Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 42 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo XX

 

No ha tenido tiempo de sufrir.

La noche cae, patética, turbadora. El viento ciñe las velas. Las jarcias silban, las planchas del barco crujen largamente.

El niño ha logrado conciliar el sueño cuando su madre le ha asegurado que si su padre no estaba con ellos, era porque no podía. César hubiese querido estar siempre con ellos, no abandonarlos nunca. Pero sus enemigos ya no le permitirán volver a reunirse con su esposa egipcia y con su hijo. El odio ha dicho la última palabra. Por eso parten solos. Sin él. Están haciendo lo que él hubiese querido.

La reina pronunció las palabras con los ojos muy abiertos —y parecía que estuviesen cerrados. Las dijo con sus labios carnosos maravillosamente dibujados—, y parecían tan planos y lívidos como los de Augusto.

El niño adivinó que su madre sabía secretos que él no podía desentrañar. Hizo un último intento, exclamando que era el hijo de César y que debía saber. Ignoraba completamente de dónde le habían surgido aquellas palabras, no eran suyas, él no era capaz de pronunciar frases tan complicadas.

Su madre le respondió que, llegado el momento, el hijo de César sabría la verdad. La fatiga lo venció.

Ahora, sola en el puente, en aquella noche de duelo, Cleopatra cree sentir el aliento de César a su espalda, su respiración en sus cabellos, sus manos sobre su cuerpo.

No sufre.

El golpe es aún demasiado reciente.

El dolor no ha tenido tiempo de abrirse paso hasta el corazón. Aún está lejos y modela un vacío, un hueco que tal vez se llenará o tal vez permanecerá abierto, igual que un cuerpo preparado por los sacerdotes para la momificación, expedito, sin vísceras, lavado, sumergido en natrón, ácidos, sales, sustancias aromáticas, un cuerpo excavado, resecado, petrificado en setenta días.

Su mirada está fija en el negro horizonte, y el viento se cuela en su vestido. Su cuerpo está helado, como el de César traspasado por las puñaladas, exangüe, abandonado en el Senado, un cadáver que sume a Roma en el estupor y el espanto.

El mar se agita y el oleaje brama bajo el casco, las velas silban al viento que aumenta de fuerza. Roma se borra. Egipto está delante.

Un Egipto sin César.

El dolor permanece al acecho, como un animal que se prepara para saltar. Tal vez ya está domado, o ha pasado de largo.

Satisfecha de preservar su dignidad sin demasiado esfuerzo, Cleopatra aprovecha el momento de tregua que le brinda la desgracia para reflexionar sobre la mejor manera de guiar al niño hasta el trono. Ya lo está viendo, el día que cumpla dieciséis años, durante su coronación en Menfis, cuando compartirá el poder con él. Hasta entonces, tendrá que desbrozar el camino y sortear las trampas que encontrarán, tal y como lo hubiese hecho su padre.

Sus enemigos más peligrosos no son los asesinos de César. La sangre del Imperator caerá sobre ellos y los ahogará. Terminarán sus días espantados, acosados por el fantasma del gigante sobre el que levantaron sus manos, y sucumbirán uno tras otro.

El peligro viene de Octavio, el jovenzuelo lleno de granos, de mirada fija, un ambicioso encarnizado que se esconde, da rodeos, disimula; un pérfido que, de momento, engaña a los senadores, intenta congraciarse con ellos, los encanta con sus modales y su aire delicado. No será él quien los presione, como hace Antonio con su rudo lenguaje, con su verbo alto y claro.

Octavio, cuya ridícula estampa viene flotando al encuentro de Cleopatra, es para su hijo un enemigo tanto más irreductible que tuvo buen cuidado de no mezclarse en el asesinato de aquel a quien llama padre.

Un cometa hiere el cielo con su estela blanca e ilumina las tinieblas; tan viva y brillante es su luz que difumina el resplandor de las estrellas.

Es tal la violencia que la arrebata hacia el cielo, que Cleopatra no duda entonces que allí reside César, y le transmite su fuerza y su lucidez. Aquel a quien ama se ha convertido en un dios, su alma palpita en el corneta.

Cleopatra pasa la noche en el puente, bañada por esa claridad.

Al día siguiente le anuncia al comandante que cambian de rumbo para dirigirse hacia Chipre. La isla, arruinada por Catón y aún ocupada por las legiones, le dedica a la hija de Auletes un recibimiento triunfal.

Sin derramar ni una gota de sangre, Cleopatra expulsa a la guarnición romana y toma posesión de la isla en su nombre y en el del pequeño César.

El Decimocuarto, el segundo hermano, y esposo, que desde hace dos años la escolta, asiste sin protestar a las ceremonias de traspaso de poderes. El tratado no lo menciona. Es a Cleopatra, y solo a ella, a quien los romanos le ceden Chipre de nuevo. El rey títere busca qué podría reprocharle a la que, incluso, consiguió el perdón para Arsínoe, enviada a un templo de Éfeso después del triunfo, mientras estrangulaban a Vercingetórix.

Lá reina lo trata bien, mas para ella no existe. Cleopatra ha aprendido de sobra a desconfiar de los miembros de su familia, y él, el último hijo de Auletes, salvo los dos años en Roma, siempre vivió bajo la sombra de Arsínoe y del Decimotercero.

¡Si Cleopatra supiera cómo disfrutó durante la guerra de Alejandría! Sin su intervención, los barcos que estaban en carena no hubiesen ardido; el viento rolaba y él arrojó pez inflamada.

Arsínoe tampoco se preocupó de él; para ella solo existía el Decimotercero. Por eso, en Roma, el Decimocuarto no se molestó en pedir el perdón para su hermana.

Cuando la flota real se aleja de Chipre, el cometa de César empieza a difuminarse en el cielo nocturno.