El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 52 de 89

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El buen padre

Capítulo 52

52

Durante los primeros días, la guerra entre colombianos y rumanos dentro de la cárcel se limita a miradas desafiantes y algún insulto susurrado cuando los miembros de uno y otro grupo se cruzan en el comedor, en el patio o en las duchas, pero todavía no ha corrido la sangre. Y esa tranquilidad es la que más inquieta a Walter Vargas.

—Van a atacar a ese güevón —le dice a Fabián mientras observa cómo Gonzalo Fonseca sirve un puré de patatas grumoso y unos guisantes resecos a los reclusos que hacen cola en el comedor.

—Pues que le ataquen, jefe —responde el sicario sin dejar de llevarse cucharadas de puré a la boca—. ¿Qué le importa a usted?

—Tengo un trato con él.

—¿No me va a decir a qué acuerdo han llegado?

—Lo sabrás a su debido tiempo, Fabián. Pero para que lo cumpla necesito que siga vivo cuando salga de aquí.

—Si sale… En televisión dicen que su papá ha perdido la cabeza y que Fonseca sí que mató a su mujer.

—Eso está por ver.

—¿De verdad cree que es inocente? —Fabián mira a Gonzalo con curiosidad, con el morbo de pensar que realmente allí dentro hay alguien condenado injustamente.

—Eso a mí me importa una mierda. Pide trabajo en la cocina, a partir de mañana no quiero que te separes de él en todo el día.

—No me joda, jefe —protesta el sicario—. ¿Qué carajo pinto yo en la cocina?

—Te hago a ti responsable de su vida, Fabián. Ese hombre tiene una deuda conmigo y quiero que la salde, ¿lo escuchaste bien?

Fabián asiente, no le queda otra.

—Tiene cojones, puto payo. —Adonay aprieta con dos dedos uno de los guisantes que Gonzalo le ha servido—. Si parecen balines… Dame una pistola de aire comprimido y aquí dentro no queda nadie vivo.

—Es lo que hay. —A pesar de las circunstancias, el gitano ha logrado arrancarle a Gonzalo una sonrisa—. Y reza para que por la noche no saquemos los que sobren.

—Y después se preguntan por qué no tenemos dientes…

—Fonseca, teléfono —le dice un funcionario a Gonzalo.

Gonzalo se quita el mandil y sigue al funcionario hasta el teléfono, impaciente. Lleva ya más de diez días esperando hablar con su padre y por fin les han dado permiso. Sabe que esa llamada la escucharán al menos veinte personas, pero tampoco puede esperarse otra cosa cuando su padre se ha convertido en un asesino confeso que ya se ha llevado por delante a una jueza y amenaza con acabar en los próximos días con la vida de dos personas más.

—Papá, ¿cómo estás?

—Bien, hijo. —La voz de Ramón Fonseca suena a ultratumba, como si ya llevase muerto mucho tiempo.

—Tienes voz de cansado. ¿Te tratan bien?

—Esta gente no me deja dormir demasiado, aunque no puedo culparles por ello. Al menos ya están buscando al asesino de Andrea.

—La has armado buena, papá.

—Te dije que te sacaría de ahí costara lo que costase.

—La policía me repite todos los días que te pida que acabes con esto y que les digas dónde tienes secuestradas a esas personas.

—Diles que ya no hay vuelta atrás, que la única manera de salvar al abogado y a esa chica es retirar todos los cargos contra ti.

A Ramón Fonseca le cuesta mantener la concentración después de tantos días de interrogatorios y la conversación entre padre e hijo no resulta demasiado fluida. Después de unos minutos en los que el viejo le pide que no pierda el ánimo y le promete que él se mantendrá fuerte, Gonzalo se despide con la sensación de que esta vez es para siempre, que ya nunca volverá a verle con vida.

Gonzalo está rebozando varias decenas de kilos de pescado —que pretende pasar por merluza, pero que él apostaría que no ha visto el mar en su vida—

cuando Fabián se presenta en la cocina con cara de muy mala leche.

—¿Qué haces tú aquí? —pregunta Gonzalo sorprendido.

—Soy tu niñera, culicagado. Pero desde ya te digo que no pienso meter las manos en el pescado, ¿me oyes?

La presencia de Fabián en la cocina le supone una carga, pero no será Gonzalo quien la rechace; si Walter Vargas se toma tantas molestias es porque tiene la seguridad de que los rumanos van a ir a por él. Desde el incidente en el patio no han vuelto a molestarle y sabe que es cuestión de días que aparezcan para reclamarle su deuda.

Sus temores se cumplen al día siguiente cuando, tras regresar del frigorífico con una caja de sanjacobos congelados para el almuerzo, se encuentra a Gheorghe esperándolo junto a dos de sus hombres, que tienen inmovilizado a Fabián con un enorme cuchillo debajo de la barbilla. Al colombiano se le ha borrado su fiereza habitual de un plumazo y en su cara solo se refleja el terror del que sabe que está a punto de morir a manos de dos presos que nunca saldrán de allí y que, por tanto, no tienen nada que perder.

—¿Pensabas que nos habíamos olvidado de ti?

—Si nos hacéis algo, el señor Vargas irá a por todos vosotros, Gheorghe.

—¿Crees que le tengo miedo?

El traficante le hace una seña al sicario que sujeta el cuchillo, que con un rápido movimiento se lo clava a Fabián hasta la empuñadura. El filo parte por la mitad el ojo izquierdo del colombiano, inyectándoselo literalmente en sangre. Antes de que pueda siquiera gritar, el arma sigue su trayectoria y se incrusta en el cerebro. En un primer momento, su cuerpo se queda rígido, pero al instante se desmadeja y se desploma como un fardo.

—Dame el cuchillo —dice el otro sicario con la excitación del que ya ha olido la muerte—. Este me toca a mí.

El asesino de Fabián le entrega el arma ensangrentada a su compañero.

—Debiste pagarme mis siete mil euros —dice Gheorghe antes de salir de la cocina, procurando no pisar el charco de sangre que va formándose lentamente bajo la cabeza del colombiano.

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