El buen padre
Capítulo 87
87
Después de acompañar a su hermana Verónica a Málaga para llevar las cenizas del padre de ambos al mismo cementerio donde unos meses atrás Ramón Fonseca depositó las de su esposa, Gonzalo regresa a Madrid dispuesto a cumplir su parte del trato con Walter Vargas. Al principio se devanó los sesos buscando una excusa para evitar hacerlo, pero ahora, cuanto más piensa en ello, más le excita imaginar cómo será el momento: cuando uno mata una vez, desea con toda su alma volver a repetirlo. El poder que se siente al disponer de una vida no tiene comparación. Entra en una tienda de telefonía y, después de completar los trámites para dar de alta una nueva línea, marca el número que le pasaron en su último día en la cárcel. Cuando contesta una anciana, piensa que se ha equivocado, pero nada más decirle de parte de quién llama, la señora le da una dirección en el barrio de Lavapiés. Una hora más tarde entra en un portal donde un grupo de hombres están lanzando unos dados contra la pared e intercambiando billetes de diez y de veinte euros. A su lado, una señora compra envases de jamón de bellota recién robados en un supermercado cercano, y un poquito más allá una prostituta africana le ofrece sus servicios a un viejo que no tiene pinta de poder aprovecharlos.
—Por cinco euros más te doy una Viagra, mi amor.
A pesar de que se oyen ruidos procedentes del interior, Gonzalo tiene que llamar varias veces al timbre hasta que un colombiano exactamente igual a los que había en prisión abre la puerta.
—¿Qué quieres?
—Vengo a recoger algo de parte de Walter Vargas.
El colombiano lo mira de arriba abajo y le dice que espere en el descansillo. A los cinco minutos, le entrega una caja de zapatos y le cierra la puerta en las narices. Dentro hay una Glock 17 semiautomática con el número de serie borrado y varios cargadores. Se guarda la pistola en la cintura, los cargadores en los bolsillos y deja la caja de zapatos frente a la puerta.
Durante los siguientes tres días sigue a su objetivo casi las veinticuatro horas. Continúa protegido por varios guardaespaldas, pero después de un
mes sin contratiempos, desde que su mujer apareciera dentro de una maleta en el Estanque Grande del Buen Retiro y él delatara a Walter Vargas, la vigilancia se ha relajado ligeramente. Dos de esos tres días almuerza con su secretaria y, mientras pasan la sobremesa en el apartamento que ella tiene cerca de la oficina, los guardaespaldas van a recoger a los niños al colegio y los llevan a casa.
El cuarto día, Gonzalo aprovecha que un vecino ha pedido una pizza para colarse en el portal y subir hasta el ático sin que el portero le vea.
Después de una hora esperando escondido en un recodo del descansillo, cuando empieza a pensar que ese es uno de los pocos días en que Miguel Ángel Ricardos y su amante no irán a echarse la siesta, el ascensor se detiene en el último piso. Gonzalo Fonseca se pone un pasamontañas y aborda a la pareja justo cuando la secretaria ha abierto la puerta.
—Como oiga un solo grito, les reviento la cabeza —les dice apuntándoles con la pistola y entrando en el apartamento detrás de ellos.
A pesar de la advertencia, la secretaria grita y Gonzalo le da un culatazo con la pistola que la deja sin sentido, desmadejada en el suelo.
—Llévese todo lo que quiera —dice Ricardos, asustado—. No opondré resistencia.
—Eso espero. ¿Tiene cuerdas?
—No… no lo sé… yo no vivo aquí…
Sin dejar de apuntarle, Gonzalo abre varios cajones de la cocina y encuentra un rollo de cinta de embalar. Lo coge y se lo tira.
—Átela a una silla. Bien fuerte, por favor.
Ricardos obedece y, a los pocos minutos, la secretaria queda bien atada y amordazada. Al recobrar el conocimiento, su mirada aterrorizada hace que Gonzalo tenga que tranquilizarla para evitar que le dé un infarto. Le promete que no le hará nada y obliga al empresario a encerrarla en la habitación. Cuando regresa, le hace sentarse en el sofá y se quita el pasamontañas.
—Usted es… Gonzalo Fonseca —dice Ricardos aturdido, reconociéndolo después de verle durante el último mes en casi todos los telediarios.
—Si sabe quién soy, también sabrá que he pasado trece meses en la cárcel acusado del asesinato de mi mujer, ¿verdad?
—Sí, pero… ¿qué tengo que ver yo con eso? —El hombre es incapaz de comprender qué está pasando.
—Verá, señor Ricardos. Resulta que en la cárcel necesité pedirle ayuda a un amigo suyo, y esas cosas hay que pagarlas.
—¿De qué amigo habla? —pregunta el empresario temeroso.
—Del señor Walter Vargas.
A Miguel Ángel Ricardos le cambia automáticamente la cara y ofrece lo único que cree que puede salvarle la vida.
—Le pagaré. Le haré un ingreso en el país que quiera por el dinero que sea. ¿Qué le parece medio millón de euros?
—Es usted muy generoso, pero un trato es un trato.
Gonzalo Fonseca levanta el arma mientras Ricardos suplica por su vida. Antes de incrustarse en su cerebro, la bala le atraviesa la palma de la mano, haciéndole un agujero perfecto. Por un momento, el asesino piensa en hacerle una corbata colombiana —sacarle la lengua a través de un corte en el cuello— como homenaje a Walter Vargas, pero lo descarta al pensar en lo engorroso del trabajo. Lo último que necesita es mancharse de sangre y que alguien lo reconozca por la calle.
Mientras buscaba un lugar donde vivir, a Gonzalo le pareció divertido alojarse en el mismo hotel en el que abofeteó a su mujer justo antes de matarlos a ella y a su amante. Todavía no le ha dado tiempo ni de quitarse la chaqueta cuando alguien llama a la puerta. Va a abrir distraído, creyendo que se trata de los del servicio de habitaciones, pero se sorprende al ver en el pasillo a la inspectora Ramos y a los subinspectores Iván Moreno y María Ortega.
—Inspectora Ramos… ¿En qué puedo ayudarla?
—¿Podemos pasar, señor Fonseca?
Gonzalo duda, pero decide franquearles el paso con una sonrisa.
—Faltaría más. Todavía no me ha dado tiempo de agradecerle lo que…
—Sabemos que lo hizo usted —lo interrumpe la inspectora.
—Hacer ¿qué?
—Matar a su mujer.
Gonzalo Fonseca siente que se le eriza el vello de todo el cuerpo, mientras intenta adivinar cómo han podido descubrirlo. Luego sonríe, esforzándose por mantener la calma.
—Supongo que es una broma.
—¿Le parece que tenemos cara de cachondeo? —pregunta Moreno.
No, no se lo parece.
—¿Se puede saber cómo han llegado a esa conclusión tan absurda?
—Hasta hoy mismo pensábamos que Antonio Figueroa había muerto seis días después que su esposa, cuando usted ya estaba detenido. Pero resulta que su accidente se produjo solo un par de horas antes del asesinato de Andrea.
—No entiendo adónde quiere ir a parar, inspectora.
—Eran amantes, ¿verdad? Usted los descubrió en este mismo hotel y por eso la abofeteó. Noelia Sampedro fue testigo de ello. Después siguió a Antonio Figueroa, provocó su accidente, regresó a Madrid y acuchilló a su mujer.
Gonzalo Fonseca la mira en silencio. Si no fuera porque su futuro está en juego, la felicitaría por ser tan perspicaz. Sin embargo, niega con la cabeza.
—Reconozco que, como teoría, es muy buena. Pero lamento decirle que es falsa. Según un informe redactado por su propio equipo y que me ha hecho llegar mi abogado, a Andrea la mandó matar su jefe porque pretendía hacer público un hallazgo arqueológico que podría haber dado al traste con la obra del campo de golf.
—Tenemos pruebas —dice Moreno.
Gonzalo mira al subinspector tan sorprendido como la inspectora Ramos y la subinspectora Ortega. Ellas saben mejor que nadie que se está tirando un farol.
—¿Qué pruebas? —pregunta Fonseca, contenido.
—La grabación de la cámara de seguridad de un hotel que hay en la carretera de El Escorial. Ahora mismo están analizando las imágenes en comisaría, pero ya nos han adelantado que el día del accidente se ve pasar la moto de Antonio Figueroa y su coche unos segundos después.
Si Gonzalo Fonseca hubiese logrado mantener la cabeza fría, se habría dado cuenta de que ningún hotel guardaría las grabaciones de una noche cualquiera de hace más de un año, pero lo cierto es que han descrito con exactitud lo que pasó aquella en concreto. Sonríe, como si fuera a seguir insistiendo en su inocencia, pero en cambio se saca la pistola de la cintura y encañona a la inspectora Ramos.
El disparo retumba en toda la habitación e Indira nota el sabor de la sangre en su boca, presintiendo que está viviendo sus últimos momentos.
Pero al mirar hacia un lado ve que la pistola de Iván humea en su mano y, al mirar hacia el otro, descubre que la mitad de la cabeza de Gonzalo Fonseca
ha desaparecido. Solo entonces se da cuenta de que no es ella la muerta y de que Moreno acaba de pagar su deuda.
A la inspectora Indira Ramos se le revuelve el estómago y vomita en medio de la habitación.
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