El buen padre

Santiago Diaz · Capítulo 84 de 89

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El buen padre

Capítulo 84

84

Por más que el subinspector Moreno insiste durante el trayecto hasta el hospital Puerta de Hierro de Majadahonda, la inspectora Ramos se niega a decirle lo que se le ha pasado por la cabeza para salir corriendo de la habitación del oficial Jimeno, según ella porque su corazonada se puede gafar.

—¿Gafarse una corazonada? —pregunta Moreno atónito.

—Eso he dicho —responde ella con dignidad.

—¿No crees que estás llevando tus manías un poco lejos, Indira?

La inspectora tuerce el gesto y clava el pie en el freno. El coche derrapa más de cinco metros en pleno carril central de la carretera de La Coruña y está a punto de provocar un accidente en cadena. Los conductores que los adelantan pitan desquiciados y se cagan en su puta madre.

—¿Te has vuelto loca? —Iván mira alrededor acojonado mientras los coches pasan rozándolos.

—Esto solo te lo diré una vez, Iván. Y vale tanto para el trabajo como para lo nuestro… sea lo que sea lo nuestro.

—¿Podrías echarte a un lado antes de que alguien nos arrolle, por favor?

—No pienso consentir —dice Indira ignorando su petición— que cuestiones o juzgues mi manera de ser. Si te digo que una corazonada se gafa o que algo hay que desinfectarlo tres veces, por muy absurdo que te parezca, para mí es serio y necesito que se respete, ¿estamos?

—Estamos —cede él.

—Si mi actitud te parece ridícula o crees que no vas a poder soportarla, lo mejor es que zanjemos esto aquí, ¿qué me dices?

Iván la mira en silencio y, como Indira, también deja de oír los pitidos y los insultos de los otros conductores. Se acerca lentamente a ella y la besa con suavidad en los labios, consolidando lo que ambos tenían claro que surgió el día que decidieron traspasar la línea entre una jefa y su subordinado.

—¿Es suficiente respuesta para ti?

Indira se limita a asentir.

—Bien. ¿Ahora podrías arrancar antes de que alguien nos mate, por favor?

Indira pone en marcha el coche y ninguno de los dos abre la boca hasta que llegan al hospital, una enorme y moderna mole de cristal y cemento situado en las afueras de uno de los municipios más caros de España.

—Necesitamos consultar el expediente de Antonio Figueroa. Tuvo un accidente de moto e ingresó en Urgencias de este hospital hace algo más de un año.

—No tengo claro que pueda facilitarle esa información sin una orden judicial, inspectora —responde la recepcionista, dubitativa, mientras observa las placas que le enseñan los policías.

—No necesitamos que nos entregues ningún informe, solo que nos dejes verificar unos datos. Es muy importante para cerrar una investigación que tenemos en curso.

La joven recepcionista sigue sin decidirse. Bastaría con que escribiera el nombre que le han dicho en el buscador, pero últimamente se están poniendo muy serios con la protección de datos y no quiere meterse en líos.

El subinspector Moreno percibe su vacilación y despliega todos sus encantos.

—Sé que te ponemos en un compromiso, pero necesitamos que nos eches un capote. Cuando confirmemos nuestras sospechas pediremos la orden judicial y nadie se enterará de esto, te doy mi palabra. Pero ahora no podemos perder un minuto, por favor… —Mira disimuladamente la pulsera de la chica, donde hay unas pequeñas letras chapadas en oro, y añade—: Clara.

—Carla.

—Eso.

La inspectora Ramos alucina al constatar que el burdo tonteo de Moreno con la recepcionista da resultado, y más aún cuando esta le sonríe y ella siente una inesperada punzada de celos.

—Está bien. —La recepcionista al fin cede—. Pero solo puedo dejarles ver la pantalla, ¿de acuerdo?

—Hay que joderse —masculla la inspectora, casi más molesta por lo que ha presenciado que aliviada por que el subinspector haya conseguido lo que necesitan.

—¿Cómo dicen que se llamaba el paciente?

—Antonio Figueroa.

La recepcionista teclea el nombre y aparece la ficha del chef en la pantalla.

—Aquí está.

La inspectora Ramos se asoma por encima del mostrador y le basta con echar un vistazo a la fecha de ingreso para confirmar sus sospechas.

—¡Lo sabía, joder! —exclama contrariada—. No me puedo creer que nos haya engañado así. ¡Somos gilipollas, completamente gilipollas!

Indira se precipita despotricando hacia la salida. El subinspector Moreno agradece a la recepcionista su colaboración y alcanza a su jefa en la puerta.

—¿Vas a contarme de una vez qué está pasando, Indira?

—Su fecha de ingreso… —responde ella todavía asimilando lo que ha descubierto.

—¿Qué pasa con su fecha de ingreso?

—Que no coincide con el día de su muerte, joder. Cuando Navarro le ha dicho a Jimeno que su acta de defunción ya estaba firmada y que solo quedaba escribir la fecha, lo he visto claro.

—Perdóname, pero no entiendo de qué cojones estás hablando.

—Desde el principio descartamos que Gonzalo Fonseca hubiera tenido nada que ver con la muerte del profesor de cocina, ¿por qué?

—Porque aparentemente fue un accidente de moto y porque… —El subinspector Moreno se da cuenta de adónde quiere ir a parar su jefa y palidece—. No me jodas…

—Porque se produjo seis días después del asesinato de su mujer y él por aquel entonces ya estaba detenido. Pero lo que no sabíamos es que el accidente de moto había sido antes y Antonio Figueroa pasó unos días en coma antes de morir.

—¿Cuándo fue el accidente?

—Justo el mismo día del asesinato de Andrea Montero. Según pone en su ficha, ingresó exactamente dos horas antes de que Gonzalo Fonseca fuese detenido en su casa ensangrentado y con el cadáver de su mujer en la habitación de al lado.

—Un momento… —El subinspector Moreno trata de ordenar sus ideas

—. Que Gonzalo Fonseca hubiera podido matarlos a los dos no significa que lo hiciera, Indira. No tenía ningún móvil.

—¿A alguien se le ha ocurrido preguntarle a Noelia Sampedro si es cierto que vio a Gonzalo abofetear a Andrea en el ascensor de un hotel?

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