El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 30 de 89

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El buen padre

Capítulo 30

30

Ni Noelia ni Marta eran lesbianas, así que sus encuentros sexuales se limitaron a algunos fines de fiesta en los que ambas se habían pasado con la coca. Para las dos era un alivio disfrutar de sus cuerpos sin reproches ni exigencias. Simplemente eran dos amigas a las que, de vez en cuando, les gustaba acostarse juntas.

Una noche de principios de diciembre, Noelia se presentó en casa de su amiga. Marta tardó en abrir, pero tras varios timbrazos apareció en la puerta sofocada y solo vestida con un camisón de seda casi transparente.

—¿Qué haces aquí? —preguntó sorprendida.

—En el colegio mayor se ha roto la calefacción y hace un frío que pela. ¿Puedo quedarme esta noche? Mañana tengo examen y necesito dormir un poco.

Marta dudó mirando hacia el interior. Noelia se dio cuenta de que había llegado en mal momento e hizo amago de marcharse.

—Estás ocupada, lo entiendo. No te preocupes, que me voy a estudiar un rato a la biblioteca y me pondré dos pares de calcetines para dormir.

—No digas tonterías. Pasa y espérame en la cocina. Pero no hagas ruido, por favor.

Marta la agarró del brazo y la encerró en la cocina. Noelia se comió los restos de la fiesta del fin de semana que encontró en la nevera e intentó estudiar, pero al cabo de media hora oyó voces en el salón y no pudo resistirse. Entreabrió la puerta y vio que Marta se despedía de un hombre trajeado mucho mayor que ella. Aunque era atractivo y estaba bien conservado, debía de rondar los cincuenta. Cuando se marchó, Noelia cerró la puerta y corrió a la mesa a fingir que estudiaba. Al entrar su amiga, sonrió con inocencia.

—He cogido pizza y Coca-Cola de la nevera, espero que no te importe.

—Ya sabes que estás en tu casa.

Marta se sirvió una copa de vino blanco y notó la mirada de su amiga clavada en la nuca. Noelia se moría de ganas de preguntarle mil cosas, pero optó por morderse la lengua. Al girarse, Marta sonrió observándola.

—Mi abuela siempre decía que las cosas que se guardan dentro terminan emponzoñándote…

—¿Quién era ese tío? —preguntó Noelia de sopetón.

—Un amante.

—¿Tienes amantes de sesenta años?

—Tiene cincuenta y dos, no exageres. Además, los maduros follan mejor, son mucho más guarros que los tíos de nuestra edad, que solo se preocupan por mirarse los músculos en los espejos y correrse rápido para ir a jugar a la play con los colegas.

—¿De dónde lo has sacado?

—Hace unos meses me hicieron un control de alcoholemia y necesité un abogado, eso es todo —improvisó Marta.

—¿Es abogado?

—Ya te he dicho que sí, joder —zanjó cortante.

Noelia comprendió que a Marta le incomodaba hablar del tema y decidió no preguntar más.

—¿Por qué no estudias mientras preparo algo de cenar y después vemos una peli en la cama? —propuso Marta intentando rebajar la tensión.

—Vale, pero desde ya te digo que hoy no tengo el coño para fiestas.

—Yo tampoco, no te preocupes —respondió Marta, divertida.

Aunque Noelia tuvo claro que la presencia de aquel hombre en casa de su amiga era sumamente rara, en las siguientes semanas no volvieron a hablar de ello. Pero la tarde de Nochebuena ocurrió algo que hizo que empezase a atar cabos. Las dos amigas estaban de celebración con sus compañeros de clase en un bar cercano a la universidad cuando sonó el móvil de Marta. A la chica le cambió la cara, lo que no pasó desapercibido para Noelia, y contestó.

—Ya salgo. —Colgó y, mientras recogía sus cosas y dejaba un billete de veinte euros sobre la mesa, les dijo a sus compañeros—: Bueno, yo me largo. Han venido a buscarme mis padres. No bebáis mucho que después no cenáis.

—Espera. —Noelia se levantó con ella—. Me gustaría saludar a tus padres.

—Tenemos un poco de prisa, Noe —dijo Marta tensa—. Además, ¿tú no deberías coger ya el autobús para tu pueblo?

—Será solo un minuto. Tengo muchísima curiosidad por conocerlos.

—He dicho que no, coño —respondió con brusquedad. Al darse cuenta de lo borde que había sido, relajó el gesto—. Perdona, tía. Es que me obligan a ir a cenar con mis tíos y he discutido con ellos. Mejor los conoces otro día, ¿vale?

—Vale.

—Nos vemos después de las vacaciones.

Marta la besó y salió del bar a toda prisa. Cuando Noelia se asomó a la ventana, descubrió que los padres de su amiga no eran ni mucho menos como ella había imaginado. Siempre pensó que su padre sería un alto ejecutivo con chófer y traje de cachemira y su madre, una señora elegante con abrigo de visón, pero la realidad era bien distinta: él vestía vaqueros, zapatillas viejas y una sudadera de una marca de cerveza, y ella unos sencillos pantalones negros, botas baratas y un jersey de cuello vuelto de varias temporadas atrás. Para empeorar las cosas, en lugar de junto a un flamante Jaguar, la esperaban apoyados en un Ford Focus con la chapa del capó de un color distinto al resto del coche, que pedía a gritos la jubilación.

Antes de subirse al asiento trasero, Marta se giró y miró hacia el bar, consciente de que Noelia la observaba y había descubierto su pequeño secreto.

Durante las vacaciones apenas intercambiaron un par de mensajes cargados de buenos deseos para el año que entraba, pero ambas sabían que tenían una conversación pendiente. El 3 de enero por la tarde, Noelia al fin se decidió y volvió a presentarse por sorpresa en casa de su amiga.

—¿Hoy también está rota la calefacción del colegio mayor? —ironizó Marta.

—¿Puedo entrar? —Noelia se coló sin esperar invitación y Marta la miró con cierta hostilidad—. ¿Qué está pasando, Marta?

—No sé a qué te refieres.

—A esta casa, a tu ropa, a los bolsos de cientos de euros que estrenas cada mes. ¿De dónde sacas el dinero? Y no me digas que es de tus padres, porque los vi el día que fueron a recogerte.

—Hago inversiones.

—Ese tío, el que dices que es tu abogado… te paga por acostarte con él, ¿verdad?

—Eso no es asunto tuyo —respondió Marta a la defensiva—.

Márchate de mi casa, por favor.

—Quiero hacer lo mismo.

—No digas gilipolleces, Noe. Sigue con tu vida y olvídate de esto.

—Yo también quiero tener una casa así y vestir la misma ropa que tú, Marta. Ayúdame a conseguirlo.

—¿Tú sabes lo que es dejarte manosear por dos o tres viejos todas las semanas? —preguntó Marta con amargura.

—Creo que lo soportaré. Si no, lo dejo y arreglado.

Marta la miró de arriba abajo. En la agencia en la que ella trabajaba siempre estaban buscando chicas nuevas, y Noelia era sin duda el tipo de escort a la que jamás le faltaría trabajo.

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