Cleopatra, una reina de leyenda

Jacqueline Dauxois · Capítulo 51 de 80

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Cleopatra, una reina de leyenda

Capítulo VIII

 

El triunviro sube a bordo rodeado por su estado mayor. Antonio aparece rutilante en su coraza de plata decorada con motivos mitológicos que representan a dos quimeras flanqueando a un águila, símbolo de su poder como comandante supremo. Sobre su casco de gala flamea un penacho de plumas multicolores que lo hacen parecer aún más alto. Sus poderosas pantorrillas están cubiertas con grebas de plata. Siguiendo el ritmo de su viril zancada, sus macizas rodillas emergen de la corta túnica formada con bandas de cuero labrado.

La reina le hace los honores del barco.

Para él derrocha toda la gracia de que es capaz, de suerte que, antes de entrar en la sala de banquetes, Antonio ya está hechizado. El encanto de Cleopatra, la dulzura de su voz, el interés de su conversación, la finura de sus gestos, el perfume que emana de su piel, de sus afeites, de su cabellera trenzada, lo embriagan. Los recuerdos, lejanos o recientes que tiene de ella, lo aturden.

Se deja conducir hasta la gran sala donde ya todo está dispuesto.

El decorado es digno de un palacio. Las paredes están cubiertas con pinturas tradicionales, palmas, lotos, pájaros de los marjales de vivos colores. Las escenas de caza y pesca parecen animadas bajo la mágica iluminación de millares de antorchas dispuestas en círculos, o en forma de estrellas, de soles, desprendiendo sus llamas deliciosos aromas y una luz casi tan viva y mucho más tamizada que la del mismo sol. Un bosque de columnas crea la ilusión de un espacio casi sin límites. Centenares de guirnaldas de flores cubren el techo con un drapeado que se agita imperceptiblemente al ritmo del barco.

Las mesas bajas, rodeadas de divanes que Cleopatra ocupa con sus huéspedes, están revestidas con telas preciosas y tapices de seda.

Transportado a un mundo del que los festines de Auletes no le habían descubierto todos sus refinamientos, Antonio se abandona a los placeres de la mesa a los que es tan aficionado.

Al observar su extrañeza ante los manjares que desfilan sobre las mesas, lenguas de fenicópteros, hígados de escaros, sesos de pavos reales y jabalíes llenos de pájaros vivos, Cleopatra se divierte contándole que los faraones de las antiguas dinastías practicaban el arte de cebar a las hienas. Y, entre risas, añade que tal vez lo hacían para ahorrarle un trato cruel a los gansos sagrados del dios Amón.

Maravillado por la vajilla de oro y piedras preciosas donde cada pieza es una obra de arte, Antonio abusa del vino de Creta, de Másico y de Falerno, que espumean en cráteras doradas.

Al fondo de la sala, unos músicos que tocan el sistro, el tímpano, la sambuca y el arpa de veinte cuerdas, acompañan las conversaciones sin perturbarlas.

Al final de la velada, cuando Antonio le da las gracias a la reina y ya se dispone a abandonar el barco, ella le regala todo lo que se ha empleado, esclavos, vajilla y tapices.

Él no lo duda. Sonriendo y sin el menor embarazo, arrambla con aquellos tesoros.

Al día siguiente, Cleopatra repite la invitación.

Después del segundo festín, que supera al primero, le regala no solo la vajilla dorada, sino también caballos y literas con sus porteadores, y los jóvenes esclavos que corren delante portando antorchas.

Al igual que la víspera, arrasa con todo.

Desde ese momento, ya nadie piensa en pedirle cuentas a Cleopatra, pero sus tesoros, que aún no ha terminado de exhibir, no acaban de convencer a Marco Antonio para ofrecerle una alianza sin reservas, alianza indispensable para que Cesarión ocupe el trono.

Deslumbrado, el triunviro se pregunta si la reina no estará embaucándolo. Como el engaño es de oro, se tranquiliza, pero al instante se interroga de nuevo. Dado el tiempo que Roma lleva saqueando Egipto, ¿qué maravillas pueden aún quedar?

Consciente de las dudas de Antonio, Cleopatra, a quien el tiempo se le hace eterno y desea retornar a Alejandría, aumenta su envite de golpe.

Cruza una apuesta sobre quién disipará la fortuna más importante en una cena. Todos se divierten. Incluso se designa un árbitro. Su nombre es Planco, según cuenta la escena Plinio el Viejo en su Historia natural.