El buen padre
Capítulo 4
4
Mientras espera a que llegue su equipo, la inspectora Indira Ramos lee el informe preliminar que le ha enviado el forense. No hay en él demasiados datos, pero sí los suficientes para empezar a crear un perfil tanto de la víctima como de su asesino. Mientras piensa en el caso, coloca en un perfecto orden cuanto hay sobre la gran mesa de reuniones, casi sin darse cuenta. Al terminar, parece que por allí haya pasado un batallón de solícitas secretarias de una Cumbre del G-20; entre un bolígrafo y otro hay la misma separación, los papeles están alineados con las esquinas de la mesa, y los vasos llenos de agua hasta el mismo punto y colocados frente a los respaldos de las sillas, que han quedado a justo diez centímetros de la mesa.
La primera en llegar es la agente Lucía Navarro, que aparece comiéndose un trozo de empanada que ha traído una mujer de la limpieza desde Galicia.
Indira la mira con una mezcla de angustia por las miguitas que le caen sobre la camisa y de envidia porque, aunque Lucía se pasa el día comiendo, su juventud y su constitución le permiten mantenerse en plena forma.
—Dime que has encontrado algo, Navarro…
—Ninguna de las cámaras que hay en la zona enfoca hacia la valla del parque, jefa —responde Navarro negando con la cabeza—. Aun así, he pedido las grabaciones de dos bancos y dos tiendas de ropa por si viéramos a alguien paseando con la maleta.
—No lo creo, pero hay que intentarlo.
Enseguida llega el subinspector Iván Moreno con aspecto de no haber dormido más que un par de horas, a pesar de que es lunes y casi nadie trasnocha los domingos. Si fuera por la inspectora, le echaría de su equipo de una patada en el culo, pero sabe que no encontrará a un policía con más instinto que él. Y la verdad es que, debido a la animadversión que ella suele provocar, tampoco es que tenga mucho donde elegir. Moreno, por su parte, está allí como castigo por la cantidad de cagadas que ha cometido. A pesar de cumplir con los requisitos necesarios para presentarse al examen de ascenso a inspector, tiene causas disciplinarias abiertas por enfrentamientos con su jefa que le impiden progresar en el escalafón. Sabe que debería controlarse, pero le resulta imposible reprimir el desprecio que siente por
ella después de que fuera precisamente a su mentor y mejor amigo a quien Indira delatase meses atrás. De momento, y hasta que pueda hacérselo pagar, le basta con tocarle los cojones siempre que tiene ocasión. La inspectora sabe que Moreno tiene éxito entre sus compañeras, pero ella no ve ningún atractivo en su pelo despeinado y su barba de tres días. Además, le horroriza cómo viste; por muy a la moda que pueda ir, le parece un hortera integral. La irregularidad y cantidad de rotos de sus vaqueros le ponen de los nervios.
—¿Te has enganchado en una valla cuando venías hacia aquí?
Moreno le dedica una mirada desafiante, se sienta en su sitio y, fingiendo no darse cuenta, descoloca tanto sus papeles y bolígrafos como los de sus vecinos. La inspectora aparta la mirada, como si hubiera sido testigo del atropello de un cachorro de labrador.
Más tarde llegan la subinspectora María Ortega y el oficial Óscar Jimeno. Indira y María compartieron habitación durante su formación en la Academia de Ávila y, aunque no puede decirse que sean íntimas, aprendieron a respetarse. Su pelo rojo natural hace que le resulte imposible pasar inadvertida, pero ella se niega a cambiárselo aunque los delincuentes la vean llegar desde un kilómetro de distancia. Jimeno, por su parte, es un joven abogado, psicólogo y criminólogo. Todo lo que le falta de arrojo lo suple con un cociente intelectual a la altura de Albert Einstein. Desde niño quiso ser policía, pero estaba capacitado para ser juez, neurocirujano o ingeniero espacial, lo que le hubiese dado la gana. Como buen genio que es, el cuidado de su aspecto físico ha quedado en un segundo plano.
—Ya tenemos el informe preliminar del cuerpo hallado en el estanque del Retiro —dice Indira—. La ejecutaron con un calibre nueve después de romperle todos los dedos de la mano izquierda hace más o menos dos semanas.
—¿Un ajuste de cuentas? —pregunta la subinspectora Ortega.
—Tiene toda la pinta.
—¿Sabemos ya quién es? —pregunta el subinspector Moreno.
—¿Óscar?
Todos se vuelven hacia el oficial Jimeno. A pesar de su inteligencia —
o tal vez a causa de ella—, la mayoría de la gente lo describiría como una persona torpe. Se pasa más de un minuto rebuscando entre sus papeles, subiéndose las gafas a intervalos regulares y sonrojándose por momentos debido a su tardanza.
—Por Dios… —La inspectora resopla—. Como después de todo esto digas que no sabes quién es, te vas a enterar.
—Sí lo sé, jefa… —responde el oficial, aliviado al encontrar por fin lo que buscaba—. No podría certificarlo al cien por cien, pero he analizado las probabilidades a partir de los datos que tenemos y las denuncias de desaparición del último mes y yo apostaría por Alicia Sánchez Merino, de cuarenta y tres años. Su marido denunció su desaparición hace doce días.
Aquí tengo la copia de la denuncia.
—Ahora vamos tú y yo a hablar con él, María —le dice Indira a la subinspectora Ortega, haciéndose con el papel.
—En veinte minutos tengo que ir al juzgado a declarar por lo del apuñalamiento de Usera —responde la policía.
—Yo te acompaño, jefa… no sea que al detenerle te rompas una uña y entres en crisis —dice el subinspector Moreno, incisivo.
La inspectora Ramos le fulmina con la mirada mientras los demás se ocultan detrás de sus papeles, procurando no reírse.
—¿Sabemos algo de la maleta? —pregunta finalmente, intentando obviar el comentario.
—Es un modelo de Loewe de hace seis o siete temporadas —responde Jimeno—. Es muy caro, pero por ahí no creo que lleguemos a nada. Podría haberse comprado en cualquier sitio. En cuanto a las pesas que había dentro, son del Decathlon.
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