El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 79 de 89

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El buen padre

Capítulo 79

79

A primera hora de la mañana, Gonzalo Fonseca recibe la noticia que lleva tantos meses esperando. Su abogado, tras enterarse de que se ha cursado la orden de detención contra el empresario y constructor Sebastián Oller, ha exigido al juez que libere inmediatamente a su defendido y que le permita asistir al entierro de su padre. Gracias a la presión de los medios de comunicación, y teniendo en cuenta que Noelia Sampedro se recupera sin contratiempos de sus tres semanas de secuestro, no hay motivo para que permanezca un día más encerrado.

Durante toda la mañana su celda es un desfile de reclusos que intentan rascar algo de ropa, libros que cambiar por un par de cigarrillos o comida de la despensa. Su compañero Nelson pelea por lo que considera suyo después de tanto tiempo de convivencia, pero odia leer y la ropa no le entra ni por asomo, así que tiene que conformarse con los sobres de sopa, el jamón de York envasado y las chocolatinas. Cuando ya parecía que se había olvidado de su acuerdo con Gonzalo, aparece el manco.

—Déjanos solos, negro —le dice Walter Vargas al dominicano.

Nelson sabe que con él no puede regatear y se marcha a toda prisa.

—Al final te saliste con la tuya, muchacho —dice el narco una vez que se han quedado solos.

—Le dije que era inocente, señor Vargas.

—El precio que has pagado para demostrarlo ha sido muy alto…

—Mi padre sabía bien lo que se jugaba. Estoy seguro de que ha muerto feliz por haber logrado darme una nueva oportunidad.

—Yo por mis hijos también moriría, ciertamente.

El señor Vargas le hace una seña al hombre que vigila fuera de la celda, el único de los tres sicarios que sobrevivió al encuentro en las duchas con el rumano Gheorghe. Entra todavía renqueante y le entrega un papel a Gonzalo, donde solo hay escrito un número de teléfono.

—Agárrate una borrachera, echa un buen polvo y después llama a ese número —dice Walter Vargas.

—¿De quién es?

—Te darán lo que necesitas para cumplir nuestro acuerdo.

Gonzalo observa el papel en silencio.

—¿Algún problema?

Gonzalo lleva días pensando en desaparecer para siempre en cuanto ponga un pie en la calle y así evitar cumplir el acuerdo al que llegó con el colombiano a cambio de protección durante su estancia en prisión, pero sabe que le buscaría hasta dar con él y que su final no sería muy diferente al de Gheorghe. Además, ha descubierto que ya no está tan solo en el mundo como creía y no quiere tener que esconderse.

—Ningún problema, señor. Solo estaba memorizando el número. —

Cuando se lo ha aprendido, coge un mechero de encima de la mesa, quema el papel y lo tira al váter.

—Espero que te vaya bien, muchacho.

—Lo mismo le deseo, señor Vargas.

La sensación al pisar la calle después de más de un año convencido de que no saldría de aquel lugar hasta haber cumplido los sesenta es extraña para Gonzalo, y más aún verse rodeado de periodistas, como si fuese una estrella de rock. Por un momento se agobia y busca una vía de escape, pero los reporteros no se lo ponen fácil. Repara en un coche aparcado a unos metros desde el que una chica le mira fijamente, con curiosidad, y ambos se reconocen al instante. Corre hacia allí y sube al vehículo. No cruzan una palabra hasta que ya han salido del aparcamiento.

—Así que tú eres mi hermana…

—Así que tú eres mi hermano —responde Verónica.

Los hermanos se miran y se sonríen, contentos por haber descubierto hace pocos días que comparten genes. Durante las horas que tardan en llegar a Málaga para despedirse por última vez de su padre les da tiempo a conocerse y percatarse de que tienen muchas más cosas en común de las que podían imaginar.

Sebastián Oller está tomando una copa en uno de los salones del exclusivo club privado del barrio de Salamanca cuando entra Silvia Ribot, la amiga de Andrea Montero. Si el constructor supiera que fue ella quien puso a las investigadoras tras su pista, daría orden de liquidarla de inmediato, pero de momento las policías se han portado bien y han respetado su anonimato.

—Disculpe, señor Oller —dice Silvia con timidez—. Unas policías preguntan por usted.

Oller chasquea la lengua y apura un coñac que cuesta cuatrocientos euros la botella, consciente de que pasará mucho tiempo antes de que pueda volver a disfrutar de algo parecido; según su abogado, esta vez no le resultará sencillo librarse de la cárcel. Aunque les será casi imposible demostrar su participación en el asesinato de Andrea Montero o en el del crupier Gustavo Burgos, lo imputarán por unos cuantos delitos más, incluidos sobornos, amenazas y destrucción de patrimonio histórico. Y lo peor es que ya habrán cursado la orden de paralizar las obras del campo de golf réplica del Augusta National para buscar más restos arqueológicos en la zona. La ruina más absoluta.

Sebastián Oller siempre pensó que acabaría con él la ambición de algún socio o tal vez un asesino a sueldo contratado por alguno de sus múltiples enemigos, pero jamás se le pasó por la cabeza que su verdugo sería un puto Velázquez muerto hace más de quince mil años.

—¿Señor Oller? —insiste Silvia Ribot.

—Estoy listo —dice el empresario al fin.

Enseguida entran la inspectora Ramos y la subinspectora Ortega.

—Señoras… —Oller las saluda con una amabilidad impostada—.

Lamento no poder decir que me alegro de verlas.

—Supongo que ya sabe a qué hemos venido, señor Oller —dice la inspectora.

—Estoy al tanto, sí, aunque debo decirles que se equivocan.

—Es inocente, no diga más.

—De unas cosas sí y de otras no tanto. A ustedes no les negaré que he cometido algunas irregularidades que, según se miren, podrían ser más o menos censurables, pero jamás he matado a nadie.

—Le creo. Usted es de los que prefieren enviar a otros a hacer el trabajo sucio, ¿no?

—Dudo mucho de que puedan demostrar algo así.

—Eso ya lo veremos. Las manos a la espalda, por favor —dice la inspectora Ramos sacando unas esposas.

—¿Son necesarias las esposas? Si tiene usted un poco de humanidad, déjeme salir con dignidad. En este club hay personas que me conocen desde hace más de treinta años.

—Entonces no se sorprenderán de verle esposado, señor Oller. Es más, seguro que muchos se preguntarán por qué hemos tardado tanto.

—Y otros muchos se cagarán patas abajo —añade la subinspectora Ortega.

Las policías se miran y sonríen antes de esposar a Sebastián Oller, de leerle sus derechos y de mandarlo a la cárcel haciendo el paseíllo por delante de sus antiguos amigos, que no parecen demasiado afectados. En los círculos en los que se mueven, la ruina de unos supone nuevas oportunidades para otros.

Como en los negocios y en la cárcel, unos entran y otros salen.

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