:
—Nunca hagas esa pregunta si quieres seguir compareciendo ante mí. ¡Tu padre es un dios a quien todos nosotros debemos adoración! ¡Antonio solo es mi esposo!
—Pero el esposo de una diosa, ¿no se convierte en dios a su vez?
—Conoces a Marco Antonio tan bien como yo. ¿Opinas que ese soldado tiene el temple de un dios?
—Hay muchas clases de dioses —observa Cesarión. Cleopatra roza su mejilla sin responder y se dirige a sus aposentos.
Ante el gigante adormecido, que ronca con la boca abierta y tiene los brazos en cruz, ríe silenciosamente.