El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 47 de 89

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El buen padre

Capítulo 47

47

La inspectora Ramos está fregando su casa de arriba abajo en bragas y sujetador. No podría dormir tranquila si no lo hiciera, al menos, una vez cada tres días. Un par de años atrás tuvo que investigar el asesinato de un operario en la sala de despiece de una empresa cárnica y, al entrar en aquel lugar, se quedó obnubilada por el higiénico papel de vinilo que cubría las paredes. De todas las preguntas que formuló aquel día, menos de la mitad estaban relacionadas con el crimen. Al salir de allí fue directa a una empresa dedicada al revestimiento de espacios, eligió el mismo material con el que se protegen los quirófanos y encargó que forrasen todos sus techos, suelos y paredes. Le costó un dineral, pero ahora su lucha contra los virus y las bacterias resulta mucho más rápida y efectiva. Lo peor de tanto aislante es que se pone a sudar a mares con el mínimo ejercicio, lo que la lleva a tener que ducharse e inmediatamente después darle un repaso entero al baño. La pescadilla que se muerde la cola. Cuando llaman a la puerta, se asoma a la mirilla intentando no hacer ruido. Al descubrir al otro lado al subinspector Moreno, chasquea la lengua en señal de desaprobación.

—Sé que estás ahí, jefa —le dice Iván desde el exterior—. Veo la sombra de tus pies por debajo de la puerta.

—Ahora no puedo atenderte.

—Pues me espero a que puedas, no tengo prisa.

Indira ya empieza a conocerle y sabe que no se irá, así que va a asearse y a ponerse algo de ropa. Luego le abre e Iván sonríe como si no hubiese estado esperando en el descansillo quince minutos. Lleva un par de bolsas con el logo de un supermercado.

—¿Qué quieres?

—Traigo la cena —responde mostrando las bolsas.

—No sé a qué viene esto.

—Viene a que ayer nos invitaste a comer chino y te lo debo. Por cierto, que me di cuenta de que no probaste nada.

—No me gusta la comida china.

—Lo que no te gusta es imaginar cómo la preparan. Pero yo prometo ser escrupulosamente higiénico. ¿Me dejas entrar?

La inspectora intenta resistirse, pero algo le empuja a franquearle el paso. Iván se encamina directo a la cocina, deja las bolsas sobre la encimera y se lava a conciencia las manos antes de empezar a sacar los alimentos.

—He pensado en preparar un steak tartar y una ensalada de rúcula, tomates cherry y aguacate. Ingredientes naturales sin necesidad de mucha manipulación, ¿te parece bien?

Indira asiente observándole con curiosidad. Iván saca una caja de guantes desechables y se pone un par. Después saca una botella de vino blanco de una de las bolsas y busca en los cajones un abridor.

—Los has contaminado —dice Indira.

—¿El qué? —Iván se queda parado.

—Los guantes. No puedes ponértelos y después coger una botella que a saber dónde ha estado almacenada. Primero tienes que lavarla.

—Joder… esto es más complicado de lo que parecía.

Indira suelta una risa espontánea. Ni ella misma se lo esperaba, así que enseguida vuelve a ponerse seria, recuperando la compostura.

—¿Qué tal si te sientas y te quedas quietecito mientras yo me ocupo de la cena?

—Es que quería prepararte mi receta especial.

—Guíame si quieres.

El subinspector Moreno acepta y se sienta con su copa de vino en la esquinita donde le dice Indira. Mientras ella se resiste a seguir sus indicaciones y termina preparando un steak tartar fusionando las recetas de ambos, hablan de sus compañeros, del caso que están investigando, del policía amigo de él al que ella delató por colocar pruebas falsas («mejor no saquemos el tema») e incluso de sus respectivas historias personales.

—¿Tú no estabas saliendo con la hija de un ministro o algo así?

—Estaba, pero lo dejamos hace un par de meses. ¿Y tú? ¿No estás con nadie?

—No se me dan bien las personas.

—¿Cómo que no? Si eres facilísima de llevar…

Indira vuelve a sonreírle, a su pesar ya más relajada, tanto que —tras mucho insistir Iván— incluso le deja poner la mesa.

—Coño… —dice él al probar el steak tartar—. Pues es verdad que está mucho más rico que el que hago yo.

Cuando Indira quiere darse cuenta, ya han cenado, se han reído y están charlando en el sofá con la segunda botella de vino a la mitad. Y lo más

curioso es que, en la última hora, no se ha acordado de ninguna de sus manías. Ni siquiera se ha fijado en que Iván no pone su copa en el posavasos y deja un batiburrillo de cercos que en cualquier otro momento le hubiera puesto los pelos de punta.

—Bueno, pues ya estamos en paz —dice ella.

—¿A qué te refieres?

—Sé que te sientes en deuda conmigo porque impedí que Walter Vargas te volase la cabeza, pero después de esta cena ya no me debes nada.

—Qué barato me ha salido que me salves la vida.

Indira le sonríe una vez más, pero es una sonrisa distinta, una en la que sobran las palabras. Iván entiende lo que significa, y aunque lo desea con todas sus fuerzas, no se atreve a mover un músculo y echarlo todo a perder: empieza a conocerla y sospecha que para ella el contacto físico debe de ocupar uno de los primeros puestos de su lista de peligros potencialmente mortales. Pero no necesita acercarse más, puesto que es ella quien recorre la distancia que los separa y le besa. Después del primer beso de toma de contacto, llega otro más pasional en el que también sus manos buscan el cuerpo del otro. Cuando la excitación está a punto de conducirlos irremediablemente a la cama, Indira se retira.

—Espera… Será mejor que te marches.

—¿Estás segura?

—Sí… mañana tenemos un día complicado.

—Ha sido un placer, Indira.

—Lo mismo digo… sorprendentemente.

Lo acompaña a la puerta y, en cuanto la cierra, vuelve a ser la mujer maniática y desconfiada que suele causar rechazo en todo aquel que se cruza con ella. Durante un par de minutos trata de encontrar una explicación a por qué el sabor que todavía nota en la boca, el de los labios de otra persona, no le provoca uno de sus ataques de ansiedad. Pero no lo consigue.

Recoge y limpia una vez más la casa entera —incluso los sitios por los que Moreno no ha pasado— solo vestida con el cuarto conjunto de bragas y sujetador que ha utilizado en el día. Cuando termina, agotada, piensa en acostarse, pero como sabe que no podrá dormir, se dedica a ordenar su armario. Al cabo de dos horas, ha quedado exactamente igual a como estaba.

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