El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 74 de 89

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El buen padre

Capítulo 74

74

—¿Siempre supiste que yo era tu hija?

Ramón Fonseca calla, con el cargo de conciencia dibujado en la mirada.

—Respóndeme, por favor.

El anciano asiente, lo que supone una enorme decepción para Verónica: si él no hubiera sabido que ella existía, ambos habrían sido víctimas de las mentiras de su madre y podrían empezar una relación desde cero, aunque estuviera condenada a extinguirse al cabo de unas horas o incluso de unos minutos.

—¿Por qué nunca me buscaste para decírmelo?

De haber estado en condiciones, el viejo le habría contado que esa era su intención, que incluso estuvo dispuesto a abandonar a su mujer y a su hijo para formar una familia con su madre y con ella, pero que fue Camelia quien lo rechazó. Cuando ya estaba enamorado hasta las trancas y Verónica ya había nacido, descubrió que no era el único, que Camelia quería a otro hombre que, como él, también estaba casado. Lo descubrió un día que fue a buscarla a Ardales para suplicarle en persona —por teléfono ya lo había hecho infinidad de veces, en vano—, que le diera otra oportunidad, aunque solo fuera por la hija que tenían en común. Aparcó el coche en la entrada del pueblo y, al llegar a la plaza de San Isidro, los vio comiéndose a besos entre las sombras, junto al cochecito donde la niña dormía.

Era la primera vez en su vida que Ramón sentía esa ira incontenible recorriéndole las venas, la misma por la que, más de dos décadas después, decidió secuestrar a las tres personas que consideraba culpables de la injusta situación de su hijo y se entregó a la policía asegurando estar dispuesto a dejarlas morir si no se cumplían sus exigencias. Lo que quiso hacer en aquel entonces fue más visceral, algo ni mucho menos tan elaborado como lo de ahora.

—Hijo de la gran puta… —masculló cuando, después de más de tres horas agazapado en una esquina, vio al hombre salir de casa de Camelia.

Lo siguió por las calles del pueblo, desiertas un martes de febrero a las doce de la noche. El hombre caminaba distraído y se paró a orinar en un árbol, a unos metros del coche de Ramón. Este abrió la puerta intentando no descubrirse y cogió una barra de hierro que guardaba detrás del asiento del conductor. Ramón Fonseca se colocó a su espalda y, cuando ya apretaba la barra en su mano y la levantó dispuesto a descargar el golpe, tuvo un momento de lucidez y logró contenerse. El hombre se subió la cremallera de los pantalones y continuó su camino, sin saber lo poco que había faltado para que su vida terminase aquella fría noche de invierno.

—Tu madre… no quiso —responde Ramón al fin.

—¡Me importa una mierda lo que quisiera mi madre! —Verónica se revuelve indignada—. ¡Yo tenía derecho a saberlo, joder!

—Lo siento.

La chica trata de tranquilizarse, consciente de que no tiene ningún sentido enfadarse con un viejo que está en las últimas y que ya nada puede hacer para cambiar el pasado.

—¿Tu hijo Gonzalo sabe que existo?

Ramón Fonseca niega con la cabeza.

—¿Lo hizo? ¿Fue él quien mató a su mujer?

—No —responde el anciano con toda la seguridad que le permite su estado.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Es inocente… hasta la policía lo sabe ya.

—Entonces ¿qué sentido tiene que Noelia Sampedro siga secuestrada?

Debes decirles dónde está para que puedan rescatarla.

Ramón Fonseca duda, resistiéndose a ceder.

—Vamos —insiste Verónica—. Haz algo bien por una vez. ¿Quieres que te recuerde pensando que dejaste morir a una chica inocente?

Ramón Fonseca la mira, a punto de rendirse, pero cuando va a hablar, sufre una convulsión que le arquea todo el cuerpo, como si alguien estuviera tirando de una cuerda imaginaria que le sale del pecho. Los parámetros del monitor enloquecen y el indicador de sus constantes vitales pasa a emitir un sonido más grave, de alarma.

—¿Qué te pasa? —pregunta Verónica asustada.

El anciano intenta decir algo, pero su voz apenas resulta audible.

El subinspector Moreno ya ha subido de la cafetería y aguarda fuera, recorriendo impaciente el pasillo, cuando ve pasar a toda prisa a un médico y varias enfermeras. Al darse cuenta de que entran en la habitación de Ramón Fonseca, corre tras ellos. El anciano convulsiona sobre la cama mientras el doctor y las enfermeras luchan por controlar el ataque.

—¡Preparad oxígeno y una inyección de adrenalina! —ordena el médico mientras le da un masaje cardíaco—. ¡Y llevaos a esta chica de aquí, joder!

Una de las enfermeras dispone lo que ha pedido el doctor y la otra conduce hacia la puerta a Verónica, que lleva una revista médica en la mano.

—Tiene que salir.

—¿Qué ha pasado? —le pregunta Moreno a Verónica, asustado.

—No lo sé… —responde ella impresionada, con los ojos humedecidos

—. Parecía que estaba bien y de pronto…

—¿Te ha dicho dónde está Noelia Sampedro?

Verónica no puede apartar la mirada del interior de la habitación, donde el médico y las enfermeras intentan traer de vuelta a Ramón Fonseca.

Pero por su cara de preocupación, la urgencia de sus movimientos y los ruidos que emite el monitor, no parece que vayan a conseguirlo.

—Respóndeme, Verónica —insiste el policía—. Necesito saber ahora mismo si te ha dicho dónde tiene a Noelia.

—No… —Verónica intenta centrarse—. Cuando me lo iba a decir ha pasado esto. Solo le ha dado tiempo a señalar esta revista.

Moreno coge la revista, en cuya portada se puede leer: «Tuberculosis».

—¿Qué cojones significa? —pregunta el subinspector, extrañado.

—No tengo ni idea. Solo ha señalado la revista, y después…

En la habitación, tras cinco minutos tratando de estabilizar a Ramón Fonseca, las líneas del monitor multiparamétrico dejan de mostrar ondulaciones y el pitido pasa a ser continuo. El médico se da por vencido y certifica su muerte a las dos menos cuarto de la tarde del día en que seguramente también muera la joven estudiante y prostituta Noelia Sampedro.

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