El buen padre
Parte 3
III
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La dirección que facilita Ramón Fonseca para recoger el primer cadáver lleva al polígono industrial de Los Ángeles, en Getafe, a escasos treinta kilómetros del centro de Madrid. Construido en los años sesenta, tiene una superficie de un millón y medio de metros cuadrados, lo que lo convierte en uno de los más grandes e importantes de la capital. Allí se ubicó durante más de medio siglo la fábrica de Uralita, causante de que buena parte de los mil ochocientos empleados que acudían a diario a ganarse la vida encontrasen la muerte debido a la alta toxicidad del amianto con el que trabajaban sin ningún tipo de protección.
A raíz del posterior cierre de la fábrica y la grave crisis económica pasó de ser un próspero centro de negocios en el que estaban ubicadas algunas de las mejores empresas nacionales e internacionales a convertirse en un polígono semiabandonado donde, mezclados con los trabajadores de las empresas que todavía se mantienen en pie, campan a sus anchas drogadictos, personas sin hogar, grafiteros, chatarreros y buscadores de cobre. Hay tantos escombros tirados por algunas de las calles que se conoce popularmente como el «Sarajevo de Getafe».
La caravana policial, encabezada por el coche donde viajan la inspectora Ramos y la subinspectora Ortega, avanza por la A-42 con las sirenas a todo volumen. En el asiento del copiloto, la inspectora prepara su mascarilla y sus guantes extragruesos, en previsión de lo que pueda encontrarse al llegar.
—¿Quién crees que será el primero? —pregunta la subinspectora.
—Ni idea —responde la inspectora—. Todavía tengo la esperanza de que se trate de un farol y los encontremos con vida.
—Eso no tendría mucho sentido.
—Al contrario. Ramón Fonseca ya ha conseguido llamar la atención y que reabramos el caso de su hijo. En realidad, no necesitaría matar a nadie.
—Pero eso él no lo sabía cuando los secuestró.
La inspectora Ramos sabe que tiene razón y que es altamente improbable que encuentren a quienquiera que sea de los tres todavía vivo, pero tienen que mantener la esperanza hasta el último momento.
—¿Sabes que en la comisaría han hecho una porra?
—Pues menudos hijos de puta… —contesta la inspectora con censura
—. Espero que ninguno de mi equipo haya participado.
La cara de la subinspectora lo dice todo. Indira la mira con reproche.
—Es increíble, María.
—Vale, reconozco que no es algo demasiado compasivo, pero comprende que llevamos muchos días trabajando sin parar y necesitamos distraernos de alguna manera.
—¿Y no os podíais entretener con otra cosa?
La subinspectora se encoge de hombros, sintiéndose culpable, e intenta centrarse en la carretera, en la que los coches conducidos por particulares se apartan sin ton ni son al oír una sirena. Al cabo de unos segundos, la inspectora vuelve a mirarla.
—¿Cómo están las apuestas?
—En primer lugar el abogado, en segundo la jueza y por último la estudiante.
La caravana de coches y furgones policiales se detiene frente a una antigua imprenta medio derruida. Una docena de indigentes sale de entre las ruinas de los edificios colindantes y se acerca a curiosear.
—¿Es aquí? —pregunta la inspectora echando un vistazo al lugar desde el coche.
—Es la dirección que nos ha dado Ramón Fonseca.
Las dos policías bajan del coche a la vez que los agentes del Grupo Especial de Operaciones, que ya empiezan a acordonar el lugar. Dos furgonetas de televisión llegan a toda velocidad y de ellas se apean los cámaras y los reporteros con sus correspondientes alcachofas.
—¿Cómo coño se han enterado tan pronto? —La inspectora frunce el ceño.
—Muy discretos no hemos sido, jefa.
—Que no se acerquen. Cualquiera sabe lo que vamos a encontrarnos ahí dentro.
La subinspectora Ortega va a contener el avance de los periodistas mientras la inspectora Ramos saca del maletero del coche todas sus protecciones. Cuando ya se considera a salvo, va a reunirse con el mando de los geos.
—¿Entramos?
—Debemos ponernos máscaras, inspectora. Aunque siento decirle que no tenemos ninguna esterilizada —dice el geo con cierto retintín.
—Me apañaré, gracias —encaja ella.
Coge la máscara que le tienden e, intentando no pensar en la cantidad de bacterias que puede tener, se la pone.
El interior del edificio está prácticamente derruido. Montañas de escombros y basura se acumulan por todas partes. Si no llevasen máscaras, percibirían un olor a orín y a heces insoportable. Dos colchones sucios y un infiernillo junto al que hay unos dibujos infantiles indican que, si no ahora, en algún otro momento aquel fue el hogar de una familia.
—¿Quién cojones puede vivir en esta pocilga? —pregunta uno de los policías, asqueado.
—Supongo que quien no tiene un sitio mejor al que ir —responde la inspectora—. Buscamos un zulo o un despacho donde puedan haber tenido secuestrado a alguien durante una semana.
—En esta planta no está.
Tras recorrer toda la estancia sin encontrar nada que llame su atención, los policías llegan a una escalera. El piso de arriba está en muy malas condiciones, parte del tejado se ha derrumbado y tampoco parece que esté allí lo que buscan, así que bajan iluminando con sus linternas y apuntando con sus armas.
—¡Policía! ¡Si hay alguien ahí, descúbrase y salga con las manos en alto!
Nadie responde ni se descubre. Al llegar al final de la escalera, hay un pasillo. A un lado, encuentran unos utensilios de albañilería que parecen haber sido utilizados hace muy poco tiempo.
—Ha sellado alguna estancia… —dice la inspectora Ramos para sí mientras examina la pared.
—¡Inspectora!
Ella acude a la llamada y ve el acceso a una habitación sellado con un muro de ladrillos de reciente construcción. Junto a la rejilla de ventilación, hay un temporizador conectado a una bombona que hace tiempo ha llegado a cero. Uno de los policías la examina con cuidado.
—Monóxido de carbono. La botella está vacía.
—¡Hay que tirar la pared!
El mando de los geos transmite la orden a través de su radio y, en menos de un minuto, dos policías bajan armados con sendas mazas.
Empiezan a derribar a golpes la pared. Cuando retiran los suficientes ladrillos, su jefe los aparta y mete la cabeza por el agujero que han abierto.
Enseguida la saca, con gesto grave.
—Creo que es la jueza.
«Exactamente por quien yo hubiera apostado», piensa la inspectora Ramos.
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