El buen padre
Capítulo 10
10
Mientras esperan a que el juez tramite la orden de detención contra el colombiano Walter Vargas como sospechoso del asesinato de la maleta en el parque del Retiro, la inspectora Ramos y la subinspectora Ortega deciden ir a hablar con Rodrigo Blanco —el supuesto amante de la víctima, Alicia Sánchez— a la piscina municipal Huerta Vieja, en Majadahonda, a unos veinte kilómetros de Madrid. El encargado de mantenimiento, un hombre con barba de hípster que está concentrado en escribir a mano una obra de microteatro, mira a las policías de arriba abajo, más molesto porque le interrumpan en plena inspiración que impresionado por las placas que le enseñan.
—¿Van a detener a Rodri? Si es muy buen chaval…
—No vamos a detener a nadie, solo queremos hablar con él.
—Pues entonces vayan por las gradas, aunque ahora no sé si podrá atenderlas. Creo que está con bebés en la piscina pequeña.
Las dos policías atraviesan una puerta de cristal y llegan a las gradas, prácticamente vacías un lunes a la hora de comer. Por las tardes deben de estar llenas de los padres y, sobre todo, de los sufridos abuelos de los nadadores, que recargarán todavía más el ya de por sí caluroso ambiente.
Detrás de un muro que separa una piscina de veinticinco metros y seis calles donde nadan una docena de personas guiadas por tres monitores, hay otra más pequeña, en la que está Rodrigo Blanco con cuatro bebés y sus madres. El chico, de uno ochenta de estatura, moreno, con dentadura blanca y un cuerpo definido sin un gramo de grasa, sonríe a las madres y a sus hijos por igual, aunque parece caerle mejor a ellas.
—Joder… —dice la subinspectora Ortega—. Alicia Sánchez no tenía mal gusto.
—Yo no me acostaría con ese en la puta vida —responde la inspectora
—. ¿Tú sabes la cantidad de bacterias y hongos que llevará encima después de pasarse horas a remojo en una piscina llena de mocos, meados y alguna que otra cagada?
—Eres la hostia, jefa. —Ortega cabecea asqueada.
La inspectora le dice a una joven monitora que avise a su compañero.
Al chico le cambia la cara al saber que la policía está allí y les pide que le esperen en la cafetería mientras se seca y se pone algo de ropa. Al cabo de diez minutos, aparece con un uniforme de monitor, chanclas y cara de susto.
—Tenemos entendido que te veías con ella —dice la inspectora después de anunciarle que han encontrado el cadáver de Alicia Sánchez dentro de una maleta.
—¿Muerta? —pregunta el monitor conmocionado, tratando de asimilar la noticia.
—Me temo que sí.
La sorpresa del chico da paso a un profundo sentimiento de culpa.
Debió decirle a Alicia que esperasen a que todo se calmase para volver a quedar, pero deseaba con toda su alma hacerle el amor en la lujosa habitación de hotel donde solían verse e insistió en que despistase a los guardaespaldas. Él era consciente de que su historia no tenía futuro, pero ella hacía que se sintiera importante, y a eso cuesta renunciar. Las policías le dan unos segundos para que lo procese y retoman el interrogatorio.
—Ahora necesitamos que te centres y nos digas cuándo fue la última vez que la viste, Rodrigo.
—Hasta que desapareció hace dos semanas, venía con los niños los martes y los jueves, pero a solas, sin sus guardaespaldas, hará más o menos un mes.
—¿Te dijo por qué necesitaba llevar protección?
—Creo que su marido tenía problemas con un socio y les había amenazado, pero no sé mucho más.
Las preguntas que le formulan al monitor confirman punto por punto la declaración del viudo. Asegura que llevaba casi un año acostándose con Alicia y que ella jamás se refirió a su marido como alguien violento capaz de hacerle daño. La inspectora Ramos recibe un mensaje en su móvil.
—Ya tenemos la orden.
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