Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 75 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo XIV

 

El cinismo de Octavio implica que el fin está cerca.

Cleopatra convoca a su hijo y le explica lo que ha decidido. La flota de guerra que transportó hasta el mar Rojo ha sido aniquilada. Solo quedan los barcos mercantes utilizados por los caravaneros, que desembarcan sus cargamentos en el puerto de Berenice después de haber cruzado el desierto de Arabia y el mar. No hay bastantes barcos para transportarlos a todos a la conquista de la India, pero son más que suficientes para salvar al joven rey de Egipto y a su séquito.

Sin disponer de una flota ni de soldados, sin su madre y sin Antonio, Tolomeo César ya no debe aspirar a conquistar un imperio, pero con el tesoro que le entregará Cleopatra podrá formar una coalición oriental con los príncipes de las antiguas satrapías, tomar el mando y volver para liberar a Egipto.

Por esta razón, el joven rey va a huir ante la llegada de Octavio, que solo está a dos días de Alejandría; luego remontará el Nilo hasta Asuán y, desde allí, se dirigirá al puerto de Berenice para embarcarse.

Cleopatra le entrega su cetro, su diadema, una gran parte de su tesoro y una numerosa escolta mandada por Rodón, su preceptor.

La reina habla sin recuperar el aliento, con voz clara. Da una serie de precisiones prácticas, pero no le permite a su hijo, que la mira con los ojos de César y que no quiere salvarse solo, ni una protesta. Su razonamiento es tan sólido que pronto lo convence de que, al igual que ella, no tiene otra elección.

Mientras escucha a su madre, cuya voz se niega a quebrarse, Cesarión recuerda una imagen que creía olvidada. Fue después de la muerte de su padre. El rostro y los brazos de la reina le habían parecido tan hermosos y fríos como los de las estatuas fundidas en oro. Ahora, en el momento en que le entrega los símbolos del poder real, tiene ese mismo rostro que se esfuerza en permanecer impasible y que no se permite las lágrimas.

Para mostrarse digno de ella, no objeta nada, obedece sus órdenes y le dice adiós. Con el corazón partido, Cleopatra ve alejarse al único hijo de César. Él, de pronto, da media vuelta y corre para arrojarse en los brazos de la reina, su admirable madre a la que no volverá a ver.

Octavio soborna a la guarnición de Pelusio, cruza el Delta sin combatir y llega hasta las puertas de Alejandría. Mientras él emplaza su campamento frente a las murallas, Cleopatra ordena que lleven su féretro hasta el mausoleo que le está destinado.

Octavio reitera sus ofrecimientos a Cleopatra, y lo hace con tal insistencia que Antonio, igual que en Actium, termina deteniendo a un liberto, el infeliz Tirso, a quien apalea. Luego reta a su enemigo a batirse en duelo. Eso también lo hizo en Actium, sin lograr convencer a Octavio.

Esta vez, Octavio le responde que, si piensa un poco, encontrará varias maneras de poner fin a su vida.

Entonces Antonio, al mando de los despojos de su caballería, hace una salida. Combate con tal furor que todos ceden ante él. Aun herido, prosigue la lucha y carga contra el enemigo. Octavio, que en esta escaramuza pierde hombres inútilmente, ordena el regreso de sus jinetes.

Herido pero triunfante, Antonio corre hasta palacio y, tal y como está, cubierto de sangre, sudor y polvo, oliendo a cuero y a caballo, toma a Cleopatra en sus brazos. Hacía mucho tiempo que no se abrazaban. La fuerza de Antonio sigue intacta y el encanto de Cleopatra no se ha alterado.

Quieren olvidarse de que están asediados, como ella lo estuvo con César, pero no se olvidan de que van a morir. Sin embargo, ahora que vuelven a encontrarse, desfallecen de felicidad, y Antonio no logra resistirse a la esperanza.

Hace un rato combatió por ella, y mañana lo hará de nuevo. No puede vencer, pero al menos podría arrancarle al enemigo una rendición honrosa. Él atacará con su caballería y, al mismo tiempo, Cleopatra intentará forzar el bloqueo con las naves que le quedan…

Ella rechaza el espejismo.

—Aleja a tu hijo —le responde—. Que se reúna con Cesarión y se embarque con él.

Hasta ese momento, temiendo la rivalidad entre el hijo de César y el de Antonio, no le había parecido buena idea. Pero ahora que sabe que Alejandría está perdida, intenta salvar a Antilo. El joven escapará durante la salida que harán al día siguiente. En cuanto a sus tres hijos más pequeños, su corta edad los protegerá. Ni siquiera Octavio sería capaz de hacerles daño.

Después de tomar esta decisión, Cleopatra y Antonio se duermen abrazados.

Una extraña música los despierta. En la calle, escribe Plutarco, mientras «la ciudad yace adormecida bajo las estrellas, se escuchan flautas, címbalos, voces que entonan un aire alegre. Se distingue el rítmico golpeteo de los pasos de baile, luego, a intervalos, los clamores y los gritos de una multitud que se mezclan con la música desenfrenada de una canción báquica. El ruidoso cortejo atraviesa la ciudad por el centro, en línea recta, avanzando hacia la puerta de Canopos. Allí, el feliz tumulto llega al paroxismo. Bruscamente, los sonidos se apagan y se hace el silencio. Todos los que han escuchado esta música desenfrenada están convencidos de haber oído pasar a Dionisos en el momento en que, abandonando el campo de Antonio, su encarnación vencida, se unía, con su fantasmal escolta, al ejército victorioso de Octavio».