El buen padre
Parte 1
I
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1
La calle principal de la urbanización de chalés se iluminó con el azul de las sirenas. Uno de los Zetas frenó en la rampa del garaje y el otro derrapó en el jardín de entrada, llevándose por delante un rosal y una pequeña palmera.
Los cuatro agentes —tres hombres y una mujer— salieron de los coches y fueron a aporrear la puerta.
—¡Policía! ¡Abran!
Ante la ausencia de respuesta, el más veterano dio un par de pasos atrás.
—Apartaos.
—¿No deberíamos pedir una orden? —titubeó su compañero.
—No hay tiempo para eso —respondió la agente con determinación.
Después de varias patadas, la cerradura cedió y la puerta quedó abierta de par en par, con el pomo incrustado en la pared de escayola. La luz intermitente que llegaba del exterior inundó el vestíbulo.
—¡Policía! ¡¿Hay alguien en casa?!
Desenfundaron sus pistolas y entraron alumbrando con sus linternas.
Nada más llegar al salón, se quedaron paralizados al descubrir una mancha de sangre en el techo. La observaron en silencio durante unos interminables segundos, presintiendo que sería una noche difícil.
—Es arriba —dijo uno de ellos, como si sus compañeros necesitasen esa información para atar cabos.
—Habría que avisar al Grupo Especial de Operaciones…
—La víctima todavía podría seguir viva —dijo el que había abierto la puerta negando con la cabeza.
Subieron por la escalera intentando recordar cuál era el protocolo en ese tipo de situaciones. Pero cuando de la teoría se pasa a la acción real, uno se olvida de todo.
Al entrar en el dormitorio, encontraron la explicación a los gritos pidiendo auxilio que había denunciado una vecina; en el suelo, boca abajo, en medio de un charco de sangre, yacía el cuerpo sin vida de Andrea Montero. Aunque todavía no había empezado a descomponerse y apenas
desprendía un ligero olor metálico, bastó para que al agente más joven se le revolvieran las tripas.
—Informaré a la central —atinó a decir antes de salir a buscar un lugar donde echar la cena sin contaminar la escena del crimen.
La agente, con algo más de aguante que su compañero, le dio la vuelta al cadáver y descubrió una imagen que tardaría tiempo en borrar de su memoria: la cara era un coágulo de sangre y no se distinguían las facciones; bien podría ser una chica de veinte años o una mujer de cincuenta. Por una foto que había sobre la cómoda, dedujo que tendría unos cuarenta. Le tomó el pulso sin ninguna esperanza de encontrárselo y vio que, aparte de las al menos cinco cuchilladas en diferentes partes del cuerpo, tenía marcas defensivas en manos y brazos, y un corte en el cuello que le había seccionado la yugular y que sin duda fue lo que le causó la muerte.
—Hijos de puta —dijo apretando los dientes con rabia.
—¡Aquí! —gritó el joven agente que había salido unos segundos antes
—. ¡No se mueva! ¡Las manos en la cabeza!
Sus compañeros corrieron hacia el lugar del que procedían los gritos.
En medio de la habitación contigua había un hombre de mediana edad arrodillado, la típica persona que pasaría desapercibida en cualquier lugar, con rasgos demasiado comunes y cara de buena gente, alguien a quien los vecinos seguramente describirían como muy educado y agradable, incapaz de matar una mosca. Pero la primera impresión que los policías se llevaron de él decía todo lo contrario: tenía la ropa, la cara y las manos manchadas de sangre. Parecía en estado de shock, como si no comprendiera qué sucedía ni por qué habían tomado su casa. A su lado, en el suelo, había un cuchillo de trinchar ensangrentado. Uno de los agentes lo apartó de una patada al entrar en la habitación.
—¿Qué está pasando? —preguntó paseando la mirada por aquellos policías que le apuntaban con sus armas.
—¡Las manos en la cabeza, no se lo volveré a repetir!
El hombre consideró que era mejor obedecer y, en cuanto sus dedos se entrelazaron por detrás de la nuca, los agentes le cayeron encima y lo esposaron.
Al día siguiente, los informativos dirían que Andrea Montero había sido la trigésimo séptima mujer asesinada a manos de su pareja en lo que iba de año.
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