El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 67 de 89

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El buen padre

Capítulo 67

67

Desde que sufrió la agresión en la cocina, Gonzalo Fonseca procura exponerse lo menos posible y pasa las horas muertas encerrado en su celda, vigilante. Sabe que Gheorghe volverá a atacarle, y esta vez con más fiereza por haber perdido a uno de sus hombres de confianza. Lo primero que hizo al día siguiente del ataque fue cumplir su palabra y negoció una exclusiva con un programa de televisión para poder pagarle la mejor defensa posible a su amigo Adonay. Es de bien nacidos ser agradecidos.

Cuando le anuncian que tiene visita imagina que será su abogado, las mismas policías que ya fueron a visitarle cuando su padre se entregó unas semanas atrás o incluso algún miembro del programa de televisión para hacerle la entrevista previa a la oficial que ya le anunciaron que entraba en el lote, pero al hombre que está esperándolo no lo había visto en la vida.

—¿Quién es usted?

—Mi nombre es Salvatore Fusco.

Gonzalo no necesita preguntar más para saber que tiene delante al mafioso italiano que ordenó darle la paliza a su padre, al que, por más que lo ha solicitado, no le permiten visitar en el hospital. Se sienta frente a él, precavido.

—¿Qué quiere?

—Verá… la locura de su padre me ha metido en problemas muy graves, señor Fonseca. Secuestró a la persona equivocada, un abogado que tenía en su poder algo que me pertenece y que deseo recuperar.

—Yo nada tengo que ver con lo que ha hecho mi padre.

—¿Está seguro de que él no tiene lo que es mío y le ha dicho dónde lo guarda?

—No sé de qué me habla.

—Tengo amigos en la policía y me han comentado que no ha querido usted convencerle de que dijera dónde estaban los secuestrados.

—Que esto haya sido cosa suya no significa que no me haya beneficiado, señor Fusco. Gracias a lo que ha hecho mi padre, se ha reabierto mi caso y tengo la esperanza de que por fin se demuestre mi inocencia.

Salvatore Fusco lo escruta largo rato, intentando descubrir si le dice la verdad. Él ha tratado con muchos mentirosos y sabe distinguirlos con solo mirarlos a los ojos. Para su contrariedad, en Gonzalo Fonseca únicamente encuentra franqueza.

—Espero que no se le ocurra engañarme, señor Fonseca. Si algún día ciertos documentos vieran la luz, usted correría la misma suerte que su padre.

Salvatore Fusco se levanta y se marcha sin añadir una palabra.

Gonzalo resopla, resignado. Pasó de llevar una existencia tranquila casi sin meterse en problemas a ser condenado por el asesinato de su mujer y ahora a estar amenazado por un mafioso italiano, por otro rumano y en deuda con un tercero colombiano. Lo mejor de cada casa.

Al regresar a su celda, se encuentra a un colombiano sin camiseta vigilando la entrada. Cuando pasa por su lado, este le fulmina con la mirada, seguramente culpándole por la muerte de su compañero Fabián. En el interior, Walter Vargas está curioseando entre sus pertenencias con la única mano que le queda. Al verlo entrar, sonríe con amabilidad y devuelve una novela a la estantería.

—¿Te gusta leer?

—Cuando estaba en libertad no disponía de demasiado tiempo para ello, pero aquí he descubierto que sí.

—La cárcel suele sacar lo peor de cada persona, pero en ocasiones también aporta cosas buenas, ¿no te parece? Entre ellas tiempo de ocio.

—Sinceramente, preferiría divertirme lejos de aquí.

—Ya me lo imagino… —Vargas sonríe—. Aunque deberías plantearte escribir tu propia historia. Hasta el momento tu vida es muy interesante.

Gonzalo Fonseca le mira cauteloso, sin saber adónde quiere ir a parar.

—¿Has pensado ya en lo que harás cuando te suelten?

—Supongo que intentar empezar de cero, buscar un trabajo…

—Después de cumplir tu parte de nuestro acuerdo, claro está.

Gonzalo sabe que lo último que le conviene es perder la protección de Walter Vargas allí dentro, pero tiene que desvincularse como sea del compromiso que adquirió con él.

—Le prometí que le vengaría por lo que le hicieron —dice mirándole el muñón—, siempre y cuando usted me protegiera a mí aquí dentro, señor Vargas. Y no fueron sus hombres los que me salvaron el pellejo el otro día.

—Te lo estoy salvando ahora, m’hijito. ¿O es que prefieres que le haga saber a ese rumano hijueputa que estás solo?

A Gonzalo Fonseca no le queda más remedio que negar con la cabeza.

—No te oigo, muchacho. Quiero escucharte decir que nuestro acuerdo sigue en pie y que no me fallarás.

—Sigue en pie… —Gonzalo se rinde—, aunque creo que debería ponerme más protección si pretende que lo cumpla. Estoy seguro de que Gheorghe vendrá de nuevo a por mí.

—Tú no te preocupes por Gheorghe. Nadie que mate a uno de mis hombres se va de rositas.

Un chico con gafas y pinta de no haber roto un plato en su vida está fregando el pasillo de la enfermería. Si los guardias se hubieran fijado en él, se habrían dado cuenta de que lleva diez minutos frotando las dos mismas baldosas. Cuando ve salir al médico, sujeta la puerta con el palo de la fregona y entra. En la única cama ocupada está el rumano al que Gonzalo Fonseca hundió el pómulo de un sartenazo. Fue trasladado al hospital y operado de urgencia, pero hace unas horas que ha sido devuelto a la cárcel para su recuperación. El chico se le acerca mientras duerme y le quita una de las almohadas de debajo de la cabeza. El sicario abre los ojos y enseguida comprende qué está pasando. Quiere gritar pidiendo ayuda, pero el vendaje que le comprime la cara le impide abrir la boca más que para alimentarse a través de una pajita.

—El señor Walter Vargas te envía recuerdos.

El asesino le pone la almohada sobre el rostro y presiona hasta que, al cabo de treinta segundos, el rumano deja de luchar. Después, devuelve la almohada a su sitio y se marcha sin que nadie se haya enterado de lo ocurrido.

A Gheorghe le espera un final bastante menos plácido…

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