El buen padre
Capítulo 24
24
Mudarse a Madrid para estudiar Comunicación Audiovisual y escapar del pueblo donde la consideraban una zorra por haberse acostado con la mayoría de los hombres con edades comprendidas entre los dieciséis y los veinticinco años fue un alivio para Noelia. Después de su primo Javi y de Pablo, llegaron algunos más del instituto, varios camareros de la mayor discoteca de Cercedilla y un par de hombres casados, entre ellos el tío de Pablo, al que se folló en el sofá de cuero del despacho del taller, igual que a su sobrino. El problema es que la mayor parte de ellos —incluidos los casados, en una demostración de la infinita estupidez masculina— se dedicaron a contárselo unos a otros, lo que provocó más de un enfrentamiento. Incluso hubo un intento de asesinato por parte de Lucas, un compañero de clase que aseguraba haberse enamorado perdidamente de ella, a Leandro, el dueño del estanco.
No es que a Noelia le importasen mucho los comentarios, pero no dejaba de resultar incómodo que la menospreciasen, sobre todo las mujeres que no eran tan agraciadas ni se atrevían a vivir su sexualidad con tanta naturalidad.
Mientras iba en autobús de camino al colegio mayor donde se alojaría durante su primer año en la universidad, se planteó la posibilidad de seleccionar un poco mejor a los chicos con los que se acostaba, de valorarse un poco más, como solía decirle su madre, pero se dio cuenta de que estaba muy a gusto siendo como era y haciendo lo que hacía. ¿Por qué debía renunciar al sexo cuando no solo le encantaba, sino que también se le daba de maravilla? Además, jamás podría serle fiel a un hombre, pues en cada uno de ellos buscaba una cosa distinta.
Al día siguiente, nada más entrar en clase, sintió una especie de vértigo. Llevaba mucho tiempo deseando dejar el pueblo, pero temió no encajar con aquellos chicos y chicas llegados de toda España. Buscó un lugar discreto donde sentarse y se puso a consultar el horario de clases que le habían dado en secretaría.
—Perdona, ¿está ocupado?
En ese momento, Noelia comprendió que tendría que acostumbrarse a no ser la más guapa del lugar, o al menos no la única. La estudiante que tenía delante quizá no la superase en belleza, pero sí en estilo. Noelia había visto la chaqueta militar que llevaba en un catálogo de The Extreme Collection y costaba alrededor de cuatrocientos euros, y eso por no hablar de los vaqueros Diesel skinny y los botines de Isabel Marant.
—Pregunto si el sitio está ocupado —insistió la chica.
Noelia reaccionó y quitó sus libros del asiento.
—No, perdona.
Se sentó a su lado y sonrió a Noelia, algo a lo que no estaba acostumbrada. Desde que había descubierto el sexo y el poder que tenía sobre los hombres, perdió a todas sus amigas, que empezaron a considerarla una apestada.
—Soy Marta, encantada.
—Noelia.
Se dieron dos besos y Noelia tuvo la certeza de que el perfume que llevaba también costaba una fortuna. Por primera vez en su vida, se sintió insignificante frente a otra chica de su edad.
—¿Eres de Madrid? —preguntó Marta.
—De Cercedilla, un pueblo de la sierra. ¿Y tú?
—Nací en Bilbao, pero llevo viviendo aquí desde los tres años.
¿Vuelves todos los días a dormir a tu pueblo?
—Qué va —dijo Noelia negando con la cabeza, aliviada—. Por suerte he podido cogerme una habitación en un colegio mayor.
—Mejor. Yo estoy en un apartamento alquilado.
En realidad el apartamento de Marta era un dúplex de ciento veinte metros cuadrados con una terraza de cuarenta, todo decorado con un gusto exquisito y con vistas al Parque del Oeste. Desde el primer fin de semana de clase se celebraron fiestas en las distintas facultades y, como era previsible, muchas terminaron allí. Una de las primeras a las que Noelia asistió estaba organizada por los alumnos de la Facultad de Medicina. Si la gente de la calle supiese lo que hacen algunos de sus futuros médicos bajo los efectos del alcohol y las drogas, se pasaría de inmediato a la homeopatía. Lo bueno de aquellas fiestas era que en ellas se mezclaban estudiantes de todas las carreras relacionadas con la sanidad: médicos, enfermeros, odontólogos, psicólogos, podólogos y hasta veterinarios. En aquella ocasión solo una
veintena de elegidos se trasladaron al apartamento de Marta desde el descampado donde se habían instalado barras con todo tipo de bebidas, grifos de cerveza patrocinados por las mejores marcas y puestos de comida.
Entre ellos estaba Noelia, que se había convertido en el objetivo de dos futuros médicos, un aspirante a veterinario, otro que cursaba tercero de Odontología y un podólogo al que solo le quedaban dos asignaturas para terminar la carrera.
—El problema —le dijo a Marta en el baño mientras esta preparaba dos rayas de coca sobre el lavabo— es que el que más me pone es el podólogo.
—¿Y?
—Pues que los zapatos que me prestaste el otro día me han hecho un callo.
Las dos se miraron y estallaron en carcajadas.
—A lo mejor se pone cachondo limándotelo.
Marta sacó un turulo de metal de su bolso de Prada y esnifó una de las rayas. Se lo pasó a Noelia, que se agachó para meterse la suya. Cuando la excitación de la droga surtió efecto, Marta le agarró el culo con ambas manos.
—¿Te han dicho alguna vez que tienes el mejor culo de todo Madrid, Noe? —preguntó provocadora.
Noelia se volvió sorprendida. Nunca había estado con una chica, pero sabía que tarde o temprano ocurriría. Muchas veces se masturbaba pensando en ello y supo que había llegado el momento de realizar sus fantasías. ¿Y con quién mejor que con alguien con tanta clase como Marta?
—Fíjate que lo mismo pienso yo del tuyo —dijo al fin.
Marta se chupó un dedo y recogió con él los restos de cocaína que habían quedado en el lavabo. Lo llevó a la boca de Noelia, que lo saboreó mirándola a los ojos. Cuando retiró el dedo, sus labios se aproximaron. El primer beso que Noelia le daba a otra mujer le resultó tan extraño que estuvo a punto de rechazarla, pero Marta la sujetó por la nuca y Noelia se dejó llevar. Se besaron y acariciaron hasta que Marta se separó, ya con algunos botones de la blusa desabrochados.
—¿Quieres que llamemos a tu podólogo para que se una a la fiesta?
—Otro día —respondió Noelia excitada.
Ambas se desvistieron con urgencia hasta quedarse desnudas. El cuerpo de Marta no era tan perfecto como el de Noelia y, aunque siempre
pareciese estar por encima del bien y el mal, por primera vez mostró cierta inseguridad.
—Qué injusto que estés así sin pisar un gimnasio… —dijo Marta incapaz de contener la envidia.
—Follar me mantiene en forma —respondió Noelia sonriente.
Mordió los pezones de Marta y bajó besándole el vientre hasta su sexo, perfectamente depilado. Lo único que deslucía su blanca piel era un carácter chino tatuado en la ingle. Noelia se fijó en él un par de segundos y sonrió al recordar que uno de su pueblo se había pasado media vida pensando que llevaba tatuado en el brazo una profunda reflexión de Sun Tzu en El arte de la guerra, hasta que el dueño del Todo a Cien le dijo que era la carta de un restaurante.
—¿Pasa algo? —preguntó Marta extrañada.
—Nada…
Noelia volvió a centrarse y dejó atrás el carácter chino, significara lo que significase. Le abrió los labios con los dedos y hundió la boca, de la misma manera que le habían hecho a ella decenas de veces. Aunque al principio el sabor salado le pareció fuerte, pronto se acostumbró. Al cabo de medio minuto, Marta le dijo que se corría y la humedad aumentó.
—Sabes a coño —le dijo Marta excitada cuando la besó.
—¿Te gusta?
—Me vuelve loca.
Marta le dio la vuelta y Noelia apoyó las manos en el espejo, formándose una silueta de vaho y de excitación alrededor de ellas. Su amiga se arrodilló y besó cada centímetro de su piel con deseo, lo que provocó en Noelia un sorprendentemente rápido orgasmo. Cuando salieron del baño, más de una hora después, ya no había rastro de médicos, veterinarios o podólogos.
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