El buen padre
Capítulo 76
76
La inspectora Ramos vuelve a hacer su rutina de contención mientras observa obnubilada el caótico tapiz de fotografías, recortes de periódico y diplomas en la pared de detrás del escritorio del juez. El magistrado, resentido tras haber tenido que echarla de su despacho la última vez que se reunieron allí, la mira con cara de pocos amigos a la vez que hojea el informe que le ha entregado y examina las fotografías encontradas en casa del crupier asesinado Gustavo Burgos.
—Que el señor Oller jugase al póquer con la jueza Almudena García no significa absolutamente nada —dice cuando termina de leerlo, lanzando con desprecio los papeles sobre el escritorio.
—Lo sé, pero hay muchas más pruebas que…
—Indicios —le corrige.
—Está bien, indicios —concede ella—. Pero reconozca que todos juntos hacen sospechar que Sebastián Oller está detrás de la muerte de Andrea Montero.
—No puedo tramitar una orden de detención contra él solo porque tenga usted una sospecha, inspectora.
—¿Y por lo de las pinturas rupestres?
—Eso me suena a cuento chino. Sinceramente, no termino de creerme que en Toledo haya habido una suerte de cuevas de Altamira.
—Tenemos la declaración del conductor de la excavadora y media mandíbula de un animal que murió hace quince mil años. Los del Museo de Ciencias Naturales han certificado que es auténtico, así que podría ordenar que lo detuvieran por destrucción de patrimonio histórico.
—¿Para tener que soltarlo a las dos horas? No, gracias.
—Tal vez esas dos horas basten para que Ramón Fonseca nos diga dónde tiene secuestrada a Noelia Sampedro —le presiona la inspectora—.
Además, también está lo del asesinato del crupier.
—Otra patraña que se ha sacado de la manga, inspectora. ¿Quién le ha contado eso? Porque no veo el nombre del testigo por ninguna parte.
—Es un confidente que, de momento, no quiere figurar.
—O sea, que podría estar inventándoselo todo.
—No ganaría nada con ello.
—Lo siento, pero estoy atado pies y manos.
—Entonces ¿dejamos que esa chica también se pegue un chute de monóxido de carbono, señor? —pregunta la inspectora, incisiva.
—Si no han conseguido encontrar a esas personas es que ustedes no han hecho bien su trabajo, inspectora —responde el juez, a la defensiva.
—Bastaría con que firmara la orden de detención para que Ramón Fonseca viera que hemos cumplido sus condiciones y acabara con esto de una maldita vez. ¡Tenemos que intentar lo que sea, joder!
El juez la fulmina con la mirada, irritado. Esa policía no le cae bien y la mandaría al cuerno de muy buena gana, pero ya han muerto un abogado y una colega y no quiere que también muera esa chica. Además, si se filtrase a la prensa que él tuvo en sus manos la posibilidad de salvarle la vida y no lo hizo por la animadversión que siente por la inspectora, su carrera se tambalearía. Y algo le dice que esa mosca cojonera con placa de policía filtraría la información solo para fastidiarle.
—No es por presionar, señor —dice la inspectora todo lo amable que puede—, pero son las dos y diez.
—¿Y? ¿Tiene que irse a comer?
—No, pero solo nos quedan cincuenta minutos para encontrar con vida a Noelia. ¿Podría firmar el papel y seguir despreciándome después?
El juez aprieta los dientes, se traga el orgullo y firma el papel. Se lo tiende a la inspectora, pero cuando esta va a cogerlo, lo retira.
—Se lo daré con una condición.
—¿Cuál?
—Que no vuelva usted por aquí en su puñetera vida, inspectora Ramos. Si tiene que pedir algo, que venga otro policía de su equipo, no quiero volver a verle el pelo nunca más.
—Hecho.
La inspectora le quita el papel de las manos y sale corriendo. El juez se recuesta en la silla sin terminar de creerse que ha logrado librarse para siempre de ese molesto grano en el culo.
La inspectora Ramos y la subinspectora Ortega entran a la carrera en el hospital. Al verlas dirigirse hacia la habitación de Ramón Fonseca, el subinspector Moreno les sale al paso.
—¡Ya tenemos la orden de detención contra Sebastián Oller, Moreno!
—dice la inspectora, recuperando el resuello tras la carrera desde el aparcamiento.
—Me parece que llegáis un poco tarde, jefa.
—Todavía faltan treinta y cinco minutos para que se cumpla el plazo
—responde Ortega mirando su reloj—. Si Ramón Fonseca nos dice dónde tiene a Noelia Sampedro, podríamos llegar a tiempo.
—Me temo que Ramón Fonseca ya no podrá decir nada, María —
replica el subinspector con cara de circunstancias.
—¿Por qué no? —pregunta Ramos, intuyendo que algo no va bien.
Por toda respuesta, Moreno señala con un gesto hacia la habitación que ocupaba el secuestrador. Al girarse, las policías ven que unos enfermeros sacan empujando una camilla con el cadáver.
—¿Cuándo ha muerto? —pregunta la inspectora, abatida.
—Hace diez minutos. Estaba hablando con su hija y sufrió un ataque.
—¿No llegó a decirle dónde tiene a Noelia?
—No… —contesta el subinspector negando con la cabeza y mostrando la revista médica que le entregó Verónica—. Solo señaló esta revista, pero la he revisado de arriba abajo y no he encontrado ninguna pista que nos conduzca hasta ella.
La inspectora mira pensativa la portada de la revista cuando ve a los enfermeros entrar en el ascensor con el cuerpo de Ramón Fonseca y se acerca a un médico mayor que está hablando con una colega a unos metros de ellos.
—Disculpen. Soy la inspectora Ramos —dice enseñando su placa—.
¿Podrían decirme si en España sigue habiendo tuberculosis?
—¿Tuberculosis? La hay, en efecto —contesta la doctora—.
Aproximadamente unos nueve casos por cada cien mil habitantes.
—¿Y la cura es muy complicada?
—Ahora menos que hace unos años, pero aun así es una enfermedad bastante puñetera. En los casos más difíciles hay que seguir un tratamiento a base de antibióticos durante casi dos años.
—¿Antes cómo se curaba?
—Con retiro y esas cosas —responde el médico mayor—. Los enfermos iban a tratarse en sanatorios en la montaña. Yo mismo hice las prácticas en uno que había en la sierra de Guadarrama.
—¿Cómo se llama ese hospital?
—Sanatorio de la Marina. Está en Los Molinos, pero no se molesten en ir. Pasé por allí hace un par de años y está abandonado. Es una auténtica lástima.
La inspectora siente que se le acelera el corazón.
—Tiene que estar allí —dice a los subinspectores Ortega y Moreno, convencida.
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