El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 49 de 89

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El buen padre

Capítulo 49

49

El psicólogo de Indira intenta centrarse en su paciente de las nueve de la mañana, un chico joven con un trastorno bipolar al que su inestabilidad emocional le impide relacionarse con normalidad, pero las voces que se oyen fuera de la consulta les distraen tanto al uno como al otro.

—Así no hay quien se concentre, Adolfo —protesta el chico, molesto.

—Lo sé. Disculpa un segundito.

El psicólogo se levanta y va hacia la puerta. Al abrirla, ve a su secretaria tratando de impedir el paso a la inspectora Indira Ramos.

—¿Qué pasa? —pregunta alarmado.

—Lo siento, doctor —dice la secretaria, agobiada—. Esta señorita insiste en verle a pesar de que no tiene cita con usted.

—Ahora mismo estoy con un paciente, Indira.

—Perdóname, Adolfo, pero es muy urgente.

—¿No puedes esperar a esta tarde, que te haga un hueco?

—Imposible. Necesito verte ahora mismo. Por favor —le ruega—. Es cuestión de vida o muerte.

El psicólogo suspira resignado, le pide que aguarde un momento y regresa a la consulta. Al cabo de unos segundos, el chico sale dando un portazo.

Adolfo le sirve a Indira una infusión y se sienta frente a ella con cara de pocos amigos. Después de disculparse unas veinte veces, la inspectora se fija en que los cordones de uno de los zapatos del psicólogo están deshilachados, como si un perro se hubiera entretenido mordisqueándolos.

—¿Te has dado cuenta de que tienes los cordones…?

—Ni se te ocurra decirlo, Indira —la interrumpe el psicólogo, muy molesto.

—Está bien, perdona —dice ella sumisa.

—Creía que ya habías conseguido controlar esos impulsos. Pero resulta que te presentas en mi consulta sin avisar y me haces interrumpir una sesión con uno de mis pacientes, que lo más probable es que ya no quiera volver.

—Tienes toda la razón del mundo para estar cabreado conmigo, pero de verdad que es importante.

—A ver, ¿qué te ha pasado?

—Que anoche… estuve con un tío.

—¿Te acostaste con él? —pregunta Adolfo atónito.

—¿Qué dices? —Indira se espanta—. Solo nos besamos.

—¿Y no has ido a urgencias a que te hagan un lavado de estómago?

—No te lo tomes a coña, por favor —le ruega ella profundamente agobiada—. Para mí todo esto es desconcertante.

El psicólogo comprende que tiene razón e intenta olvidarse de lo irregular de la situación y ponerse en modo profesional.

—¿Quién era?

—Un policía de mi equipo. El subinspector Iván Moreno.

—¿El mismo subinspector Moreno al que sueles describir como un chulo, maleducado, inculto, sucio, vulgar, poco profesional, corrupto, niñato y machista? —pregunta el psicólogo, incisivo.

—Sigo pensando lo mismo de él, no te creas. Pero también he descubierto que tiene… algo.

—Es guapo, no me digas más.

—No está mal, pero en lugar de meterse con mis manías o de intentar convencerme de que lo que hago es absurdo, ayer se presentó en mi casa respetando lo que soy y dispuesto a hacerme la cena. Incluso compró una caja de guantes desechables para que me sintiera segura mientras él manipulaba los alimentos.

—¿Y lo consiguió?

—No mucho. Cada vez que tocaba algo lo contaminaba, pero la intención es lo que cuenta. Al final preparé yo la cena y estuvimos charlando y riéndonos hasta que, después de botella y media de vino, eso sí… pasó.

—¿Quién besó a quién?

—Creo que yo, pero ahora mismo tengo tal cacao que no puedo pensar con claridad. No sé qué me ha pasado.

—Que te gusta un hombre, Indira. No es tan estrafalario, ¿sabes?

—Es que creo que no me gusta —resopla abrumada—. Me he dejado llevar porque, por algún extraño motivo, me sentí cómoda. En ese momento ni siquiera pensé en cuánto tiempo llevaría sin hacerse una limpieza bucal.

—Eres experta en quitarle romanticismo a todo —dice Adolfo cabeceando—. Deberías olvidarte de limpiezas y de historias y estar contenta porque, después de cinco años, has roto la barrera del contacto físico.

—¿Y qué hago ahora?

—¿Cómo que qué haces ahora?

—Cuando llegue a la comisaría me lo encontraré de frente y no podré ni mirarle a la cara.

—¿Tú sabes la cantidad de compañeros de trabajo que se lían en las típicas fiestas de Navidad y no les pasa nada cuando se ven después de la resaca? Otra cosa es que estés enamorada de él… ¿lo estás?

—No, claro que no… o eso creo. —Indira se lleva las manos a la cara, cada vez más confundida—. No sé qué coño me está pasando, joder.

—Relájate, haz el favor. Lo mejor es hablar con él y dejar las cosas claras, Indira.

—Eso haré, sí —asiente convencida—. Muchas gracias, Adolfo. Te debo una.

La inspectora se levanta y sale de la consulta ante la atónita mirada del psicólogo, que consulta su reloj y constata que la urgencia de su paciente se ha resuelto en cinco minutos.

—Tiene cojones…

Al entrar en el portal de casa de su amigo Daniel, el subinspector Moreno se cruza con un chico que rehúye su mirada. No lo conoce de nada, pero ha tratado con gente como él desde que tiene catorce años y sabe perfectamente de dónde viene y lo que vende. Llama a la puerta y Daniel se sorprende al abrir y verlo allí. Si no hubiera sido inhabilitado y las cosas fueran bien, le habría invitado a un par de cervezas, por muy temprano que fuera. Pero ahora solo quiere deshacerse de él para probar lo que le han traído.

—¿Qué haces aquí, Iván?

—He venido a ver si necesitas algo.

—Estoy de puta madre. Oye, tío, perdona que no te invite a pasar, pero me has pillado liado.

—¿Quién era el chaval que acaba de salir?

Daniel se tensa y mira a su amigo a los ojos. Ambos se han pateado lo suficiente la calle para saber de lo que hablan sin necesidad de añadir una

palabra.

—¿Ahora vas de hermano mayor? —responde Daniel a la defensiva.

—Llevas toda la vida luchando contra esto para que ahora te dediques a llamar a camellos a las nueve de la mañana, Dani.

—¿A ti qué cojones te importa lo que yo haga?

—Hace años me ayudaste a salir de la mierda donde estaba metido.

Deja que ahora te ayude yo a ti.

—Si de verdad quisieras ayudarme, ya te habrías encargado de esa hija de puta que tienes por jefa. ¿Lo has hecho?

Iván desvía la mirada, entre la espada y la pared. Daniel comprende decepcionado que también él le ha dado la espalda.

—¿Qué pasa? ¿Ya no te parece tan mal que me denunciase?

—Claro que sí, pero reconoce que tú llevabas jugándotela demasiado tiempo.

—Eres un mierda, Iván —le dice Daniel con desprecio—. Ya lo eras cuando te saqué de la calle y sigues siéndolo ahora.

Daniel le cierra la puerta en las narices. El subinspector Moreno se marcha de allí fastidiado, sintiendo que, cuanto más se acerca a Indira, más se aleja de su mentor y mejor amigo. Pero lo malo es que, aunque quisiera, tampoco puede quitarse de la cabeza lo que está surgiendo entre él y su jefa.

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