El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 39 de 89

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El buen padre

Capítulo 39

39

La agencia en la que trabajaba Marta estaba situada en un edificio señorial de la calle Jorge Juan. Nada más bajar del taxi y antes de llamar al telefonillo, la chica tuvo cargo de conciencia y volvió a mirar a su amiga.

—¿Tú estás segura de esto, Noe?

—Te he dicho veinte veces que sí, Marta —respondió Noelia y miró excitada el portal—. ¿Es aquí? Parece que haya venido a visitar a mi abuela.

—La señora de enfrente, que seguramente sea la abuela de alguien, hace unas croquetas de puta madre —contestó Marta resignada—. Si te pregunta, le dices que eres modelo y que vas a hacer un casting, ¿vale?

Noelia asintió y Marta al fin pulsó el timbre. A los pocos segundos, la puerta se abrió y subieron hasta el quinto piso en un antiquísimo aunque cuidado ascensor de reja desde el que se apreciaba la exquisita decoración de cada descansillo. Antes de que Noelia abriese las puertas interiores para salir, Marta la sujetó del brazo.

—Si te arrepientes, solo tienes que decírmelo y nos largamos.

—Que sí, pesada.

En la puerta un discreto cartel rezaba AGENCIA DE MODELOS, sin más señas ni nombre alguno, la perfecta tapadera para un puticlub encubierto, aunque ellos dijesen que eran simplemente una empresa que facilitaba contactos y que allí dentro no se practicaba sexo, al menos no por dinero.

Lo primero que le llamó la atención a Noelia fue que realmente parecía una agencia de modelos, con secretarias, comerciales, despachos y un estudio fotográfico. Marta y Noelia aguardaron diez minutos en una sala de espera decorada con fotografías y objetos de películas —un par de ellos con pinta de ser auténticos y bastante caros—, hasta que se asomó una secretaria que, por su candidez, bien podría haber sido la abuelita de alguna de las dos.

—Ya podéis pasar, chicas.

Marta condujo a Noelia hasta el último despacho del pasillo. Una vez dentro, una exmodelo habitual de las revistas del corazón en los años noventa las invitó por señas a sentarse mientras terminaba de hablar por teléfono. No quitó ojo a Noelia desde que entró por la puerta, oliendo ya el dinero que le haría ganar esa niña.

—No me mentiste al decirme que tu amiga era muy guapa, Marta —

dijo al colgar el teléfono, sin apartar la mirada de su nueva adquisición—.

Me llamo Arancha, es un placer.

—Yo soy Noelia.

—Déjame verte, Noelia.

Arancha rodeó la mesa y le tendió la mano a Noelia para que se levantase. La hizo girar sobre sí misma mientras la observaba con detalle.

—Verdaderamente preciosa… ¿Te has operado el pecho?

—No —respondió Noelia—. Son mías al cien por cien. ¿Quieres verlas?

—Por favor.

Noelia se quitó la camiseta y el sujetador con total naturalidad y dejó al descubierto unos pechos perfectos en forma y tamaño que causaron el mismo grado de admiración en Arancha que de envidia en su amiga.

—Maravillosa… ¿Ya te ha explicado Marta en qué consiste el trabajo?

—Más o menos.

—Nosotros tenemos una lista de clientes muy importantes.

Organizamos las citas y nos quedamos con un cuarenta por ciento de lo que factures. Los hoteles o apartamentos donde te encuentres con ellos corren de nuestra cuenta, por supuesto.

—¿Cuánto cobraré por hora? —preguntó mientras volvía a vestirse.

—Eso es para las putas, Noelia. Y yo no trato con putas, sino con señoritas elegantes y educadas que acompañan a caballeros. Muchas veces solo querrán que vayas con ellos a cenar o a tomar una copa. El sexo es un extra que puede darse o no. De lo que se le cobre ya nos ocupamos nosotros.

La mirada desconfiada de Noelia hizo comprender a Arancha que no se había quedado demasiado conforme con la respuesta y suspiró, rindiéndose.

—No es que no quiera decírtelo, es que dependiendo del servicio y del cliente le cobramos una cosa u otra. Un desahogo rápido serán más o menos unos doscientos cincuenta euros para ti, pero supongamos que te ponemos en contacto con un caballero que te invita a cenar y después a pasar un rato en su hotel. Normalmente eso costaría entre seiscientos y mil quinientos euros. Si aparte quiere que pases la noche con él, multiplícalo por dos. ¿Te parece bien?

Esas cifras ya le gustaron algo más a Noelia, que asintió.

—Bien —dijo Arancha—, pues aclarado este engorroso asunto, pasemos a hablar de otras cosas. Necesito que me respondas a unas preguntas para que pueda hacerte la ficha y buscar clientes adecuados para ti, ¿de acuerdo?

Noelia volvió a asentir.

—Ya sé que a todas os gustaría encontraros con Mario Casas en una de vuestras citas, pero por desgracia no siempre es así. De todas maneras, nosotros seleccionamos con cuidado a nuestros clientes y te puedo garantizar que son gente educada, limpia y respetuosa. Por lo general, serán hombres de entre treinta y sesenta años, ¿algún problema con ese rango de edad?

—Ninguno.

—Por supuesto, antes de cerrar la cita con ellos te informaremos y tendrás total libertad para aceptar o no el servicio, aunque yo te recomiendo que no rechaces citas solo por la edad. Algunos sexagenarios pueden sorprenderte muy gratamente. En cuanto a tu disponibilidad, supongo que tendrás la misma que Marta.

Noelia miró a su amiga, que se vio obligada a intervenir por primera vez en aquella transacción de carne camuflada de entrevista de trabajo.

—Yo suelo quedar entre semana y, muy esporádicamente, también algún finde. En época de exámenes solo quedo con clientes habituales.

—Me parece bien —dijo Noelia conforme.

—Estupendo. ¿Algún problema en quedar con mujeres?

—No, creo que no… —respondió Noelia sorprendida—. ¿También hay mujeres?

—Las menos, pero sí. Y también algunos matrimonios. A estos, por supuesto, se les cobra mucho más.

—Yo aquí he venido a ganar dinero.

—Como todas, querida… ¿Anal?

—Me duele.

—Hay quien paga mucho.

—Pues si pagan mucho… me lo pienso.

Arancha sonrió, divertida por la espontaneidad de la chica, y terminó de rellenar la ficha con todo tipo de preguntas sobre gustos, preferencias y experiencias. Después le hizo firmar un contrato de confidencialidad, la mandó a hacerse unas fotografías sugerentes en el estudio del otro lado del pasillo —donde le prometieron que no se le vería la cara— y la envió a una

clínica de Atocha a que le hicieran un examen completo para detectar posibles enfermedades de transmisión sexual.

Cuatro días después, cuando Noelia ya creía que ninguno de los clientes de la agencia se había fijado en ella y que solo se había hecho el cuento de la lechera, recibió una llamada de Arancha.

—Buenas tardes, Noelia. Un cliente está interesado en invitarte a cenar y al teatro mañana por la noche. ¿Estás disponible?

—¿Es muy viejo? —preguntó Noelia entre intrigada y excitada.

—Has tenido suerte —dijo Arancha sonriendo al otro lado del teléfono

—, mucha suerte diría yo. Es un hombre muy generoso y atractivo de unos cincuenta años. ¿Cierro la cita?

—Sí, claro… ¿Qué me pongo?

—Este cliente es muy exigente y le gusta controlar hasta el último detalle. ¿Te parece bien que mañana enviemos a casa de Marta el conjunto que haya elegido?

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