Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 53 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo X

 

 

Saciado de placeres que hasta entonces le eran totalmente desconocidos, Antonio, al desembarcar en Alejandría poco después de Cleopatra, considera los deleites de Tarso como un aperitivo y espera la continuación del festín.

Pero la reina está decidida a llevar a bien dos tareas: la administración de Egipto y la preparación de su hijo para el trono. Por mucho que el reconocimiento de Roma le sea indispensable, no dispone de tiempo para convertirse en la única dispensadora de placeres para un hombre de variados e insaciables apetitos, a quien su hercúlea estatura le permite unos asombrosos excesos.

Entonces concibe un medio para procurarle voluptuosidades multiplicadas hasta el infinito; inventa «la Sociedad de la Vida Inimitable», amimetobion.

Igual que se recluta un ejército, reúne a una cuadrilla de amigos dotados con todas las cualidades, tanto del cuerpo como del espíritu, ávidos de placer, prontos a colaborar, capaces de satisfacer los caprichos del ogro romano. Constantemente buscan éxtasis que seducen a los dioses, la lujuria y el desenfreno, el delirio de los sentidos, la desmesura. Rivalizan imaginando nuevas formas de disolución, sin tregua se desafían a la hora de beber o de amar, no temen ningún exceso y dilapidan fortunas.

Como gran maestro de ceremonias de estas fiestas, a veces comunes y salvajes, Cleopatra lleva una sortija con la palabra «embriaguez» grabada, pero eso no basta para olvidar que César era la más pura expresión del genio humano; comparado con él, Antonio es un bárbaro que se excede en todo.

Solo había un César.

Hay dos Marco Antonio: el de algunas noches, noches en que olvida a sus amigos «inimitables» para frecuentar a una gentuza, y el de los días, durante los que asimila los conocimientos del antiguo Egipto con una rapidez asombrosa.

Uno de los dos se acerca a Cleopatra, el otro se aleja tan deprisa que, al punto, ella mide el peligro de los placeres que le ha descubierto, y en los que corre el riesgo de perderlo. Si eso ocurriera, Egipto y su hijo se convertirán en presas fáciles para el perverso Octavio.

—Carmiana, prepárame un baño de leche perfumada —ordena—. Y el peto con el halcón.

Recoge su cabellera sobre su cabeza, una enorme mata de ébano entre dos brazos de marfil, sonríe, le murmura a su reflejo:

—No, no es demasiado tarde.

Ignora si lo ha sacado de los tugurios y de los jergones mugrientos de las rameras del puerto o si lo arranca de las suntuosas villas del lago Mareotis, pero ahora será ella la que se ocupe del triunviro.

Esos músculos broncíneos que rebullen bajo la piel ungida con bálsamos, ese torso de Baco, ese cuello de uro encajado sobre unos hombros macizos, esos brazos y esos muslos de atleta curtido en mil ejercicios, le pertenecen. A cambio, él se sirve del pequeño cuerpo con senos de alabastro que arrebataba a César. Y esa boca de granada abierta también le pertenece, así como los ojos tan generosamente rasgados.

Entonces sucede lo imprevisto. Durante años, Cleopatra creyó que nada le faltaba y que, definitivamente, había entrado en un estado de sosiego. Pero en el momento que, por razones políticas, pensando en los intereses de Egipto y en el futuro de Cesarión, se entrega, su cuerpo, tan blanco que parece cubierto de escarcha, cobra vida entre los poderosos brazos de Antonio, y calor, y exhala un perfume ambarino y florece de nuevo.

Nunca intentará comprenderlo.

Aunque era un amante inolvidable, César ya había cumplido los cincuenta cuando ella tenía veinte años. Él le daba la sal y la miel del amor. Con él, otros vértigos aventajaban al placer en una ascensión hacia lo inefable y lo secreto. Aquel amor encerraba todos los misterios, incluido el divino, hacia el que la carne abría una vía de acceso. Se elevaba hasta alturas inaccesibles. El gozo se convertía en plenitud y provocaba una conmoción de todo el ser.

En los brazos de Antonio, el amor es el aullido de la bestia desnuda, un revolcarse en el fango y el légamo, el descubrimiento de los gritos sombríos y luminosos de la carne incandescente, al rojo vivo, que se basta a sí misma y no reclama ningún otro placer.

Un sollozo ahoga a Cleopatra, y Antonio reprime su violento deseo de estrangular a la reina que grita el nombre de César.