El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 56 de 89

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El buen padre

Capítulo 56

56

A Salvatore Fusco le costó convencer a un importante político de que le convenía hacer lo posible para que Adriano pudiese interrogar a solas a Ramón Fonseca. Pero tras decirle que las pruebas de los negocios que hicieron juntos habían sido robadas y que solo el anciano podría conducirles hasta el abogado Juan Carlos Solozábal —que era quien las tenía en su poder—, dejó de protestar y accedió a hablar con el cabeza de lista de su partido. Este seguramente tampoco estaría demasiado limpio porque enseguida habló con un mando de la Guardia Civil, que a su vez se apresuró a telefonear a un comisario de la Policía Nacional con el que algo debía tener. El caso es que, apenas un par de horas después, el capo de la

’Ndrangheta ya tenía en sus manos la orden de traslado del detenido a los juzgados de la plaza de Castilla, donde se suponía que le esperaba el juez para tomarle de nuevo declaración.

El policía que hace guardia en los calabozos levanta la mirada de su móvil cuando otro agente le pone delante un documento.

—¿Qué coño es?

—Han venido a buscar a Ramón Fonseca para trasladarlo a los juzgados.

—¿Y por qué no se lo llevaron anoche en el celular?

—¿Tengo cara de saber la respuesta?

El policía le perdona la vida con la mirada, lee la orden de traslado con detenimiento y finalmente se encoge de hombros, sin demasiadas ganas de hacer preguntas.

—Espera aquí. Enseguida te lo traigo.

Se supone que la labor del oficial Óscar Jimeno durante las investigaciones en curso es coordinar las informaciones que llegan de los diferentes equipos… aunque lo cierto es que a él no le informa nadie. Sabe que la inspectora Ramos y la subinspectora Ortega han regresado a la obra donde trabajaba Andrea Montero, pero no tiene ni idea de qué buscan exactamente. También sabe que el subinspector Moreno ha decidido prolongar su estancia en Málaga, pero no ha explicado por qué. Y, por

último, sabe que la agente Navarro ha ido a hablar con jugadores de póquer profesionales para enterarse de dónde se organizan timbas ilegales, pero si ha descubierto algo, a él, desde luego, no se lo ha comunicado.

Después de llamar por tercera vez en lo que va de mañana a su novia y esta cortarle alegando que hay gente que sí que tiene que trabajar, Jimeno se levanta para estirar las piernas y pasea por la sala habilitada para la investigación. Al pasar por delante de la pizarra donde está toda la información del caso, se da cuenta de una cosa que a los demás, ocupados como están en sus respectivas pesquisas, parece habérseles pasado por alto: solo quedan tres horas para que se cumpla el plazo marcado por Ramón Fonseca para la muerte del segundo de los secuestrados.

—Me cago en la puta…

Jimeno tiene órdenes directas de su jefa de no moverse de allí, y mucho menos de acercarse al detenido, pero se siente tan ignorado que, por primera vez en su vida, también empieza a ignorar. Además, sabe que es una persona inteligente y muy empática y cree que tal vez logre sacarle algo si razona con el anciano. Sin duda, eso sería un golpe de efecto que le supondría un cambio de estatus inmediato.

Sale del ascensor y camina hasta el policía de guardia, que vuelve a levantar la mirada de su móvil, harto de interrupciones.

—Vengo a hablar con Ramón Fonseca.

—Ya se lo han llevado.

—¿Adónde? —pregunta Jimeno desconcertado.

—A los juzgados.

Aunque la orden de traslado parece auténtica, Jimeno sabe que no tiene ningún sentido que en ese momento se lleven al detenido, y en el caso de haber estado previsto, sería imperdonable que a él no le hubieran avisado. Le devuelve el documento a su compañero y, cuando este le dice que solo hace un par de minutos que se ha marchado, Jimeno corre escaleras arriba.

Al salir de la comisaría le da tiempo a ver cómo un hombre mete a Ramón Fonseca esposado en el asiento trasero de un coche de alta gama, que acto seguido desaparece calle abajo. A Jimeno el supuesto inspector no le suena de nada ni estaba enterado de que la policía utilizase ese tipo de vehículos para trasladar detenidos. Solo podría ser de la secreta. Busca en su bolsillo las llaves de la escúter que le lleva todos los días a duras penas al trabajo y sigue al coche ganando terreno calle a calle. Cuando ve que no

coge el desvío que conduce a la plaza de Castilla, comprende que su intuición no le ha fallado y mantiene las distancias, procurando no ser visto.

El coche sale por un desvío de la A-1 y se interna en un polígono. Al girar por una esquina, Jimeno lo ve entrar en una nave industrial, cuya enorme puerta se cierra tras él. Aparca la moto y saca su móvil, pero allí no tiene cobertura y chasquea la lengua, maldiciendo su mala suerte. Rodea el edificio y se asoma a una ventana para escudriñar el interior.

Adriano ha esposado a Ramón Fonseca a una tubería y ha colgado su chaqueta y su pistolera —con el arma dentro— en un perchero cercano.

Saca un punzón de unos quince centímetros y sonríe mirando al anciano.

—¿Qué va a hacerme? —pregunta Fonseca aterrado.

—Eso depende de usted, abuelo —responde Adriano.

Si no fuera porque es un psicópata diagnosticado, habría sentido lástima por aquel viejo tan desmejorado después de dos semanas de intensos interrogatorios. Pero no es lástima lo que siente, sino la excitación de quien se sabe el mejor en su trabajo y tiene la oportunidad de demostrarlo. Se acerca a él y le tapa la boca a la vez que le clava el punzón en la rodilla hasta que la punta asoma por la corva.

Ramón Fonseca tarda unos segundos en sentir el agudo dolor. Cuando al fin le sacude en toda su intensidad, sus gritos se ven ahogados por la mano de Adriano, que saca el punzón ensangrentado y apoya la punta del arma en la otra rodilla.

—Con la edad que tiene ya cojeará para siempre, viejo —le dice con voz templada—. Pero todavía podrá levantarse. Si no me ayuda, ya nunca se moverá. ¿Lo ha entendido?

Ramón Fonseca asiente y Adriano le destapa la boca.

—¿Dónde está el abogado?

—No puedo decírselo.

—No pretendo salvarle la vida, si es lo que cree. Solo necesito que Juan Carlos Solozábal me dé una información y después haré con mucho gusto el trabajo sucio.

—No.

Sin inmutarse, Adriano vuelve a taparle la boca y le atraviesa la rodilla sana con el punzón.

El oficial Jimeno encuentra una ventana rota en la parte trasera del edificio y se cuela por ella en la nave. Aunque ha perdido de vista a los dos

hombres, los gritos de Fonseca le sirven de guía para localizarlos. Camina lentamente por un pasillo atestado de cajas hasta que llega a la sala principal, donde Adriano está machacando a golpes el cuerpo cubierto de sangre del anciano, ya inerte. Vuelve a mirar su móvil, que continúa sin cobertura, y aunque sabe que jamás la lleva encima, se palpa el costado, por si un milagro hubiera hecho aparecer su pistola. Pero no. Desarmado como está, decide dar media vuelta y volver por donde ha venido para buscar ayuda pero, por una vez en su vida, el oficial Óscar Jimeno reúne el valor suficiente para acercarse con sigilo al perchero y extraer la pistola de la cartuchera de Adriano.

—¡Policía! ¡Las manos en la cabeza!

Adriano deja de golpear a Ramón Fonseca y mira sorprendido cómo un chico, que más que policía parece el que arregla los ordenadores, le apunta tembloroso con su propia pistola.

—¡Tírese al suelo y ponga las manos en la cabeza!

Los coágulos de sangre que tiñen las manos del italiano camuflan el punzón. Adriano hace ademán de llevárselas a la nuca, pero de camino consigue lanzárselo. El arma vuela y se clava en el pecho de Jimeno que, antes de caer al suelo, es capaz de disparar tres veces. Las dos primeras balas agujerean el techo metálico, pero la tercera, de pura chiripa, acaba incrustada entre las cejas de Adriano.

Es sorprendente cómo un agujero tan limpio en la frente puede llenar de sangre y de sesos toda la pared del fondo de la nave.

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