El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 75 de 89

Páginas del PDF

El buen padre

Capítulo 75

75

Hace días que Noelia Sampedro dejó de golpear las tuberías con una lata de espárragos, convencida de que nadie la rescatará. Se rindió cuando decidió no levantarse del catre para orinar en el desagüe que hay en una esquina del lugar en el que, de no haber perdido la cuenta, sabría que lleva ya veintidós días encerrada. Uno por cada año que ha vivido.

Pasa la mayor parte de las horas durmiendo, y cuando despierta vuelve a sentir la soledad y el miedo que le producen los ruidos provenientes del exterior. Al principio creyó que eran personas y se desgañitó pidiendo ayuda, más tarde animales e intentó no hacer demasiado ruido para no revelar su presencia, y ahora prefiere no pensar en qué diablos será lo que no la deja descansar, pero por si acaso procura no abrir ni la boca ni los ojos. Se estremece cuando oye de nuevo esas pisadas en el techo. Está segura de que son reales, de que no ha perdido la cabeza ni son producto de su imaginación. El problema es que en ocasiones las oye dentro de su propia celda. Una vez incluso sintió que alguien pasaba por su lado y le rozaba el brazo, y juraría que entonces estaba despierta.

Desde hace un buen rato siente que se está deshidratando y mira las botellas de agua apiladas junto a la puerta, a menos de un metro de distancia. No tendría ni que levantarse, con solo alargar el brazo aplacaría la sed. Y sin embargo, duda de si coger una. Ya se ha bebido la mayoría, pero aún tiene suficientes para sobrevivir durante unas semanas.

El horror.

Si se hidrata, el agua hará que desaparezcan esas agujas que se le clavan en la garganta y aliviará ese terrible dolor de cabeza, pero a cambio prolongará su tormento a saber cuánto tiempo más. Después de algunos minutos de vacilación, decide seguir sufriendo y bebe por su madre, por Pablo y por el corazón de su padre, que contra todo pronóstico aún sigue latiendo. Enseguida siente el alivio del líquido tomando posesión de todos los rincones de su cuerpo. Su estómago, vacío desde hace días, ve una oportunidad y ruge pidiendo alimento. Noelia se toma un rato más y por fin abre la lata de espárragos con la que intentaba avisar de su presencia allí.

Una muestra más de que ha perdido toda esperanza de salir de ese lugar.

Igual que hizo tres semanas antes el abogado Juan Carlos Solozábal, observa el filo de la tapa de hojalata y piensa en terminar con todo de una vez, pero no reúne ni el valor ni las fuerzas necesarias para suicidarse, y menos cortándose las venas. Si tuviera una pistola a mano ya se habría volado la tapa de los sesos, pero desangrarse lentamente no es el final que desea.

En el exterior de la celda de Noelia Sampedro, junto a un pequeño generador oculto debajo de unas mantas que amortiguan su sonido, el temporizador conectado a una botella de monóxido de carbono apura su cuenta atrás. Ya queda menos de una hora para que llegue a cero y libere el gas.

OceanofPDF.com