El buen padre
Capítulo 50
50
Noelia no había podido empezar mejor en la profesión: por su primer cliente, aparte de quedarse con un esmoquin de Yves Saint Laurent con solapas de satén y unos zapatos de Manolo Blahnik, de disfrutar de una estupenda representación en el teatro, de cenar en un restaurante con dos estrellas Michelin y de tener tres orgasmos, recibió un sobre con tres mil seiscientos euros en efectivo, el sesenta por ciento de los seis mil que Guillermo Torres había pagado por aquella noche que se había prolongado hasta la mañana siguiente. Pero no siempre fue tan bonito…
La mayoría de sus clientes no eran, ni mucho menos, tan atractivos y generosos como el millonario, al que no volvió a ver hasta bastantes días después. La siguiente cita fue con un corredor de bolsa de treinta y cinco años, cocainómano y sudoroso, que no se anduvo con rodeos y la citó en su hotel para follársela después de haberse metido varios gramos por la nariz y una pastilla de Cialis por la boca para ayudarle a mantener su inconsistente erección. Más tarde vinieron varios empresarios de entre cincuenta y sesenta años, un tenista a punto de retirarse, dos actores cuarentones, un matrimonio sexagenario, una ejecutiva de televisión tan sumisa en la cama como dominante fuera de ella, un par de políticos y un jugador de baloncesto de más de dos metros de altura que le provocó una fisura anal que la tuvo de baja varias semanas. Pocos la llevaban a cenar y los menos al cine o al teatro; la mayoría quedaban con ella directamente en el hotel para una sesión de sexo que podía ir desde el misionero hasta el BDSM, pasando por algunas parafilias que ella no sabía ni que existían.
Aunque estaba ganando mucho dinero y había podido dejar el colegio mayor para alquilar un apartamento cerca de la glorieta de Quevedo, Noelia se estaba olvidando de vivir.
—Llevo exactamente dos meses sin follarme a un tío por puro placer
—le dijo a Marta una noche—. Ni siquiera tú y yo nos lo montamos ya.
—Es lo que tiene —respondió su amiga encogiéndose de hombros—.
Para eso lo que deberías hacer es trabajar un poco menos.
—Tengo que aprovechar mi momento. ¿Y si dentro de unos meses conozco al padre de mis hijos y decido dejarlo todo? ¿A ti cómo te va?
—Bien. He conservado a cinco clientes fijos con los que quedo una vez al mes y ya no admito a ninguno más… a no ser que me llame Guillermo Torres, claro.
—No he vuelto a saber nada de ese cabrón. —Noelia frunció el ceño.
—A mí me hizo lo mismo, no te lo tomes a pecho. ¿Por qué no nos vamos tú y yo hoy al cine?
—Ojalá pudiera —suspiró—, pero Arancha me ha concertado una cita con un cliente nuevo. Solo espero que se corra pronto.
El nuevo cliente de Noelia era un hombre de unos cincuenta años, ni guapo ni feo, que no tenía pinta de poder llevarla a cenar a Coque. Un tipo absolutamente normal. Para extrañeza de la chica, solo la llamaba para charlar, pasear o tomar una copa, pero no le tocaba un pelo. Se convirtió en un cliente habitual que la visitaba cada tres o cuatro semanas. Las dos primeras veces le resultó extrañísimo e incluso incómodo quedar y no terminar follando, así que a la tercera Noelia se lo tomó como algo personal.
—¿No quieres que vayamos un rato a tu hotel? —le preguntó acariciándole sensualmente el muslo.
—Estoy bien, gracias —respondió él retirándole la mano.
—Si es por el dinero, olvídate. Hoy tengo una oferta.
—No tiene nada que ver con el dinero.
—Eres gay, ¿no?
—No. —Sonrió—. Si quedo contigo es porque, cuando vengo a Madrid, no me gusta estar solo.
Noelia no tuvo otra que aceptarlo, pero a medida que iban sucediéndose las citas con él, el ambiente empezó a enrarecerse. Cada vez que le preguntaba su apellido —solo sabía que se llamaba Álvaro— o a qué se dedicaba, él cambiaba de tema, evasivo. Tras media docena de citas sin sexo y con tantos temas vedados, comenzaron a quedarse sin conversación.
Él se dio cuenta e intentó acercar posturas.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—Puedes acostarte conmigo y no lo haces, así que por una simple pregunta no creo que pase nada.
—¿Por qué te dedicas a esto?
—Porque mañana mi agencia me mandará un sobre con doscientos cincuenta euros. ¿Tú sabes cuántas horas tiene que trabajar esa chica para
ganar ese dinero? —preguntó Noelia mirando a la camarera que recogía la mesa de al lado en el bar donde algunas tardes acostumbraban a tomarse un mojito.
—Ya, pero su trabajo es más…
—Cuidado con lo que dices, Álvaro —lo interrumpió Noelia con una contundencia que no había mostrado hasta entonces—. A muchas personas quizá les cueste entenderlo, pero yo considero que mi trabajo es tan respetable como cualquier otro. Solo depende del prisma social con que se mire.
—¿Qué quieres decir?
—Que en la antigua Roma los maridos iban a las saunas a chupársela a otros maridos y a todo el mundo le parecía de lo más normal. ¿Qué tiene de malo que me acueste con hombres por voluntad propia? Yo les ofrezco compañía y sexo y ellos a mí dinero. No hay que darle más vueltas.
Álvaro no pudo sino respetar su punto de vista —a pesar de que le habría gustado recomendarle que dejara aquello y viviese su juventud como una chica normal— y le propuso que hicieran un plan distinto.
—¿Sabes qué me gustaría? —Noelia lo miró con una sonrisa infantil.
—¿Qué?
—Patinar sobre hielo. ¿Te puedes creer que no lo he hecho en mi vida?
—Eso tiene fácil solución.
En el Palacio de Hielo alquilaron unos patines, protecciones para las más que seguras caídas y una taquilla donde dejar sus pertenencias. Cuando estaban a punto de salir a la pista, Noelia se dio cuenta de que no había guardado el móvil.
—Mierda. Déjame la llave de la taquilla para guardarlo, porfa.
Álvaro le dio la llave y Noelia fue a guardar su móvil. Al abrir la puerta de la taquilla, vio la cartera de su cliente y le pudo la curiosidad. La cogió y miró su DNI: Álvaro Artero, nacido en Soria. Su apellido no le decía absolutamente nada, pero sintió un extraño escalofrío que le hizo seguir rebuscando. En uno de los compartimentos encontró un recorte de periódico, ya amarillento por el paso del tiempo. Al desplegarlo y leer el titular, Noelia sintió que se quedaba sin aire: «Un camionero muere atropellado en la A-1 a cuarenta kilómetros de Soria. El conductor se dio a la fuga».
—Vamos ya a patinar, Noelia.
Noelia se volvió y, al ver su cara desencajada, Álvaro supo que pasaba algo. Bajó lentamente la mirada y vio que la chica tenía en una mano su cartera y el recorte del periódico en la otra. Entonces lo comprendió.
—¿Qué cojones es esto, Álvaro? —preguntó Noelia mostrándole el pedazo de papel—. ¿Por qué guardas la noticia del atropello de mi padre?
OceanofPDF.com