El buen padre
Capítulo 44
44
Para alguien como el empresario Sebastián Oller, saber que ha ido a visitarle la policía nunca es una buena noticia. Cualquier persona normal tendría, al menos, una ligera sospecha del motivo, pero él necesita sentarse tras su escritorio y pensar antes de dejar que los agentes entren en su despacho. En estos casos, la secretaria tiene orden de decir que está en mitad de una reunión vía Skype y que, en cuanto termine, los recibirá.
Necesita ganar tiempo para que su jefe llame a su abogado y este le informe de las causas que tienen abiertas para evitar que puedan cogerle en un renuncio. Después de diez minutos en los que descartan delitos penales —
en ese caso los policías no habrían esperado fuera, aunque estuviera en conferencia con la Luna—, el empresario comunica a su secretaria que puede dejarles pasar.
—Siéntense, agentes —les dice con una amable sonrisa después de que los policías se hayan presentado—. ¿Quieren beber algo?
—No, gracias —responde la inspectora Ramos.
—Pues yo una Coca-Cola Zero sí que me tomaba —dice el subinspector Moreno con desparpajo—. Con una rodaja de naranja, si puede ser, que el limón me da acidez.
—Ya me encargo yo, Marisa —le dice el empresario a su secretaria.
La secretaria sale y, mientras Sebastián Oller se dirige a su surtido mueble bar y le sirve el refresco a Moreno, Indira censura a su compañero con la mirada, pero este no se da por aludido, como si la cosa no fuese con él.
—¿Quiere que le eche un chorrito de ron, agente? Un socio mío acaba de regalarme una botella de Zacapa Centenario que es una maravilla.
—Estamos de servicio —se adelanta su jefa, temiendo que vaya a aceptar.
—Me quedaré con las ganas —dice Moreno resignado—, pero a unas gominolas de esas que veo por ahí no le voy a decir que no.
Todo el acercamiento que se había producido entre los dos policías se va al traste en un momento. La inspectora no puede con él, nadie en este mundo le cae peor.
—Pues si no nos falta nada —dice el señor Oller después de entregarle su bebida a Moreno y ponerle delante un platito lleno de gominolas, del que el policía picotea sin pudor—, díganme en qué puedo ayudarles.
—No sé si está usted enterado de que hemos reabierto el caso de Andrea Montero —comenta la inspectora Ramos, tratando de ignorar a su compañero.
—Lo he visto en televisión, sí. —Oller chasquea la lengua, fingiendo que sigue muy afectado por ese asunto—. Su asesinato fue un golpe durísimo para nuestra pequeña familia.
—¿Tenía mucho trato con ella? —Nada más formular la pregunta, el subinspector se quita un trozo de gominola de la muela con la uña del meñique.
—No es que fuésemos íntimos, pero llevaba varios años trabajando para mí y manteníamos un trato muy cordial. Yo, por mi parte, estaba muy contento con su trabajo. Y creo que ella también era feliz aquí.
—Hasta unas semanas antes de morir… —apunta la inspectora.
—¿Perdón?
—Según tenemos entendido, en las últimas semanas Andrea Montero tuvo algunos problemas en la obra que llevaba en Toledo, la de los chalés que están construyendo en un campo de golf igual al de…
Los tres segundos que Sebastián Oller tarda en completar su frase hacen comprender a los policías que le han cogido con el pie cambiado.
—Augusta —dice al fin.
—¿Qué le pasó exactamente, señor Oller?
La mente del constructor va a toda velocidad. Tiene que improvisar una respuesta creíble que cierre para siempre esa línea de investigación o podría salir a la luz algo que no solo le arruinaría, sino que seguramente, y esta vez sí, haría que pasara muchos años en la cárcel. La mirada inquisitiva de ella, sumada a la no menos curiosa de él mientras hace el ruido típico de quien mastica gominolas, no dejan que se concentre como quisiera.
—¿Quién les ha dicho que Andrea tuvo problemas? —pregunta Oller intentando ganar un poco de tiempo.
—Como comprenderá, eso no vamos a chivárselo —responde Moreno con condescendencia.
—De momento esto es una charla amistosa, señor Oller —añade la inspectora Ramos, atravesándolo con la mirada—, pero si no nos responde
inmediatamente, se convertirá en algo más formal y tendremos que poner patas arriba su empresa.
—Está bien, se lo diré… —El empresario parece rendirse—. Al poco tiempo de iniciar las obras nos dimos cuenta de que el proyecto era demasiado grande para que lo llevase Andrea sola y no admitió que le pusiéramos a alguien que la supervisara.
—Entonces ¿solo era una cuestión de ego? —pregunta la inspectora con incredulidad.
—Al principio sí, pero después empezó a pedir cosas que no podíamos darle.
—¿Como por ejemplo?
—Quería que le doblásemos el sueldo, y para ello no dudó en tratar de chantajearnos.
—¿Con qué?
Sebastián Oller suspira, como si confesarlo fuese lo más difícil que ha hecho en su vida.
—Cuando vendimos el proyecto, no éramos los propietarios de todos los terrenos. Había un hombre, un agricultor, que se negaba a deshacerse de su finca. Hace unos meses por fin cerramos el acuerdo, pero en aquel entonces podrían habernos parado la obra, con un enorme coste para nosotros. Andrea amenazó con hacerlo público.
—Y por eso mandó que la mataran, ¿no?
—¡Por supuesto que no! —Oller se revuelve indignado—. Ni yo ni nadie de mi empresa tuvimos nada que ver con su muerte.
La inspectora Ramos le observa en silencio, tratando de adivinar si dice la verdad. El relato que les ha hecho en parte encaja con lo que les contó la amiga de la víctima sobre los documentos que esta quería enviarle, pero a no ser que recibiera amenazas de muerte, no se explica el miedo que supuestamente tenía Andrea.
—Una última cosa, señor Oller —dice la inspectora—. Hemos oído que es usted un gran aficionado al póquer.
—No es ningún delito, que yo sepa.
—En absoluto. Solo queremos saber si coincidió en alguna partida con la jueza Almudena García, la que acaba de ser encontrada muerta.
Por segunda vez durante el encuentro con los policías, el empresario se sorprende del tino de sus preguntas, pero sabía que algún día podían abordar ese tema y, con el aplomo de todo buen mentiroso, responde:
—Nunca, inspectora. Ni siquiera sabía que esa señora jugase al póquer.
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