El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 45 de 89

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El buen padre

Capítulo 45

45

En cuanto terminó el examen de Derecho de la Comunicación Audiovisual, Noelia corrió a casa de Marta, casi con la misma ilusión con que un niño se precipita al salón la mañana del día de Reyes.

—¿Lo han mandado ya? —preguntó apenas su amiga abrió la puerta.

Marta la dejó pasar y señaló con un gesto de cabeza los dos paquetes que había sobre la mesa, intentando disimular la envidia que le corroía.

Noelia se paró en seco a dos metros de la mesa al ver que en una de las cajas ponía YVES SAINT LAURENT y en la otra MANOLO BLAHNIK.

—Serán falsificaciones, ¿no? —preguntó emocionada.

—Las escorts como tú y yo no llevamos cosas falsas, Noe.

Noelia contuvo la respiración y recorrió a pasitos aquellos dos metros, como el que está a punto de llegar al borde de un trampolín que mide diez de altura y no tiene claro que en la piscina haya agua. Miró las dos cajas en silencio, sin terminar de decidirse por ninguna.

—¿A qué esperas?

—Llevo soñando con tener unos Manolos desde que Mister Big le pidió matrimonio a Carrie Bradshaw con unos Hangisi azules en Sexo en Nueva York, Marta. Ese tío ponía cachonda perdida a mi madre.

—Espero que a ti también, porque todos tus clientes van a tener esa edad.

—¿Conoces al de esta noche?

—¿Quieres abrir la caja de una vez? —la apremió Marta, evasiva.

Noelia al fin se decidió y se encontró con los zapatos que siempre había deseado. Los miró con detalle, los olió y hasta los abrazó.

—No pienso quitármelos ni para dormir —dijo entusiasmada.

—Por muy Manolos que sean, no hay nada mejor que quitarse unos tacones después de llevarlos toda la noche. A ver el vestido.

Noelia abrió la caja, pero en lugar de un vestido había un esmoquin negro con una americana entallada y solapas de satén que estuvo a punto de provocar que a ambas se les saltasen las lágrimas, pero por motivos radicalmente opuestos. Aunque en Marta estaba germinando un odio visceral por su amiga, que ni siquiera había empezado a ejercer aquella

profesión y ya había conseguido algo que ella llevaba tiempo esperando, sonrió al verla tan emocionada.

—Deberías contenerte un poquito, Noe. Pareces una adolescente desquiciada que acaba de cruzarse con el hijo de Clint Eastwood. Y como puedes comprobar por el modelito, a Guillermo no le gustan las cosas demasiado estridentes.

—¿Cómo es ese tal Guillermo?

—Atractivo, agradable y muy generoso. Prepárate, porque por muy correctito que te parezca durante la cena, después puede estar comiéndote el coño durante hora y media.

—Genial —respondió Noelia con naturalidad.

El Cabify que le envió la agencia dejó a Noelia en la puerta del teatro a las ocho menos cuarto de la tarde, donde unos minutos después empezaría la representación de Mariana Pineda, obra escrita por Federico García Lorca y protagonizada por Laia Marull, Álex Gadea y Óscar Zafra. Durante el trayecto, temiendo quedar como una paleta con su cliente, tuvo tiempo de informarse sobre la obra y los actores, aunque seguía a Álex desde que protagonizó una conocida telenovela. Hacía unos años incluso había ido a Madrid solo para verlo en el papel de Christian de Neuvillette en Cyrano de Bergerac.

Al bajarse del coche, cualquiera con sentido común habría pensado que esa chica era conocida, y de hecho en la entrada del teatro se hizo el silencio por unos segundos. Guillermo Torres, accionista de varias empresas, coleccionista de arte, mecenas, dueño de un club de fútbol y todas las cosas que se pueden ser cuando uno ha heredado muchos millones de euros, sonrió al verla llegar. A él era difícil sorprenderlo, pero Noelia lo había logrado en solo dos segundos. Si encima tenía algo en la cabeza, sería perfecta.

—Noelia, supongo —dijo acercándose a ella.

Noelia respiró con alivio al darse cuenta de que, aunque el hombre le doblaba la edad, Marta tenía razón al decir que era atractivo y con mucha clase.

—Guillermo, supongo.

No supo si darle dos besos o tenderle la mano, pero él la sacó de dudas cuando se acercó a besarla.

—Deberíamos entrar ya. La obra va a empezar dentro de unos minutos.

Al principio Noelia no logró relajarse pensando en cómo complacer a Guillermo y despertar en él esa generosidad de la que tanto Marta como Arancha le habían hablado, pero a los veinte minutos se olvidó de que estaba trabajando y pudo disfrutar de la representación.

Salió del teatro encantada con la obra, pero las sorpresas no habían hecho más que empezar.

—Espero que tengas hambre —dijo el millonario.

—Un poquito, ¿por qué? ¿Adónde me vas a llevar?

El restaurante Coque, con dos estrellas Michelin, ocupa un espacio de más de mil metros cuadrados en el corazón de Madrid. El recorrido para los afortunados comensales empezó en la coctelería, continuó en la cocina y terminó en el salón, donde, durante dos horas y media, Noelia y Guillermo hablaron de múltiples temas mientras descubrían nuevos sabores maridados por distintos vinos. El único momento en el que la chica no logró evadirse de su realidad fue cuando calculó cuánto estaría dispuesto a pagar el señor Torres por aquella velada.

«Cuanto más tiempo pases con él, mejor para ti. Y si después te invita a dormir en su hotel, de puta madre», le había dicho Marta mientras la ayudaba a maquillarse.

Salieron del restaurante tan llenos que decidieron ir al hotel donde se alojaba Guillermo dando un paseo, a pesar de que en Google Maps ponía que estaba a dos kilómetros. Cuando llevaban solo cien metros, Noelia se detuvo.

—¿Te importa que me quite los zapatos?

—¿Te hacen daño?

—Qué va —respondió ella descalzándose—, pero no quiero que se me estropeen.

Al llegar a la habitación, Noelia tenía los pies completamente negros.

Guillermo la observó sonriente mientras ella se los frotaba con ímpetu en el bidé.

—¿No se va? —preguntó divertido.

—Ya casi está. ¿Por qué no sirves un par de copas?

Noelia terminó de lavarse, se dio una ducha rápida y salió del baño con el pelo recogido en una coleta y vestida únicamente con un minúsculo tanga negro. Se acercó a Guillermo tapándose los pechos con una fingida timidez,

lo que a él le excitó todavía más. Cogió la copa que le tendió su cliente, le dio un pequeño sorbo y luego le besó con los labios humedecidos por el whisky.

—¿A ti qué es lo que te gusta? —preguntó Guillermo mirándola a los ojos.

—Que me coman el coño durante una hora y media…

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