El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 12 de 89

Páginas del PDF

El buen padre

Capítulo 12

12

Ramón Fonseca aguarda en la sala de interrogatorios de la comisaría a la que le han trasladado tras confesar que él es el secuestrador que están buscando. El comisario se acerca a hablar con los dos policías que lo observan a través del espejo de la sala contigua. Sobre la mesa están las tres fotografías que el anciano aportó como prueba de su delito.

—¿Son ellos? —pregunta el comisario señalando las fotos.

—Sí, señor —responde el mayor de los agentes—. La madre de la chica y el exmarido de la jueza lo han confirmado. De quien todavía no sabemos nada es del abogado, pero todo parece indicar que se trata de él.

—Joder —resopla el comisario—, lo mejor para empezar la semana es encontrarte con un chalado de este calibre.

—Yo no creo que esté chalado. Más bien desesperado y dispuesto a lo que sea para liberar a su hijo.

—¿Y quién cojones es su hijo?

—Gonzalo Fonseca, acusado de acuchillar a su mujer, Andrea Montero, y condenado a veinte años de prisión por ello. Según les dijo su padre a los agentes que lo detuvieron en el Congreso, está encarcelado injustamente.

—Los padres de la mitad de los presos de este país dirán lo mismo.

¿Las pruebas contra él eran sólidas?

—Lo encontraron en la misma casa que el cadáver de su mujer cosido a cuchilladas —responde el policía más joven—. Tenía las manos ensangrentadas y sus huellas estaban en el arma del crimen.

—Un inocente de manual, vamos —ironiza el comisario.

Ramón Fonseca levanta la mirada cuando los investigadores entran en la sala de interrogatorios.

—Buenas tardes, señor Fonseca.

—¿Dónde está la inspectora Ramos?

—¿Quién? —pregunta el mayor de los policías, desconcertado.

—La inspectora Indira Ramos. Les dije a los policías a los que me entregué que solo hablaría con ella.

—En esta comisaría no hay ninguna inspectora Ramos, así que tendrá que conformarse con nosotros.

—En ese caso, me acojo a mi derecho de no declarar.

El anciano baja la mirada y la fija de nuevo en la mesa de metal. Los policías, a pesar de la advertencia del detenido, se sientan frente a él y le muestran las fotografías de los tres secuestrados.

—Entendemos que esté usted enfadado y que solo quiera ayudar a su hijo, pero esta no es la manera. Una televisión grabó su detención y dentro de poco media España hablará de ello, así que lo mejor es que nos diga dónde tiene retenidas a estas personas y nos deje hacer nuestro trabajo.

El detenido se mantiene en silencio, impasible.

—Aún no ha pasado nada que no tenga remedio, señor Fonseca.

Teniendo en cuenta su edad y los motivos que le han llevado a hacer esto, estamos seguros de que el juez será indulgente con usted. Solo tiene que decirnos dónde están esas personas y enviaremos una unidad a buscarlas.

Pero Ramón Fonseca sigue sin reaccionar. Los dos policías intercambian una mirada, empezando a perder la paciencia.

—¿Por qué narices quiere hablar con esa inspectora y no con nosotros?

—Seguí su caso en los periódicos —responde al fin el anciano.

—¿De qué coño de caso habla ahora? —pregunta el mayor de los policías a su compañero, irritado.

—De lo que pasó en casa de aquel camello, ya sabes. Lo de las pruebas falsas que colocó ese agente de la UDYCO.

La respuesta pone de peor humor al policía, que vuelve a dirigirse al detenido.

—Pues si leyó los periódicos, debería saber que esa inspectora dejó con el culo al aire a un compañero.

—Fue honesta. Su compañero cometió una ilegalidad y ella tuvo la decencia de denunciarlo, a pesar de las consecuencias.

—Las consecuencias fueron que un asesino quedó libre, señor Fonseca. ¿Quién le dice que no fue precisamente él quien mató a su nuera e inculpó a su hijo?

Fonseca titubea. El policía decide apretarle un poco más.

—Su actitud es un poco hipócrita, ¿no le parece?

—Solo quiero que encuentren al verdadero culpable de…

—Condena que un buen policía haga cualquier cosa para que un asesino pague por un crimen que cometió —le interrumpe— y en cambio le

parece cojonudo secuestrar a tres inocentes para salirse con la suya.

—¡No son inocentes! ¡Les pagaron por condenar a mi hijo!

—¿Quiénes?

—Son ustedes los que tienen que averiguarlo. Por eso estamos aquí.

—¿Cómo sabe que fueron sobornados?

—Estoy seguro. Les aconsejo que no tarden en avisar a la inspectora Ramos, pierden un tiempo precioso y están en juego tres vidas.

—¿Qué quiere decir con eso? —pregunta el policía más joven, temiéndose lo peor.

—Tengo secuestradas a esas personas en diferentes lugares y todo está programado para que mueran una cada semana, empezando a contar desde este mismo momento —responde Ramón Fonseca con frialdad—. Si antes del lunes que viene a las tres de la tarde no han detenido a los verdaderos asesinos de mi nuera y se ha tramitado la orden de puesta en libertad de mi hijo, les diré dónde encontrar el cadáver de uno de los secuestrados, y lo mismo sucederá cada siete días. Si pasadas tres semanas Gonzalo sigue en la cárcel, no quedará vivo ninguno de ellos.

OceanofPDF.com