Cleopatra, una reina de leyenda
Capítulo XVII
Tras la visita de Octavio, la vigilancia que sufre la reina se vuelve más rigurosa. Está prohibido que sus amigos la visiten, que sus criados se le acerquen, que sus campesinos le lleven frutas o flores. Nadie tiene derecho a verla, y lo que le regalan para hacerle más llevadero su encierro es inspeccionado por los soldados
Para evitar manifestaciones en Alejandría, Octavio decide embarcarla en secreto. La reina que toda Roma conoció al lado de César triunfante, será exhibida encadenada al carro del hijo de César. Octavio sueña con ese día, el día en que reemplazará a su padre adoptivo en el papel de vencedor, y en el que la egipcia, que tenía su estatua de oro en el templo de Venus Genitrix, pero que ha osado rechazar sus ofrecimientos, se arrastrará bajo los escupitajos. Si sobrevive a su degradación, nadie le impedirá suicidarse.
Entre tanto, sus carceleros, conmovidos por su valor y su sufrimiento, dejan pasar flores y dulces. Y Epafrodito no le oculta que, dentro de tres días, Octavio la embarcará rumbo a Roma con sus hijos y los tesoros acumulados en su tumba.
¡Tres días! Octavio tiene prisa. Y Cleopatra aún más.
—Carmiana, ahora mi hijo está a salvo —afirma—. El futuro le pertenece. Mis otros hijos, pequeños como son, llamarán a la compasión encadenados al carro del vencedor. Y, puesto que yo no estaré, tal vez Octavio les perdone esta afrenta. Son inocentes y no han hecho nada para despertar su odio. Cuando crezcan, incluso podrán ocupar un lugar honorable en Roma, ¿verdad, Carmiana?
La mujer le presta a su reina el único sosiego que puede darle. Más que peinarlos, acaricia sus cabellos, fricciona sus sienes, le da masajes en la nuca flexible y en esos hombros de suaves contornos que Marco Antonio besaba. Cleopatra cierra los ojos y se deja invadir por el solaz que le prodigan las delicadas manos de su criada.
En cuanto se siente más calmada, se acerca al féretro de Antonio y lo cubre con flores mientras dice:
—Amado señor, recibe ahora las últimas honras fúnebres que Cleopatra puede rendirte. Mi querido esposo, si los dioses infernales te han concedido el lugar que mereces, si ya eres un dios, no permitas que me lleven con vida a Roma y que, a través de mí, triunfen sobre ti. Vengo para compartir tu sepulcro, pues si mis desgracias son infinitas, ninguna es más cruel que la de estar separada de ti.
Quema incienso y en voz baja, desesperada, apoyando la frente contra el ataúd, murmura:
—La verdad, amado señor, es que ignoro a quién le dirijo mi oración. En mi juventud, oí hablar del Dios de los judíos, pero ahora ya es muy tarde para optar por un solo dios. Sin embargo, no es posible que no exista. Y, en el momento supremo, es a esta deidad única, que no conozco pero a quien pongo por encima de todos nuestros ídolos, a quien desde el fondo de mi desesperación le imploro que nos vuelva a reunir.
Besa el féretro y vuelve junto a las dos mujeres para ordenarles que le preparen un baño y un festín.
—Dispensadme todos vuestros cuidados, mis fieles criadas. Será la última vez que me hagáis este favor. No llores, Carmiana. ¡Iris, seca tus ojos! Es la última fiesta, el último banquete. A Marco Antonio le hubiese encantado estar presente. Sonreíd, sonreíd y cantad. Es ahora cuando hay que beber y batir la tierra con los pies, ahora cuando hay que preparar el lecho mortuorio donde duermen los dioses.
Llama a Epafrodito y le confía unas tablillas para Octavio.
El liberto no tiene ninguna razón para desconfiar. No es la primera vez que transmite mensajes de la prisionera a su vencedor. Cleopatra está alegre. Le pregunta si las joyas que le mandó a Octavio para su mujer y su hermana fueron bien recibidas; para el hombre, es la prueba de que la reina espera ganarse el favor de las dos mujeres para que su vida en Roma sea más soportable.
En cuanto Epafrodito abandona el mausoleo, un campesino se acerca a los centinelas. Deben franquearle el paso para que la reina pueda saborear su fruto preferido. Tiende su cesto hacia los soldados.
—¡Probadlos! Nunca habéis comido higos tan suculentos.
Los soldados se sirven y cuchichean entre ellos. Ya han dejado entrar flores, por qué no procurarle otro consuelo a la desdichada reina.
Le franquean el paso al campesino.
Al punto, Carmiana se apodera del cesto y lo coloca cerca de Cleopatra.
Iris llora.
Al salir, el campesino se queda quieto delante del mausoleo, no se decide a marcharse.
—¿Qué la pasa a a ese aldeano? —se preguntan los soldados.
Al fin, lentamente, como si cada paso le supusiera un gran esfuerzo, el hombre se aleja. Un instante más tarde, uno de los soldados se da una palmada en los muslos
—¡Ya me acuerdo! Yo he visto a ese campesino, servía a la reina. ¡Se llama Apolodoro!
Su compañero lo agarra por un hombro y lo sacude con fuerza.
—¿Qué estás diciendo? Apolodoro es el hombre que transportó a la reina en una alfombra. Si de verdad es él y lo hemos dejado pasar, prefiero no saber qué había en el cesto.
Cleopatra se engalana con el vestido de oro que se puso el día de la celebración con Marco Antonio de su triunfo sobre Octavio. Dado que le entregó a Tolomeo César la corona y el cetro, anuda en su frente una cadeneta que ha hecho con un ceñidor dorado y un pañuelo de finísimo lino. Luego se tiende en el lecho mortuorio drapeado con tejidos donde la púrpura de Tiro se mezcla con el oro.
Entonces, pide que le traigan el cesto.
Los higos de la capa superior se mueven, tiemblan, chocan unos con otros. Un áspid de ojos de fuego y colmillos acerados se abre paso hasta la superficie. Sin apresurarse, balanceando la cabeza de derecha a izquierda, el reptil airea su lengua rojiza.
Cleopatra no siente ni miedo ni repulsión por el animal de sangre fría.
La serpiente de Egipto es la protectora de la dinastía. Desde el principio de los tiempos, la cobra sagrada hembra es un símbolo en las coronas reales, y el Agatos Daimon es el genio tutelar de Alejandro.
Con él, Cleopatra va a entrar en la eternidad.
Tiende su brazo hacia el cesto.
Un instante más tarde, se estremece, se muerde el labio.
Mientras su vista se nubla y finas gotas de sudor perlan su rostro, Cleopatra se adormece.
En su cuartel general, Octavio lee la misiva de Cleopatra; en ella le pide que la entierren al lado de Antonio.
Arroja las tablillas y no se decide a visitar el mausoleo. Ya sabe que la reina lo ha derrotado.
Ha partido hacia el país donde los monarcas se convierten en dioses.
Ha ido a reunirse con Antonio y, tal vez, con César.
Epafrodito derriba la puerta e irrumpe con algunos soldados.
Iris yace a los pies del lecho dorado donde Cleopatra reposa sin vida.
Carmiana, titubeante, ajusta mejor la diadema en los cabellos perfumados de su reina.
Los soldados la interrogan, pero ella no los oye. Ya está en camino para reunirse con la Reina de Reyes, cada vez se aleja más hasta que, lentamente, cae junto al lecho.