El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 51 de 89

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El buen padre

Capítulo 51

51

La inspectora Ramos aguarda sentada tras su impoluto escritorio, tamborileando con los dedos en él. A su alrededor, la asepsia hecha despacho: en la pared del fondo, un cuadro de los reyes, una bandera de España, un título enmarcado que la identifica como inspectora y un perchero con un abrigo. Frente a ella, una estantería con libros de derecho perfectamente alineados, y encima de un archivador reluciente, una televisión con el volumen bajado en la que aparecen las fotografías del abogado Juan Carlos Solozábal y de la estudiante y prostituta Noelia Sampedro bajo un rótulo en el que puede leerse: ¿QUIÉN SERÁ EL ELEGIDO?

Cinco o seis conocidos tertulianos debaten acaloradamente sobre el caso, todos ellos convencidos de que están en posesión de la verdad. En el fondo son los periodistas los que promueven las porras y seguramente a estas horas habrá cientos de ellas activas en bares y puestos de trabajo. Al ver por el cristal que el subinspector Moreno se dirige hacia allí, apaga la tele, coloca el mando perfectamente cuadrado con el borde de la mesa y finge una seguridad que está muy lejos de sentir.

—¿Querías verme, jefa? —pregunta Moreno tras llamar a la puerta y asomar la cabeza.

—Sí, pasa y siéntate, por favor.

Cuando anoche se fue de casa de Indira, Iván no tenía claro cómo sería su relación a partir de ese momento. Lo de llevarle la cena había sido algo improvisado, al ir a comprar el palo de una fregona y ver justo al lado las cajas de guantes desechables. Sabía lo que podía pasar y ni mucho menos se arrepiente de ello, pero no se paró a estudiar las consecuencias. Por la seriedad de su tono al invitarle a sentarse, Moreno se teme lo peor y decide golpear primero.

—Lo malo del steak tartar es que llena poco y yo a las tres de la mañana tuve que levantarme a comer algo, porque estaba canino.

Ya ha conseguido aturdirla y le asesta el golpe de gracia.

—Por cierto, que estuve muy a gusto cenando contigo y me alegro de que limásemos asperezas, pero mejor lo dejamos todo en pausa y no se lo

contamos a nadie hasta que resolvamos este caso y podamos hablarlo tranquilamente, ¿te parece?

—S-sí, claro… —balbucea ella.

—Estupendo. —Moreno sonríe con inocencia—. ¿Para qué me habías llamado?

—Mira tu correo.

El policía saca su móvil y revisa su correo. Se sorprende al encontrar un billete de tren a Málaga para una hora después.

—¿Para qué necesitas que vaya a Málaga? —pregunta desconcertado.

—Quiero que te pases por casa de Ramón Fonseca con dos de los agentes de apoyo, que ya están avisados y te esperan en Atocha. No vuelvas hasta que hayas encontrado algo, ¿estamos?

—¿Algo como qué?

—Confío en tu pericia, Moreno. Que tengas buen viaje.

La inspectora se levanta y sale del despacho sin añadir nada. El subinspector Moreno resopla y se pone en marcha. Tiene el tiempo justo para pasarse por casa y coger una muda. Aunque la vuelta está prevista para esa misma tarde, nunca se sabe.

Indira entra en la sala de reuniones, donde la subinspectora María Ortega, la agente Lucía Navarro y el oficial Óscar Jimeno están dando buena cuenta de una caja de dónuts mientras discuten sobre el caso.

—¿Y eso? —pregunta mirando la caja, a cuyo alrededor todo está lleno de miguitas.

—Perdona, jefa —dice Jimeno recogiendo a toda prisa el desayuno—.

Creíamos que hoy no vendrías por aquí.

—¿Quién ha traído los dónuts?

—Iván —responde la subinspectora Ortega—. Se ve que ayer debió echar un polvo y hoy ha venido de buen humor. Por cierto, ¿dónde está?

—He tenido que mandarle a la casa de Ramón Fonseca en Málaga —

responde Indira tratando de contener una sonrisa que no sabe de dónde le sale y observando la caja que el oficial está a punto de llevarse—. Espera, Jimeno… ¿eso está bueno?

—¿Quieres desayunar con nosotros? —pregunta Navarro perpleja.

Indira duda mirando los dónuts, como si estuviera eligiendo qué cable cortar de una bomba colocada en el sótano de una guardería. Al fin se arma de valor.

—Alguna vez tendrá que ser la primera.

Ortega, Navarro y Jimeno contemplan como hipnotizados a la inspectora Ramos, que coge cuatro servilletas, con las que se cubre primorosamente una mano, selecciona un dónut de color rosa bañado con pepitas de colorines y le da un pequeño mordisco. Por su gesto de aprobación, parece que le gusta.

—¿Has ido a la agencia donde trabaja Noelia Sampedro? —le pregunta a la agente Navarro con la boca llena.

—Sí… —La policía intenta centrarse—. Pero como nos imaginábamos, han negado que se dediquen a concertar citas entre universitarias y empresarios y, por supuesto, no han querido ni oír hablar de darnos los nombres de sus clientes.

—No creo que eso nos lleve a ninguna parte.

—Yo tampoco. A esa chica no parece que la estuvieran forzando a ejercer la prostitución. ¿Sigo buscando a la amante del abogado?

—No, no perdamos más tiempo. Céntrate en investigar a Sebastián Oller. Quiero que averigües dónde se juegan las mejores partidas de póquer de Madrid y que me des una lista de participantes. Ayúdala tú navegando en internet, Jimeno.

—Eso va a ser mazo de jodido, jefa —dice Jimeno.

—Por eso tengo a los mejores en mi equipo… ¿Qué sabemos de la obra del campo de golf?

—Todos los permisos están en regla —responde la subinspectora Ortega—. Lo único que me ha llamado la atención es que las obras se suspendieron durante diez días justo antes de la muerte de Andrea Montero.

—¿El motivo?

—Es un misterio.

—Hay que seguir rascando por ahí. Sigo pensando que en esa obra está la clave de todo. ¿Has localizado al agricultor del que nos habló el empresario a Moreno y a mí?

—Sí, y parece que no hay nada raro en su historia. Al principio se resistió a vender sus tierras, pero hace cinco meses llegó a un acuerdo por seis veces el valor de la finca. Supo aguantar e hizo un buen negocio.

—Va siendo hora de que nos pasemos de nuevo por la obra. Llamaré al juez para que nos dé una orden y podamos meter las narices a gusto…

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