Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 74 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo XIII

 

Cien barcos desplazados sobre enormes maderos embadurnados de aceite y jalados por miles de hombres, llegan al mar Rojo sin tropiezos; mientras, en Alejandría, Cleopatra celebra el cumpleaños de Antonio. Tiene cincuenta y tres años.

Las naves ya están fondeadas en el mar donde el Eterno anegó al ejército de Egipto ante los ojos de Moisés y de su pueblo, que acababan de cruzarlo a pie. Cleopatra se enfrenta a la supervivencia o a la muerte con la misma calma. Pone en juego todos sus recursos para evitar el suicidio, pero lo prepara con esmero por si es su destino.

La sociedad de los amigos de la Vida Inimitable ya no existe; la reina crea una nueva, la de los compañeros decididos a morir juntos, llamada Synapothanumémon. Y hace acopio de unos venenos fulminantes que evitan sufrimientos, muecas y contorsiones a los que los absorben.

Si su plan fracasa, será su último recurso.

Es demasiado lúcida para ignorar que Egipto se le escapa, y que si pierde la corona, su hijo no reinará sobre la Muy Verde después de ella. Su país, tan codiciado por Roma desde hace tanto tiempo, dentro de algunos días caerá entre las garras de Octavio, que lo convertirá en una provincia romana para saquearlo a fondo. Será el final de la civilización mediterránea más antigua y más brillante, aunque la propaganda de Octavio la describe como desenfrenada y corrupta.

La reina de Egipto se niega a presenciar tamaña desolación y quiere ver reinar a su hijo.

Alejandro murió en Babilonia, lejos de su patria. Lagos, el macedonio, vino a Egipto para fundar una dinastía. Hay que seguir su ejemplo y partir para continuar.

Tolomeo César será rey en la India.

Cleopatra organiza en secreto los preparativos para la salida. Cuando está reuniendo sus tesoros para encaminarlos hacia el mar Rojo, le anuncian que los árabes de Petra, sobornados por Octavio, han incendiado su flota.

Su última esperanza se derrumba.

En Alejandría aún le quedan algunos barcos, pero ya no tiene tiempo para transportarlos a través del desierto. Desea morir, puesto que ha escogido a unos amigos para que la acompañen en este viaje y eficaces venenos para llevarlo a cabo. Si retrasa el momento, es para asegurar, hasta donde sea posible, el futuro de sus hijos. Pero su vida ha terminado.

Ordena llevar a su tumba los tesoros que reunía para conquistar la India, y le escribe a Octavio para proponerle la cesión de su trono a Tolomeo César.

Al mismo tiempo, Antonio ofrece entregarse para salvarla.

Pero Octavio es un monstruo frío, calculador, y su ferocidad es despiadada. Devorado por el odio, no se contenta con la renuncia de una madre en favor de su hijo, ni con la abnegación de un amante por la mujer que ama.

Al tiempo que le reitera sus ofrecimientos de amistad, le reclama a Cleopatra la cabeza de Antonio.

Ella se estremece de asco.

Esa serpiente inicua, pérfida en el crimen, sin pudor, fe ni honor, uno de los disolutos más viciosos de la República, ¿cómo se atreve a poner sus ojos en ella y pedirle que sacrifique al hombre con el que escribe la Historia desde hace tantos años?